EL-SUR

Sábado 01 de Octubre de 2022

Guerrero, México

Opinión

HABLEMOS DE LIBROS

La 1ª Gran Transformación La consumación de la Independencia de México, hoy hace 200 años (1821-2021)

Julio Moguel

Junio 23, 2021

(Décima octava parte)

Julio Moguel

I. La continuación de la narrativa histórica de la 1ª Gran Transformación, después de la renuncia de Armijo a mantenerse como la cabeza militar realista contra la insurgencia del Sur

Veíamos, en la 12ª entrega de esta serie, que el sanguinario Armijo había renunciado, en noviembre de 1820, a dirigir al ejército realista en los combates contra la insurgencia que se desarrollaba en el Sur. ¿Quién sería el sustituto de Armijo en la comandancia general del Sur? Justo otro de los personajes que había acumulado los mayores méritos en campaña, con triunfos militares contra la insurgencia que no tenían parangón: Agustín de Iturbide, quien ya había redactado su “autorretrato” meritorio en un texto que citamos en una entrega anterior. Conviene aquí reproducir de nueva cuenta dicho “autorretrato”.
“Siempre fui feliz en la guerra: la victoria fue compañera inseparable de las tropas que mandé. No perdí una acción: batía cuantos enemigos se presentaron o encontré, muchas veces con fuerzas inferiores, en proporción de uno a diez o de ocho a veinte. Mandé, en jefe, sitios de puntos fortificados; de todos desalojé al enemigo y destruí aquellos asilos en que se refugiaba la discordia. No tuve otros contrarios que de los que eran de las causas que defendía, ni más rivales que los que en lo sucesivo me trajo la envidia por mi buena suerte”.
El hecho de que tal consideración de su persona en su calidad de militar no fuera totalmente cierta –había sufrido al menos una sonada derrota en Cóporo–, no quita verosimilitud a sus muy egocéntricas consideraciones, pues el sanguinario militar tenía los méritos suficientes para convencer a las autoridades máximas del virreinato de que él y nadie más que él tendría que ser el sustituto de Armijo en la comandancia general del Sur.
No podríamos extendernos en este espacio para hablar sobre las condiciones que se vivían en España a finales de 1820, tema a considerar sin duda por cualquiera que quiera profundizar en el estudio de ese importante periodo de la historia nacional. Pero sí tenemos aquí que dejar sentado el hecho de que el edificio imperial mostraba ya significativas cuarteaduras, de tal suerte que el juego de Iturbide al tomar el mando de la comandancia general del Sur tenía de inicio una intencionalidad de doble fondo: derrotar en definitiva a las fuerzas insurgentes que habían resurgido con singular potencia desde el liderazgo firme e inteligente de Vicente Guerrero y de Pedro Ascencio, y reaccionar desde ese nuevo plano o plataforma para convertirse en el gran mandamás de la nación.

II. Iturbide entra nuevamente en el escenario principal de la contienda

Después de la renuncia de Armijo, Iturbide se reúne con Apodaca para sugerir que él podía ser el militar realista “capaz” de combatir y derrotar en definitiva a las fuerzas insurgentes del Sur. Cuestión que queda finalmente establecida el 9 de noviembre de 1820, día en el que el virrey de la Nueva España nombra a Iturbide como el jefe de la comandancia general del Sur.
El relato conocido en torno al momento de dicho nombramiento tiene varias fuentes de información, pero no deja de ser la más convincente aquella en la que se habla de la lógica que envolvía el ya mencionado “doble fondo” de la intencionalidad de Iturbide. Cuenta en este punto el historiador Julio Zárate:
“[…] hábil en ocultar sus sentimientos, Iturbide decía al virrey que, aunque había sido funesta a su salud la Tierra Caliente […] estaba dispuesto a marchar a la comandancia que se le señalaba y a emprender la campaña contra Guerrero y Ascencio, en el concepto de que terminada ésta se le relevaría del cargo, como se le había prometido […] Todavía llevó más allá su disimulo el astuto Iturbide, pues el día 15 del mismo mes dirigió una solicitud a la corte, pretendiendo el grado de brigadier […] También pidió que se le diese su antiguo regimiento de Celaya, que se hallaba diseminado en El Bajío. Y Apodaca acordó de conformidad ordenando que todas las compañías de aquel regimiento se concentrasen en Acámbaro, para marchar enseguida a [las] tierras del Sur”.
Ni tardo ni perezoso, Iturbide salió el 16 de noviembre hacia las tierras rebeldes del Sur, con el objetivo único y preciso de derrotar en toda la línea a los núcleos insurgentes que comandaban los ya tan mencionados Guerrero y Ascencio. Pero ello, quede claro, en el entendido de que derrotar a tales núcleos independentistas era el medio preciso para potenciar su propia fuerza y convertirse en el gran mandón de todo el territorio novohispano.

III. Iturbide pide más tropas bajo el argumento, convincente, de que la derrota del Sur profundo es finalmente el triunfo definitivo del Imperio.

La petición de sumar al ya formado cuerpo militar de la comandancia general del Sur a “su antiguo regimiento de Celaya” fue seguida de otras peticiones similares, bajo el argumento de que en la derrota de Guerrero y de Ascencio se jugaba prácticamente el destino de “la patria”. El 19 de noviembre Iturbide escribe una larga y significativa carta al virrey. Veamos parte de su contenido:
“[…] me tomo la libertad de rogarle que se digne poner a mis órdenes toda la tropa que le he pedido para esta campaña. Un esfuerzo de V.E. hecho en el momento, es el que va a decidir de la acción. Lo espero con la mayor confianza, porque V.E. no puede dejar de conocer, con su perspicacia y su ojo militar, que la oportunidad perdida en la guerra suele ser la desgracia de un reino, y que esta oportunidad muchas veces no es de un mes ni de un día, sino acaso de un segundo […] Ejecutado el golpe que tengo meditado, las tropas podrán volver a sus demarcaciones respectivas, y si entretanto la capital (lo que Dios no permita) llamase la atención, volaré a su socorro lo mismo que a cualquier otro punto de preferencia”.
La capacidad persuasiva de Iturbide dominaba ya entonces el escenario, de tal forma que el nuevo jefe militar realista de las fuerzas del Sur contó prácticamente con la mayor parte de los apoyos que pidió.
La expresión de Iturbide, metafórica, quedaba envuelta ya, sin duda, dentro de un lenguaje propio de un hombre que posiblemente se consideraba inmortal. “Volaré a su socorro” si las circunstancias así lo determinaran. Así se expresaba Iturbide en la misiva a Apodaca. Y es posible en efecto que, en su locura megalómana, Iturbide creyera que realmente era capaz de volar.