EL-SUR

Sábado 01 de Octubre de 2022

Guerrero, México

Opinión

HABLEMOS DE LIBROS

La 1ª Gran Transformación La consumación de la Independencia de México, hoy hace 200 años (1821-2021)

Julio Moguel

Marzo 17, 2021

(Cuarta parte)

 

I. ¿El Plan de Iguala se lanzó por Iturbide a partir de la derrota global de la insurgencia?

La lectura que se requiere para hacer a un lado las generalidades y falsedades sobre las que se ha querido interpretar “el victorioso avance” de Iturbide –y, detrás de ello, el “victorioso avance” del realismo frente a la insurgencia– tiene que poner atención en muy distintos ángulos de las circunstancias que en aquel año de 1821 se vivían. Porque, valga decirlo, ha predominado en uno u otro tono o con uno u otro matiz la visión de Lucas Alamán, quien en su ya conocida obra histórica llegó a las siguientes consideraciones:
“Inútil fue la feroz energía de Morelos; inútiles los constantes aunque interesados esfuerzos de Rayón para establecer un gobierno de que él hubiese de ser el jefe; la constancia de los diputados del Congreso de Apatzingán para formar una constitución entre riesgos y privaciones; el noble carácter de Don Nicolás Bravo; el sacrificio de su padre y de su tío; el denuedo de Galeana; la capacidad militar de Terán y de don Ramón Rayón; las ventajas que procuró a Victoria el terreno que ocupaba; el tesón de Ascencio y de Guerrero, no queriendo admitir el indulto cuando otros muchos lo habían solicitado y obtenido; el valor individual del que dieron mil y mil pruebas Trujano, Rosales, El Giro, Mina y sus compañeros y tantos otros; todo fue infructuoso, todo se desvaneció ante el desorden, la anarquía y el espíritu de rivalidad, de egoísmo, de pillaje y de privadas ambiciones, que fue el carácter de aquella revolución”.

Nos hemos extendido en la cita de Alamán pues no tiene desperdicio. Lo peor del caso es que esta manera de ver los resultados del “infructuoso” esfuerzo independentista la hizo Alamán muchos años después de consumada la Independencia. Quiero decir con ello que sus capacidades de estudio o de aproximación a las realidades históricas de la 1ª Transformación de México estaban tremendamente limitadas por su profunda fobia –clasista y racista, sin lugar a duda– contra todo lo que tuviera que ver con el movimiento insurgente. Y fue, repito, por desgracia, una versión que se impuso durante mucho tiempo en una buena parte de los innumerables balances que se hicieron a lo largo del siglo XIX.

II. Las ilusiones de una victoria realista “con pies de barro”

Lo cierto de esta perspectiva era que, a partir del fusilamiento de José María Morelos, en diciembre de 1815, el movimiento armado independentista sufrió una serie consecutiva de descalabros que modificaron sustancialmente el cuadro de la guerra. Al término de 1819 muchos de los caudillos independentistas habían pasado a mejor vida, y líderes de la talla de Bravo y Rayón habían caído derrotados y sufrían duras penas carcelarias.
Pero el “éxito” de los realistas –y del Imperio– no era para esas fechas más que una ilusión que pronto –muy pronto– reventaría como una pompa de jabón, demostrando que los jefes imperiales no tenían las capacidades necesarias y suficientes para entender en realidad lo que se movía en el México profundo ni en el mundo.
Como señaló en su momento el historiador Julio Zárate, la aristocracia dominante pensaba, al finalizar el año de 1819, que “tan sólo” quedaban en el flanco independentista:
“[Vicente] Guerrero y Pedro Ascencio en el Sur y algunos jefes de menor nombradía en Michoacán y Guanajuato, [quienes] no soltaban las armas de la mano; pero veíanse cercados por numerosas tropas, y su destrucción completa no tardaría en consumarse [Para los realistas] todo dependía de la fuerza, y ninguna eficacia concedían a las ideas que se habían propagado en todas las clases sociales de Nueva España desde los primeros años del siglo, y que en la época en que [se había] llegado podían considerarse selladas con la sangre de una generación.

III. Los vientos y alientos del México profundo

Julio Zárate tiene razón sin lugar a duda al considerar como una fuerza efectiva y en ebullición “las ideas que se habían propagado en todas las clases sociales de Nueva España desde los primeros años del siglo”. Pero esta perspectiva queda entrampada en una reflexión “iluminista”, al dar tanto mérito “a las ideas” que habían sido “propagadas” y, de suyo, transformadas en fuerza dinámica que movería muros y montañas para dar finalmente al traste con la dominación española.
Pero no nos interesa abrir aquí una especie de “debate” contra dicho iluminismo, propio sin duda de aquellos grandes historiadores que en las últimas décadas del siglo XIX hicieron el esfuerzo titánico de “reconstruir” para bien la historia independiente. Nos interesa más bien ubicar lo que aún y con no pocas capacidades de lucha se movía en ese escenario “tardío” de la guerra, particularmente lo que representaba –y representó, en el resultado del conflicto– la guerra popular que mantuvieron no pocos “centros” mayores o menores de aquél “disperso” ejército insurgente, pero sobre todo lo que representó el movimiento insurreccional que se mantuvo activo bajo los liderazgos de Vicente Guerrero y Pedro Ascencio Alquisiras.
Es acaso muy temprano aún para sacar algún tipo de conclusión o para hacer una certera caracterización de este específico “polo” insurreccional que se mantuvo en el Sur después del fusilamiento de Morelos y hasta el punto-año en el que se proclamó la Independencia, pero quepa decir aquí hacia dónde está dirigida nuestra flecha: el “repliegue” hacia el Sur de las fuerzas insurgentes era más que un esfuerzo mayúsculo para sobrevivir; fue más bien la constatación fehaciente de que lo que permitía rearmar cualquier camino posible que llevara al triunfo de la insurgencia no era más –por si acaso lo había sido en realidad en algún momento– que dejar en un segundo término la guerra de movimientos para retomar como base y eje de la intervención militar la guerra de posiciones o, si se me permite decirlo en estos términos, la guerra popular y prolongada.
De ello hablaremos con amplitud más adelante.