EL-SUR

Sábado 01 de Octubre de 2022

Guerrero, México

Opinión

HABLEMOS DE LIBROS

La 1ª Gran Transformación

Julio Moguel

Septiembre 01, 2021

La consumación de la Independencia de México,
hoy hace 200 años (1821-2021)
(Vigésima octava parte)

I. El poder virreinal pierde el control de la situación político-militar antes de que Iturbide y sus tropas decidieran dar la estocada final

La caída de un régimen tiene por lo general la forma de un desmoronamiento de todas sus bases de sustento, en condiciones en que los antes poderosos gobernantes empiezan a aparecer frente a los ojos de todos en su plena y no pocas veces obtusa desnudez. Los que antes eran actos o decisiones altivas e inapelables del gobernante se convierten en bolas de humo que a poca gente asustan o limitan. El ejercicio del poder político, en sus clásicas formas y pantomimas, se vuelven ridículas o desprovistas de sentido frente al más común de los sentidos, al que conocemos como el “sentido común”.
Esto es lo que sucede entre marzo y abril de 1821, cuando la insurgencia se presenta a la mayor parte de la población como una especie de alud que crece en dimensiones día por día, semana por semana, y que en la violencia natural de su caída anima a quienes han buscado afanosamente la independencia desde hace tiempo, y desanima o desequilibra física y mentalmente a quienes empiezan a darse cuenta que lo que defienden o “tienen que defender” ya no les ofrece garantía alguna de salir airosos en el desenlace.
Un historiador reconocido de la historia de México nos da el cuadro perfecto de esta específica circunstancia:
“La imprenta, a favor de la libertad constitucional, contribuía poderosamente a difundir las noticias favorables a la revolución acaudillada por Iturbide y recibida con inmenso aplauso por la gran mayoría de la sociedad. Muchas publicaciones aparecían todos los días en la capital comentando apasionadamente los movimientos del ejército y burlándose de las disposiciones del gobierno, y antes de que la autoridad las recogiese para someterlas a la Junta de censura, gran parte de la población había podido leerlas, viéndose obligado Apodaca a disponer que los impresos se vendiesen en las imprentas o en puestos señalados para ello, con el objeto de hacer eficaz la vigilancia de la policía”.
Por su parte, las propias tropas del régimen virreinal empezaron a desobedecer las instrucciones que llegaban del poder central del sistema que estaba por caer, como fue el caso del mariscal de campo Pascual de Liñán, comandante en jefe del ejército realista que se destinaba a operar en el Sur –con órdenes precisas en el mes de marzo de 1821 de lanzarse de inmediato a atacar determinados puntos donde crecía el proceso insurreccional–, quien en franca y obvia rebeldía se quedó varado en sus posiciones, argumentando, como pretexto, que requería mayores pertrechos y fortalecer la fuerza de su artillería, sin ocultar que “[ya desconfiaba] de los oficiales y soldados que se hallaban bajo su mando”, muchos de los cuales ya no estaban dispuestos a arriesgar el pellejo por una causa que se empezaba a desvanecer.

II. Nuevas bajas y contradicciones dentro del sistema virreinal: el principio del fin de 300 años de dominación

Otro caso significativo de cómo el propio ejército realista empezaba a dividirse y a limitar con ello sus capacidades de combate fue el del capitán de urbanos de Lerma, Ignacio Inclán, quien el 14 de abril de aquel memorable año de 1821 daba la vuelta de 180 grados requerida para secundar a la revolución. Esta nueva defección del ejército del reino no contó con la misma suerte que otras bajas activas de dicha corporación, pues no había iniciado su proceso de reagrupamiento y de incorporación al Ejército Trigarante cuando fue sorprendido por sus anteriores jefes militares y hecho prisionero junto a 33 solados que habían seguido los pasos de la rebelión.
Apodaca, en su ceguera, aún pensaba que lo que valía en este tipo de casos era dar a propios y extraños alguna “lección ejemplar”, por lo que echó encima del excapitán de los urbanos de Lerma todo el peso de la “ley”. El historiador Lucas Alamán nos habla con mucha plasticidad sobre este asunto:
“El virrey condenó a don Ignacio Inclán a ocho años de obras públicas en el presidio de Acapulco, a los oficiales a seis, y a cuatro a los soldados, conmutando en estas penas la de muerte que habían merecido […] Inclán permaneció preso por algunos días, hasta que el progreso de la revolución le proporcionó evadirse, y después de la independencia [fue nombrado] coronel del regimiento de Toluca y general de brigada de la República”.
Sería ocioso y demasiado extenso en esta serie ofrecer otros de los múltiples ejemplos en los que las “bajas” y el paso de amplios núcleos del ejército realista al campo de la lucha por la independencia fue quitando o limitando en forma brusca y precipitada cualquier capacidad real de combate a los jefes político-militares del virreinato.
Pero en abril de 1821 ya sólo quedaba a los mandarines del virreinato la terquedad surgida de inercias y de convicciones que, más que en el piso, flotaban literalmente en los aires etéreos de la nada.
Apodaca acaso ya se habría dado cuenta para entonces que su propio pellejo empezaba a quemarse en aquella inmensa olla común, dando por un lado o por otro aquellos palos de ciego que, sabemos, suelen dar quienes presienten que han sido derrotados y que sus “glorias”, en el terreno de los hechos, “ya habían dejado de ser”.

III. Nueva vuelta de tuerca al relato de la ruta seguida por Iturbide hacia las entrañas de su tierra natal

Habíamos hablado sobre el paso victorioso de Iturbide por Acámbaro, “rodeado de los principales comandantes que habían proclamado el Plan de Iguala en Guanajuato”. Cualquiera podía imaginar, en tales condiciones, que el jefe máximo del Ejército Trigarante preparaba un avance del mayor alcance hacia Valladolid, lo que hizo que los realistas ocupantes de esta plaza “mandaran construir fuertes parapetos y abrieran anchos fosos en las principales avenidas de esta ciudad”. Pero a esas alturas Iturbide no tenía ya demasiada prisa por llevar hacia adelante esa directa y decisiva confrontación, por lo que decidió ocuparse de otros menesteres para consolidar aún más sus bases regionales de apoyo y de participación en el juego de armas que se había establecido desde febrero de aquel memorable año de 1821.
Pero el asalto militar a Valladolid, en cualquiera de los casos, no podía postergarse, pues los tiempos de la revolución de independencia ya exigían, en los cuatro puntos cardinales del país, que aquella larga historia de sufrimientos terminara para iniciar una nueva época de México, ahora esperanzadora y promisoria.