EL-SUR

Sábado 01 de Octubre de 2022

Guerrero, México

Opinión

HABLEMOS DE LIBROS

La 1ª Gran Transformación

Julio Moguel

Septiembre 22, 2021

La consumación de la Independencia de México, hoy hace 200 años (1821-2021)
(Trigésima primera parte)

I. Un paréntesis obligado en torno al proceso independentista, para plantear algunos temas que nos parecen claves para comprender la Guerra de Independencia

El último paréntesis de la serie –misma que termina en dos entregas más– se refiere al 15 de septiembre, cuando se celebra desde el siglo XIX “el gran día del inicio de nuestra independencia”, con la muy identificada historia en la que el cura de Dolores, Miguel Hidalgo y Costilla, tañe las campanas de su iglesia para llamar a la insurrección.
Obligado es, entonces, retomar, de nuestra serie, aquellos elementos que ligan los acontecimientos que hemos venido relatando, con éste en particular.
Porque, sin quitar mérito alguno a las acciones de Miguel Hidalgo, hemos venido insistiendo en que –justo en contra de lo que se dice y conmemora desde siempre– el hecho ha sido “elegido” muy convenientemente como el inicio del proceso de la 1ª. Transformación, cuando en realidad éste viene desde muy atrás y tiene una base y una presencia indígena y afrodescendiente que, en una revisitación de nuestra historia, tendría que dominar la perspectiva e imagen en nuestras memoria y en nuestras letras.
No ha sido tampoco una casualidad que en lo que ha quedado marcado como la consumación de la Independencia, el 28 de septiembre de 1821, la figura en la que se concentra toda “heroicidad” y todo “liderazgo” ha sido la de Agustín de Iturbide, personaje mayor justo en la lucha contra los independentistas (entre 1810 y 1820), quien en su viraje de 180 grados a partir de la presentación del Plan de Iguala en febrero de 1821 tuvo como objetivo fundamental aprovechar las circunstancias para hacerse él mismo de los poderes del Imperio.
Que tal viraje de 180 grados de Iturbide fue un movimiento “inteligente”, audaz y gran factor en la precipitación de la caída del régimen virreinal nadie lo duda.
Que era un personaje astuto y con capacidades extraordinarias para trazar líneas victoriosas en la[s] batalla[s] nadie lo duda. Pero los mexicanos no podemos honrar a quien fuera, junto a Armijo y otros personajes de cuyo nombre no quiero acordarme, uno de los militares más sanguinarios del régimen virreinal, quien no hubiera dudado –como no lo hizo en los hechos por voluntad propia– en aniquilar, para la consecución de sus objetivos, sin consideración alguna, a las fuerzas rebeldes que bajo el mando de Guerrero –y de otros grandes guerreros independentistas, como Ascencio– se mantuvieron firmes en lucha a muerte contra el Imperio desde su incorporación a las gran rebelión.
Si las figuras que dominan –y flanquean– la historia del periodo independentista son Hidalgo e Iturbide –entendiendo aquí, por supuesto, que tales figuras, por sus acciones, no son comparables entre sí–, entonces tenemos una historia marcada gloriosamente por “la blancura”.
¿Dónde quedan, bajo esa perspectiva, los colores negros y cobrizos básicos del cuadro independentista? Fuera de foco. En el “detrás” y en su condición de masa fluyente que, por reacciones básicamente pavlovianas –como diría Eric Van Young–, “se sumaron” al llamado de aquellos blancos que, letrados y/o militares excepcionales o de carrera, marcaron las rutas decisivas.

II. ¡Viva Miguel Hidalgo y Costilla!, pero…

Miguel Hidalgo y Costilla será sin duda uno de los grandes héroes de nuestra historia, y nunca dejaremos de recordar su extraordinaria gesta histórica. Pero él no tiene la culpa de que la mayor parte de los historiadores y “el oficialismo” lo hayan escogido como “el iniciador de la Independencia”, ni que hayan convertido sus acciones en materia para la construcción de un mito o de una historia fantástica más que en un hecho real, simple, humano, y finalmente trágico de nuestra historia nacional.
Suponer que en su accidentado recorrido militar a partir del 15 de septiembre de 1910 llegó a tener la posibilidad de “tomar la ciudad de México” –en 1811– es un error garrafal de la historiografía mexicana. Porque las amplias masas que lo siguieron en la lucha se convirtieron en un remolino que estaban dispuestas a dar su vida por la Independencia pero que no tenían condiciones para ganar una guerra que desde muy temprana hora mostró los márgenes y condiciones en que finalmente “habría que pelear”.
Las claves de la posible victoria independentista se fueron construyendo básicamente desde el Sur profundo después de la derrota militar de “los ejércitos” de Hidalgo, y fueron los cobrizos y negros activos sociales de ese territorio quienes encontraron las vías de esas posibilidades de victoria, con el “descubrimiento” o la construcción de la guerra popular.
Ese desarrollo de la guerra popular –y prolongada, diría una perspectiva maoísta– no hubiera llegado a desplegarse exitosamente sin la participación de personajes “no cobrizos” o “no negroides” como Galeana o como Guadalupe Victoria. Pero ellos sabían que sus capacidades de guerra valían muy poco sin la participación directa y protagónica de los indígenas, por un lado, pero sobre todo y de manera “rabiosa” y radical por parte de los “negroides o mulatos de la Costa”. (Véase en este caso, en particular, la “composición racial” de los Guadalupes de Galeana).
Mas si de liderazgos se trata no se puede dejar de identificar el carácter mulato de Morelos y Guerrero. Tampoco se puede perder de vista el origen netamente popular de un Pedro Ascencio, quien quizás algún día pueda ser identificado como uno de los más grandes “hacedores” de la Independencia.

III. La condición pluriétnica o pluricultural de la 1ª Trasformación

Lo que quiero recalcar en este punto es que la reconstrucción de la historia que es necesario tejer tiene que basarse en una nueva lectura sobre el significado y el sentido preciso en el que las fuerzas populares –particularmente las muy indígenas y afrodescendientes del Sur profundo—fueron el motor o la fuerza decisiva en el triunfo independentista.
Ello lleva a una revaloración global sobre el “espíritu” dominante de la guerra y sobre el “tipo de guerra” que finalmente hizo “la diferencia” para lograr el triunfo independentista. Y lleva, en consecuencia, a la revaloración de las figuras y de las “heroicidades” reales de la 1ª. Gran Transformación.
Acaso esa revisión de nuestra historia nos permita marcar algunos puntos rizomáticos o metastásicos que siguieron a la revolución de Independencia y que explican muchas facetas de nuestras realidades actuales.