EL-SUR

Sábado 01 de Octubre de 2022

Guerrero, México

Opinión

HABLEMOS DE LIBROS

La 1ª Gran Transformación

Julio Moguel

Julio 28, 2021

La consumación de la Independencia de México,
hoy hace 200 años (1821-2021)
(Vigésima tercera parte)

Julio Moguel

I. Guerrero se convence de que Iturbide pretende dar un viraje de 180 grados para enfrentar a los poderes centrales del virreinato, y define finalmente una línea de “convergencias” para pelear

Digamos que existe una especie de “punto ciego” en el espacio-tiempo que sigue al envío de la segunda carta de Iturbide a Guerrero (ver la entrega anterior), cuando lo invita a reunirse en persona en Chilpancingo para conversar, pues –decía Iturbide a Guerrero– “más haremos en media hora de conferencia que en muchas cartas”.
Lo que ha trascendido por muy diversas fuentes es que “la negociación emprendida por Iturbide para ponerse de acuerdo con Guerrero prosiguió activísima en la primera quincena de febrero (de 1821)”, periodo en el cual, antes del concitado encuentro personal, Guerrero pudo conocer el “Plan” que Iturbide traía bajo la manga, y comprender que la adhesión condicionada a éste no implicaba ni implicaría ninguna rendición al poder Imperial sino una oportunidad para que, dadas las circunstancias, pudiera consumarse finalmente la Independencia.
Lo interesante de esta nueva convicción de Vicente Guerrero es que entendió a la perfección las condiciones estructurales y de coyuntura que se estaban viviendo tanto en España como en la colonia, y entender por ello que la decisión oportunista y la lógica contradictoria y en algunos puntos bizarra de la intención de Iturbide podrían convertirse en los hechos en una salida político-militar que, si en lo formal no cuadraba línea a línea con los posicionamientos independentistas que provenían de la “escuela” de José María Morelos, ayudaba en definitiva al desmoronamiento de una estructura imperial que las fuerzas revolucionarias tendrían posibilidades de aprovechar.
Pero había sin duda otra convicción de Guerrero, plenamente fincada en el plano de los hechos: de surgir desde Iturbide una nueva vileza o traición, quedaban en guardia los núcleos y agrupamientos rebeldes que desde dos o tres años atrás él y Pedro Ascencio habían conducido sin derrota significativa que tuvieran que lamentar.
La inteligencia y capacidad de Guerrero para entender que finalmente había encontrado las condiciones para romper con el régimen de virreinato no puede, en consecuencia, considerarse bajo ningún concepto como una muestra de debilidad o como un viraje cobarde y oportunista. Todo lo contrario. Lo dice con suficiente claridad Lorenzo de Zavala en su Ensayo histórico de las revoluciones de México:
“[En Acatempan] –donde finalmente se realizó el ya mencionado encuentro personal entre Iturbide y Guerrero– las tropas de ambos jefes se detuvieron a tiro de cañón una de otra, e Iturbide y Guerrero se encontraron y abrazaron […]”
Pero inmediatamente Guerrero se dirigió a sus tropas y dijo lo que el gran independentista tenía que decir:
“Este mexicano que tenéis presente es el señor don Agustín de Iturbide, cuya espada ha sido por nueve años funesta a la causa que sostenemos. Hoy jura defender los intereses nacionales, y yo que os he conducido a los combates, y de quien no podéis dudar que moriré sosteniendo la independencia, soy el primero que reconozco al señor Iturbide como el primer jefe del ejército nacional. ¡Viva la independencia! ¡Viva la libertad!”
Iturbide ha de haber quedado mudo ante esa manera “impropia” de hablar sobre quien en ese mismo instante era reconocido como el jefe mayor de lo que sería el Ejército Trigarante. Pero reconozcamos en este personaje una significativa cualidad: identificaba en esa suma de fuerzas la clave maestra para mantener sus planes llanos para “tomar el poder” y convertirse él mismo en el gran mandón del México naciente.

II. La “victoria” de Iturbide al sumar a Guerrero a sus planes militares contra las estructuras ya en caída del virreinato debe ser identificada claramente como la gran victoria de la insurgencia sureña

Como en la vieja historia hegeliana del amo y el esclavo, Iturbide acaso no se percató que en el trato con la insurgencia de Guerrero a él le correspondía ser la parte de un amo dominado de cabo a rabo por el esclavo. ¿Por qué me atrevo a hacer esta afirmación? Porque como lo dijo veladamente Guerrero en Acatempan, la posibilidad de Iturbide para hacerse “reconocer” por el conjunto de la insurgencia –y no sólo de la sureña– se basaba en el prestigio del líder de los rebeldes del Sur, de quien nadie dudaba que, cualquiera que fueran las condiciones que siguieran en el proceso de guerra, él “moriría por la independencia”.
Pero había algo más que “prestigio” en la fuerza que Guerrero presentaba en la “alianza” con el hasta entonces “funesto” jefe militar de los realistas: en el momento en que se lleva a cabo el famoso “abrazo de Acatempan”, las fuerzas insurgentes activas –sin contar a las bases populares que daban sustento a tales fuerzas activas– ya contaban con más de 3 mil 500 efectivos valientes y disciplinados, organizados en una especie de ejército regular que en cualquier momento podía replegarse y volver a metamorfosearse en campesino, pequeño comerciante o arriero, dispuestos a retomar la lucha.
No cabe desestimar, para cerrar el círculo de esta reflexión, el hecho simple y llano de que el poderoso ejército de Iturbide había sufrido sentidas derrotas militares por parte de la insurgencia sureña en las semanas anteriores al encuentro.
Sea dicho de otra forma: el verdadero eje dinamizador de “la conquista del poder” estaba en manos de los rebeldes sureños, por más que quien capitalizara los “méritos” de campaña que siguieron fuera el mismísimo Iturbide, capaz, como hemos visto, de engañar a medio mundo y de tener la habilidad de manipular al virrey Apodaca, a quien, el 18 de febrero, informaba que:
“El jefe insurgente del Sur acababa de ponerse a sus órdenes al mando de mil doscientos hombres armados, bajo la condición de que no se les tuviese por indultados, obligándose aquél a practicar las más activas diligencias para que en iguales términos se presentasen con sus partidas respectivas Ascencio, Montesdeoca, Guzmán y otros que reconocían a Guerrero por jefe superior, cuyas fuerzas calculaba que ascenderían a tres mil quinientos hombres, y recomendaba el mérito alcanzado por don Antonio Mier y Villagómez, a cuya diligencia atribuía tan satisfactorio resultado”.
Apodaca creyó a pie juntillas esta información, por lo que pensó que “por fin” había acabado el martirio de la guerra, con una victoria plena por parte del ejército realista. Como sabemos, al mentado virrey de la Nueva España muy poco tiempo le duró el gusto de tan festejado “triunfo”.