EL-SUR

Sábado 27 de Noviembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

HABLEMOS DE LIBROS

La 1ª Gran Transformación

Julio Moguel

Octubre 06, 2021

I. Epígrafe de la serie sobre la 1ª Gran Transformación

Como señalábamos en la entrega anterior, hemos tenido que dar grandes saltos en el recuento de los hechos que llevaron a la proclamación de la Independencia el 28 de septiembre de 1821, en un trabajo que hemos seguido desde el pasado mes de febrero, para tratar de ubicar algunas pistas significativas del periplo que se desarrolló a partir de la proclamación del Plan de Iguala.
Treinta y tres artículos integraron nuestra serie, en un proceso de ediciones semanales que se cubrieron puntualmente en este magnífico medio periodístico. Agradezco infinitamente a quienes dirigen El Sur, amigos que no escatimaron esfuerzo alguno para que el proceso de edición de esta columna llegara a buen puerto.
El cierre de esta serie se dirigirá básicamente a integrar algunos de los elementos que nos parecieron claves para la comprensión cabal del periodo histórico considerado, dejando para una ocasión futura el relato pormenorizado sobre la entrada triunfal del Ejército Trigarante a la ciudad de México –el 27 de septiembre de 1821–, así como los términos en que un día después se hiciera la proclamación formal de la Independencia.

II. La revolución de Independencia en y desde el Sur profundo

El eje de rotación de la revolución de Independencia fue lo que hemos denominado “el Sur profundo”. Ciertamente no podemos quitar mérito alguno a lo que desde 1810 –o incluso antes, como he venido insistiendo– se desplegó política y militarmente en otros espacios del país, pero la base sobre la que fue posible dar consistencia social, política, ideológica y militar al conjunto del proceso revolucionario se ubica sin lugar a dudas en estos territorios sureños, dentro de la geografía que hoy conforma al estado de Guerrero, con ramales vigorosos que llegaron a extenderse hasta Oaxaca o a espacios territoriales significativos de lo que hoy integra el estado de Morelos.
Los líderes mayores de este proceso independentista fueron José María Morelos y Pavón y Vicente Guerrero (sin quitar mérito alguno a otros importantes líderes de esta revolución), desplegando una “línea de guerra” eminentemente popular, en la que se combinaron magistralmente la guerra de guerrillas y posicional con la guerra de movimientos.
La fuerza social básica para el triunfo del proceso revolucionario estuvo compuesta por los pobladores de este Sur profundo, con dominancia de los colores cobrizos, mulatos o negros de quienes se inscribieron en la gesta.

III. La revolución de Independencia también tuvo una importante vertiente social, política e intelectual en las ciudades novohispanas

Quisiéramos insistir en este punto ya desarrollado en otras partes de esta serie: la revolución de Independencia fue dominantemente rural, pero no puede hacerse a un lado el significativo papel que –en todo momento del periplo– jugaron “las ciudades”, particularmente la capital del país.
La subestimación del papel de los pobladores urbanos en la guerra de Independencia que hace el excelente historiador Eric Van Young –punto prácticamente único en el que discrepo de su magnífica obra– no tiene justificación alguna. Repito aquí lo que nos dijo Van Young sobre el asunto.
“En general, la lucha armada fue un producto del campo mexicano, especialmente durante la insurgencia de 1810 a 1821. La incapacidad de la insurgencia urbana para desarrollarse seguramente no sorprendió a los funcionarios políticos de la Corona ni a los militares, quienes obviamente esperaban que el levantamiento plebeyo se originara en el campo y no en las ciudades. El caso mejor conocido y el más estratégico de esta pasividad urbana ocurrió en la ciudad de México, donde el populacho no se levantó para apoyar la rebelión de Hidalgo cuando sus huestes se encontraban acantonadas en las afueras del Valle de México en el otoño de 1810”.
Argumento que no se sostiene bajo ningún concepto, pues el “populacho” de la ciudad de México se enfrentó al dominio español de muy distintas formas. Más aún: fue justamente en centros urbanos como Valladolid, Querétaro y sobre todo en la ciudad de México donde aparecieron brotes primarios y decisivos de la lucha independentista.
La red clandestina de Los Guadalupes, básicamente urbana, tuvo una importancia decisiva en el proceso independentista. Recomiendo aquí, para el lector interesado, el libro de Ernesto de la Torre del Villar, Los Guadalupes y la Independencia, de la editorial Porrúa (1985), así como el trabajo de Virginia Guedea Rincón-Gallardo, titulado “Los Guadalupes de México”, del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM.

IV. Reabrir la investigación en torno a la participación de las mujeres en el proceso independentista

Un déficit tremendo de nuestra historia nacional tiene que ver con la dominancia de una perspectiva “patriarcal” de los acontecimientos. Los historiadores presentan por lo general una lucha armada desplegada por hombres, donde sólo algunas mujeres –muchas de ellas en su calidad de “esposas” de hombres revolucionarios– entran al registro histórico correspondiente.
El error es garrafal, pues simple y llanamente no es posible comprender el proceso de la 1ª Transformación sin la participación de las mujeres. Habría mucho que decir en torno al tema, pero la guerra popular y prolongada que permite generar “fenómenos” como los de un Pedro Ascencio o de un Vicente Guerrero –o en el caso ya mencionado de Los Guadalupes– no puede pensarse sin su presencia masiva, o sin su presencia moral, política, social e intelectual.

V. Un apunte final en torno a la figura de Iturbide, de cara a las de un Morelos o de un Guerrero

Iturbide, decíamos, no puede ser considerado como el campeón de la lucha independentista. Su gran inteligencia y capacidad guerrera fue básicamente encaminada a derrotar al “verdadero” independentismo. Incluso en el momento en el que suscribe y da a conocer el Plan de Iguala, en febrero de 1821, el mencionado líder del Ejército Trigarante hace un último intento por enfrentar y exterminar a las fuerzas insurgentes del Sur comandadas por Vicente Guerrero y por Pedro Ascencio.
La historia que sigue a la proclamación de la Independencia, el 28 de septiembre de 1821, desnuda plenamente al personaje, pues Iturbide muestra entonces toda su vileza y su pretensión mayor en el embiste: ponerse una corona en la cabeza.
Su fin trágico –muere fusilado el 19 de julio de 1824– es un ejemplo extremo de la torpeza que existe en considerar que “la perfección” del trazo es la línea recta. Ya Nietzsche señaló, con toda inteligencia, que “la línea recta es sólo una curva imperfecta”.