EL-SUR

Sábado 01 de Octubre de 2022

Guerrero, México

Opinión

HABLEMOS DE LIBROS

La 1ª Gran Transformación

Julio Moguel

Septiembre 08, 2021

 

La consumación de la Independencia de México, hoy hace 200 años (1821-2021)
(Vigésima novena parte)

Julio Moguel

I. Juan Rulfo y Claudio Magris nos dan lecciones “de historia”. Valga aquí esta breve digresión (que no lo es en realidad, como veremos)

Fue finalmente el 13 de mayo cuando Agustín de Iturbide se hizo presente ante la plaza de Valladolid. Tal había sido su lugar de nacimiento, pero tal era también el lugar en el que había nacido José María Morelos y Pavón. Paradojas de la vida y del “destino”: fue allí también en la que el ejército realista, al mando del –ya en este momento, de 1821–ahora jefe militar del independentismo, años atrás había infligido la más profunda y decisiva derrota al Ejército Insurgente comandado por el generalísimo.
Un día antes, el 12 de mayo, Iturbide entraba sin ningún problema en Huaniqueo, mientras el resto de sus tropas avanzaba hacia Chucándiro.
Mil 600 hombres con 45 piezas de artillería defendían la plaza que habría de caer en manos de la insurgencia. En conjunto, Iturbide comandaba un total de 9 mil hombres armados, en el marco de la “coalición” de armas que había logrado establecer apenas unas semanas antes. La correlación de fuerzas prácticamente no daba lugar a duda en torno a quién sería el vencedor, e Iturbide no dudó un sólo segundo en la posibilidad de perder. Veía en su victoria inminente el signo más relevante de su muy recientemente encumbramiento: seguramente ya embrujado por la egolatría que tiempo más adelante –después de la consumación de la Independencia– lo conduciría a perder no sólo el poder sino la vida misma.
Un filósofo francés dijo en su momento que Napoleón era en realidad y simplemente “alguien que se creía Napoleón”. De allí, en parte, sus posibilidades de victoria, pero también de allí la base o la semilla de su propio desmoronamiento y autodestrucción.
El tema no hay que tomarlo a la ligera y no se inscribe en alguna ocurrencia o “buena metáfora” de quien dijo que Napoleón era en realidad “sólo alguien que se creía Napoleón”. Iturbide se consideraba ya en el momento que comentamos el salvador de la patria y, con ello, con “derechos” o méritos suficientes para decir “el Estado soy yo”. Pero no pasó mucho tiempo para que todos esos imaginarios egocéntricos llevaran a que quien ya se creía el Rey de Reyes se desmoronara como un montón de piedras.
Haciendo aquí una breve digresión: ¿no es acaso esa una de las enormes lecciones que nos heredó Juan Rulfo con Pedro Páramo? Ya había dicho Claudio Magris, en una de sus preciadas obras, que:

“[…] la historia indaga los hechos, pero […] sólo la literatura –el arte en general– dice cómo y por qué los hombres viven esas verdades y esos hechos; cómo, en la existencia de los individuos, los universales que éstos profesan se mezclan con las cosas pequeñas, mínimas e ínfimas con las que está concretamente tejida su existencia; cómo las verdades filosóficas, religiosas o políticas se entrelazan con las esperanzas y los miedos de los hombres, con sus deseos y temores mientras envejecen y mueren […]. La historia cuenta los hechos […], pero no es sino la literatura la que nos hace palpar todo ello allí donde toman cuerpo y sangre en la existencia de los hombres. Sabemos lo que fue la Francia de la Restauración y lo que es la metrópoli contemporánea gracias a las tentaculares novelas de Balzac […], que nos cuentan cómo amaron, desearon o mintieron los hombres, y a […] otras obras de vanguardia en las cuales la complejidad, la organización, la desconexión y el caleidoscopio de la vida metropolitana se convirtieron en montaje y collage narrativo, estilo y aliento de la narración. Por eso Sciascia pudo decir que ‘nada sabe de sí ni del mundo la mayor parte de los hombres, si la literatura no se lo enseña’.” (Utopía y desencanto. Historias, esperanzas e ilusiones de la modernidad, 1999)”.
Decíamos que esta sería una breve digresión, pero resulta sustantiva a los elementos que hemos venido sumando en otras partes de esta serie para establecer las pautas que permitan, justo en estos importantes momentos en los que se conmemoran los 200 años de la consumación de la Independencia, lo que en otro lugar hemos denominado la deconstrucción-reconstrucción de la historia de México.
Sigo pues con el relato que he venido tejiendo en torno a la última fase de lo que se conoce como la consumación de la Independencia, sellada el 28 de septiembre de 1821, en esta serie que está a punto de culminar.

II. La “guerra sin guerra”: Iturbide toma la ciudad de Valladolid, hoy Morelia, sin derramar una sola gota de sangre

Lo que no puede negarse de Iturbide es que, sin capacidad para entender a cabalidad la base e inteligencia nutriente de su poderío político-militar, era sin embargo un personaje excepcional en sus capacidades para combinar la palabra con la fuerza. Y de saber, en consecuencia, cómo las propias circunstancias que se imponían en el imperio y el despliegue de su ejército de las Tres Garantías eran suficiente “argumento” para conquistar la ciudad de Valladolid sin derramar una sola gota de sangre.
Antes de decidir un ataque que hubiera sido avasallador, el 13 de mayo Iturbide envió un mensaje al coronel Quintanar, responsable de las fuerzas realistas defensoras de la plaza. El jefe del Ejército Trigarante lo invitaba a adherirse al Plan de Iguala, dándole además todas las seguridades requeridas para que ello permitiera hacer a un lado cualquier enfrentamiento bélico y cualquier represalia que se pudiera temer. De no aceptar la propuesta –agregaba Iturbide en su misiva del 13 de mayo–, la revolución independentista entraría a la ciudad como un ciclón devastador.
La respuesta del coronel Quintanar a Iturbide, el 14 de mayo, fue tajante, y clara como el agua: se negaba de manera absoluta a admitir cualquier conciliación o trato en la perspectiva planteada, agregando que no estaría dispuesto a traicionar los principios y bases “del gobierno legítimo”. No es posible saber si estas líneas enviadas por Quintanar al jefe del Ejército de las Tres Garantías fueron redactadas por la mano templada de un hombre que aceptaba “morir por la [su] patria”, o sólo un juego presupuesto en el intercambio epistolar para salvar un poco del honor que una simple y llana defección le hubiera quitado y lo hubiera ubicado como un simple traidor o como un cobarde. Lo cierto es que, a sabiendas o sin saberlo, Iturbide no realizó ninguna acción de hostigamiento y decidió enviar a Quintanar una segunda nota. En la próxima entrega veremos cuáles eran las letras que el primero le mandaba al segundo, para entrar de lleno a lo que se pudiera identificar prácticamente como “las vísperas” gloriosas de la consumación de Independencia.