EL-SUR

Sábado 01 de Octubre de 2022

Guerrero, México

Opinión

HABLEMOS DE LIBROS

La 1ª Gran Transformación

Julio Moguel

Septiembre 15, 2021

La consumación de la Independencia de México, hoy hace 200 años (1821-2021)
(Trigésima parte)

I. Un recuento rápido de lo que quedó perfilado en la última entrega y algo más en este puente del relato

En algunos capítulos de esta serie ha sido necesario retomar algunas de las líneas del relato que se vienen siguiendo, para beneficio de una lectura que, cuando se hacen varias referencias precisas de fechas y datos, conviene simplemente sintetizar al inicio de la siguiente.
Habíamos señalado que el 13 de mayo (de 1821) Iturbide conminaba al coronel Quintanar, defensor de la plaza de Valladolid, por medio de un escrito, para que se sumara al Plan de Iguala e impidiera con ello un enfrentamiento armado en el que, a todas luces, los defensores de la ciudad en la que habían nacido Morelos e Iturbide no tendrían ninguna posibilidad de ganar. La plaza, decíamos, estaba defendida por mil 600 hombres armados y 45 piezas de artillería, mientras que el Ejército Trigarante sumaba un total de 9 mil efectivos.
Pero hay algo más que no habíamos señalado en nuestra entrega anterior: el ejército defensor de la plaza se encontraba seriamente desmoralizado por la forma en la que se habían venido dando los acontecimientos, y no pocas de sus fuerzas y agrupamientos prácticamente estaban en espera del momento preciso para defeccionar.
Se había señalado, además, que la primera respuesta dada por el coronel Quintanar a Iturbide había sido tajante y por lo demás “valiente”: en las líneas que redactó el mencionado coronel para responder a Iturbide, el día 14, se negaba de manera absoluta a aceptar los términos de la insurgencia, pues no estaba dispuesto a traicionar los principios y bases “del gobierno legítimo”.
He sugerido que esta respuesta “valiente” del coronel Quintanar pudo haber entrado, por una u otra vía, en un juego de intercambios de letras que, en los hechos, fue sólo “un formato” asumido por los dos jefes en lucha para que Quintanar no apareciera simple y llanamente como un cobarde o como un traidor a los ojos de los poderes centrales del Imperio y de las generaciones futuras.
La hipótesis no podrá comprobarse por medio de algún documento o “dato duro”, pero, como hemos visto en partes de este ya largo relato, Iturbide manejaba prácticamente dos o tres líneas de intervención en sus estrategias de lucha, en las que los acuerdos –o intenciones de acuerdo– “por debajo de la mesa” siempre acompañaban sus declaraciones belicosas “abiertas”.
Lo que sigue, creo, dará más elementos para que el lector norme un criterio más firme y claro sobre el tema. Veamos.

II. La estrategia seguida por Iturbide para “la toma” de Valladolid

El castillo caía por su propio peso ante los ojos enceguecidos de quienes, como Apodaca, sencillamente eran incapaces de ver más allá de lo que pasaba frente a sus narices. El centro del poder recibía día a día noticias alarmantes sobre el “derrumbe” del realismo en Valladolid, tiempo en el que –estamos hablando del mes de mayo de 1821– marca sin duda el “punto de no retorno” del triunfo independentista.
Para el 18 de mayo las deserciones del ejército realista que “defendía” la plaza de Valladolid se habían vuelto una descomunal avalancha de nieve que caía sin piedad sobre el Imperio. Los mil 600 soldados que defendían la plaza de Valladolid al principio del cerco impuesto por los insurgentes en menos de una semana se redujeron a 600. Todavía aquel 18 de mayo hubo intercambios de letras entre Quintanar e Iturbide, pero ya todo indicaba que se preparaba el terreno para la capitulación.
El 19 de mayo marcó la fecha definitiva: Quintanar declaró ya sin el mayor rubor su “adhesión” a la causa del independentismo, dejando la plaza en manos de su segundo, el teniente coronel Rodríguez de Cela. Paso seguido, y sin obstáculo alguno, el Quintanar que había prometido defender a muerte “los poderes legítimos” del Imperio machaba, con escolta, a incorporarse al Ejército Trigarante.
Rodríguez de Cela, por su parte, ni tardo ni perezoso se apresuró a enviar a Iturbide la siguiente misiva:
“Desde el momento en que la responsabilidad del señor Quintanar ha pasado a mí, paréceme conveniente proceder con V.S. a una composición razonable que salve mi honor. Con objeto de activar todo lo posible, me parece que V.S. se sirva nombrar uno o dos jefes que entren en la plaza, con quienes arreglaré los artículos de convenio en esta misma noche, que serán presentados a V.S. en el momento para los fines consiguientes. Tengo el honor de ofrecer a V.S. mis respetos y consideraciones. Valladolid, 19 de mayo de 1821”.
La comunicación es elocuente. La “toma” de Valladolid no implicaría ningún derramamiento de sangre, y Rodríguez de la Cela sólo pide que pueda hacerse una capitulación en la que se salve “su honor” y la de sus soldados. Cela conocía ya los términos en los que Iturbide marcaba las condiciones de “la entrega”, por lo que en realidad tenía poco o nada que temer. Sabía, por lo demás, que Quintanar había sido recibido con “vivas” y aplausos por parte de las tropas del Ejército Trigarante que lo recibieron, por lo que podía estar seguro de que él contaría con los mismos honorese.

III. Los puntos clave de la “Capitulación de Valladolid”

Hay documentos que dicen o pueden dar cuadros magníficos –radiografías finas del “acontecimiento”– de nuestra historia. Uno de ellos no tiene desperdicio. Hablamos del que, titulado “Capitulación de Valladolid”, sellaba los términos –y daba las “lógicas” o claves– de la caída del Imperio.
Conformada por siete artículos (y un artículo “adicional”), la “Capitulación de Valladolid” decía en su artículo primero: “Las tropas de la guarnición saldrán con los honores de guerra y con sus armas, por el paraje, día y hora que se señale, tambor batiente […] sin tocar a Toluca y sin hostilizar ni ser hostilizadas, para cuyo fin se servirá expedir órdenes convenientes al señor don Agustín de Iturbide, primer jefe del ejército de las Tres Garantías […]
En esta entrega sólo podremos hacer un breve comentario sobre las primeras líneas del acuerdo de rendición: como vimos en el artículo referido, los soldados realistas saldrían con honores de la plaza, a tambor batiente y sin que entregaran sus armas.
En conclusión, más que una capitulación, todo el movimiento relativo a la entrega de la plaza perfilaba una perspectiva y promesa de “unidad” y de reconciliación. Iturbide, ya en ese punto, actuaba como el gran factótum de la reconstrucción nacional. A sabiendas, por supuesto, que ello sumaría más adeptos a su causa, precipitando con ello el proceso global de avance y triunfo del independentismo.