EL-SUR

Sábado 01 de Octubre de 2022

Guerrero, México

Opinión

HABLEMOS DE LIBROS

La 1ª Gran Transformación La consumación de la Independencia de México, hoy hace 200 años (1821-2021)

Julio Moguel

Abril 15, 2021

(Octava parte)

El Sur profundo

Como habíamos visto en la entrega anterior, Zacatula fue el espacio que tuvieron que abandonar los insurgentes comandados por Galeana y Montesdeoca frente a la embestida bélica de los realistas comandados por Armijo. Su repliegue –también decíamos– se dio hacia el este, en aquellos espacios que durante un buen tiempo dominó con mano firme José María Morelos.
Pero se trataba aquí de una historia en cierta forma repetida: porque había sido justamente Zacatula la puerta de entrada de Morelos, en aquel año memorable de 1911, hacia la conquista del Sur, cuando se dirigió con prontitud a atacar la plaza de Acapulco. El relato de mejor hechura histórico-literaria de este episodio es el de Ignacio Manuel Altamirano, “Morelos en Zacatula”, donde describe justo aquella geografía perfecta para un amurallado regional de largura y de anchura ideales para la defensa-ataque de los insurgentes contra los realistas. No quisiera aquí dejar de citar de manera directa el panorama-paisaje que describe el memorable Altamirano:
“El gran río Atoyac nace humilde en las vertientes de la Sierra de Puebla, y que descendiendo de la Mesa Central del Anáhuac se dirige al sudeste de México, recibiendo el atributo de cien arroyos y torrentes que aumentan el caudal de las aguas, toma en los profundos valles de la Tierra Caliente el nombre de Tlalcozotitlán, cuando pasa besando la orla de las montañas tlapanecas; después el de Mezcala cuando se abre paso entre las sierras auríferas que limitan por el norte de los plantíos de Iguala, y por el sur los templados oasis de Tixtla y Chilpancingo; más tarde, cuando enriquecido con la confluencia de veinte ríos salvajes, hijos de las sierras de México, sigue el rumbo del sudoeste y penetra en las ardientísimas honduras de la Sierra Madre, cadena ciclópea que enlaza los estados de Guerrero y Michoacán, y cuando caldea sus aguas en aquellas gargantas como en enormes energías volcánicas, toma el nombre del río Balsas. Por último, cuando después de recibir el último tributo, el más grande, el de los ríos tarascos, reyes de las comarcas michoacanas, el de Tepalcatepec y el del Marqués, se dirige lenta y majestuosamente hacia el sur para desembocar en el océano Pacífico, es conocido por el nombre de río Zacatula”.
Sirva esta perla de Altamirano para poder entender cómo fue que, hacia finales de mayo de 1918, la persecución que hizo Armijo a los núcleos insurgentes que se habían replegado hacia el este para encontrarse con Guerrero empezaron a hacer pedazos a los realistas, empezando con factores como el conocido calor infernal de la región señalada, en condiciones en que sin llegar a su objetivo de alcanzar o encontrar a Guerrero se vio obligado a replegarse para no caer finalmente acribillado por las lluvias que ya amenazaban con caer.
“Del otro lado” de esa naturaleza amurallada, justo en un sentido opuesto, Guerrero y sus tropas, ya confluyentes con las de Montesdeoca y Galeana, pudo perseguir la ruta de fuga del realista Armijo y en movimientos recurrentes hacerle fuertes daños. De tal forma que el célebre carnicero de las fuerzas reales, humillado, tuvo que morder el polvo, refugiándose en Teloloapan, mientras que Guerrero se ubicó cómodamente en Coahuayutla.

La recuperación insurgente de la fuerza y aliento: otra derrota humillante para el realista José Gabriel de Armijo

Pero el infatigable y egocéntrico Armijo no estaba dispuesto a dejar el campo de batalla, pensando acaso que una obstinación e inteligencia militar como la suya tendría que encontrar el punto débil de esas “gavillas” relativamente dispersas que, en la opinión de los jerarcas del Imperio, no necesitaban más que unos cuantos golpes certeros para ser liquidadas para siempre.
Así es que salió de nuevo a campaña, sin pensar demasiado lo que implicaba perseguir a ese grupo de tercos rebeldes que ahora se reagrupaban “en su campo”, el Sur profundo. Incomprensible quizás fue entonces para los realistas enterarse de pronto que Guerrero había logrado reunir ya casi un millar de nuevos soldados “del pueblo”, quienes sin demasiada tardanza salieron sin miedos a enfrentar de nuevo al persistente enemigo. Conviene aquí retomar el pasaje de ese nuevo enfrentamiento de fusiles y espadas entre independentistas y realistas relatado por Bustamante en su Cuadro Histórico. El 15 de septiembre [de 1818]:
“Guerrero y Montesdeoca avanzaron decididamente contra ellos, ayudándoles de tal manera la fortuna que en el corto espacio de dos horas el enemigo tuvo doscientos muertos, ciento y más heridos y gran número de prisioneros; perdiendo, además, el parque, equipaje y cuanto conducían, no resultando más que ocho muertos del lado de los independientes. Con el armamento quitado a los realistas aumentó Guerrero su fuerza hasta mil quinientos hombres, incremento notable para un jefe que ocho meses antes no podía disponer de media docena de fusiles. Quince días después, el 30 del mismo septiembre, volvieron a pelear Guerrero y Armijo en Tzirándaro y la fortuna sonrió otra vez a los independientes, quienes formados en cuadro resistieron las furiosas acometidas de los enemigos y los empujaron hasta la Iglesia del pueblo; al cabo de reñidos combates Armijo perdió mucha gente y más de cuatrocientos fusiles, que sirvieron a Guerrero para aumentar sus tropas y emprender la reconquista de la Tierra Caliente”.
Bustamante recurre a una palabra inaceptable para explicar “el milagro” de la capacidad de ataque de las nuevas fuerzas insurgentes que enfrentaron y despedazaron a Armijo. Decir que “la fortuna” hizo la diferencia en una confrontación en la que las fuerzas de Armijo perdieron “en [sólo] dos horas, doscientos hombres, ciento y más de heridos y un gran número de prisioneros”, mientras que los insurgentes “sólo” sufrieron ocho bajas, es sintomático de cómo para algunos historiadores de la época –y aun de ahora– la ecuación planteada por la nueva lógica de la guerra popular era una simple y llanamente inimaginable. Repetir la fórmula para dar cuenta del resultado de la confrontación entre Armijo y Guerrero en Tzirándaro da cuenta de una ceguera similar.
Pero no escribimos aquí para enjuiciar a Bustamante. Dejamos esta consideración por ahora de lado, para continuar con nuestra historia de “la reconquista del Sur” por parte de las fuerzas insurgentes desde 1818. Ello ofrecerá claves decisivas en la comprensión del desenlace de la guerra independentista, desarrollado, hace 200 años, cuando el país logó su independencia de España.