EL-SUR

Jueves 11 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

La adivinadora

Silvestre Pacheco León

Julio 08, 2019

(primera parte)

 

La temporada de lluvias

la temporada de lluvias llegaba a mi pueblo como un mundo de contradicciones.
Eran las vacaciones de verano dedicadas al trabajo en el campo, no para el juego y la diversión porque, salvo raras excepciones, todos estábamos obligados a cooperar en las actividades de la siembra. Así que la alegría de las vacaciones se desvanecía frente a la obligación de incorporarse a la vida del campo porque él nos daba de comer.
Con el comienzo de la temporada de lluvias a todos se nos quitaba lo catrín de ser escolares.
Entonces dejábamos descansar los libros, el uniforme, los zapatos y hasta el peine porque en esos meses de lluvia todos andábamos con la ropa de trabajo. Sucios, con los huaraches enlodados, y la ropa de trabajo olorosa a sudor porque se mojaba y secaba en nuestros cuerpos.
Ni siquiera nos peinábamos porque la lluvia y el sol nos exigían usar sombrero. Eran sombreros de palma peculiares, porque los hacían en el Monte especiales, endosados,(adosados) para que no les pasara el agua.
Los huaraches eran también especiales, ligeros y resistentes para andar en el lodo y protegernos de las espinas, de suela de llanta con grapas de alambre y correas de cuero, como dice el corrido. Se compraban en Chilapa y cada quien las tejía a su medida
También era el tiempo de estrenar los impermeables o capotes de naylon, multicolores que se compraban por metros en las tiendas de telas, con olor a nuevo, como huelen los carros recién salidos de la agencia.
En las vacaciones de verano todos los estudiantes adelgazábamos, no sé si por el exceso de trabajo o por la dieta que se nos imponía, o quizá por las dos cosas, de modo que todos nos “atrasábamos” en nuestro desarrollo.
Nos poníamos flacos y requemados por el sol, sobre todo en la espalda por tanto tiempo trabajando agachados en el surco, arrancando la hierba y fertilizando cada mata de maíz.
Pero también éramos felices porque ya habituados al trabajo rudo del surco, nos llenaba de alegría escuchar la flauta y el tambor llamando a los danzantes a los ensayos vespertinos para la fiesta patronal en la que todos participábamos.
La costumbre de estrenar cuando menos un cambio de ropa en esas fechas era un aliciente en el trabajo, más para quienes estábamos aprendiendo el arte del cortejo como pretendientes de las compañeras de la secundaria.
Recuerdo que con toda vanidad yo cuidaba que en mi paso por las calles del pueblo las muchachas no me viera vestido de campesino, y entonces pasaba rápido, o muy temprano o de plano me esperaba al oscurecer.
En los pueblos son las fechas de las fiestas las que marcan la vida y el ritmo de las cosas.
Por ejemplo, en el mío los campesinos saben que para el 15 de mayo, el día de San Isidro Labrador, todos deben estar preparados con las semillas que van a sembrar, porque ese día las bendice el cura en la puerta del atrio durante la procesión con la que termina el festejo.
El día de Santa Rita de Casia que es una celebración exclusiva de mujeres el 22 de mayo, los campesinos saben ver si será bueno el temporal atendiendo a que invariablemente ése día, todos los años llueve.

La siembra

Algunos campesinos que quieren cosechar elotes pronto aprovechan para sembrar desde esa fecha con la humedad que deja la lluvia, pero se arriesgan mucho porque a veces los veranos (días en los que las lluvias se retiran) se alargan, y entonces pierden la semilla sembrada y el trabajo invertido.
La temporada de siembra era a mediados de junio. La mayoría de los campesinos se esperaban a que las lluvias se establecieran formalmente y entonces en el campo era como una fiesta con las familias trabajando alegres en sus parcelas.
Tras el arado que jalaba la yunta iban los sembradores tirando y cubriendo con tierra las semillas de maíz, que en 25 días crecían para recibir la primera fertilización, complementada con la primer escarda para limpiar el surco de las hierbas que limitan el desarrollo del cultivo.
En esos meses de intenso trabajo no había descanso ni mano de obra desperdiciada. Los campesinos sin tierra que se ganaban la vida alquilando su fuerza de trabajo no se daban abasto para atender tanta demanda, por eso creo que como la siembra requería abundante mano de obra, en aquel tiempo las familias eran numerosas.
La costumbre era sembrar a mediados de junio, y daba tiempo para realizar las dos escardas y fertilizaciones que demandan las labores culturales del maíz para terminar antes de la fiesta patronal cuando se “soltaban” las milpas y finalizaba la etapa intensa del trabajo.
En mi casa nunca sufrimos por falta de peones porque éramos varios hermanos y mi padre siempre tenía un ayudante de planta a quien le decíamos el Prieto,(por cierto que nunca supe la razón de su apodo porque su tez era más blanca que la nuestra).
Lo que sí recuerdo bien es el año en que terminé el segundo de Secundaria y presenté mis trabajos manuales para la exposición escolar del final de cursos, apurado porque mis hermanos mayores querían llevarme a conocer la ciudad de México.
Yo había cometido la proeza de hacerme novio de la muchacha más bonita del pueblo, (eso me parecía entonces y ahora), y quería presumirle de aquel viaje que me ofrecían.
Todo lo inesperado se conjuntó a mi favor aquel año porque terminamos pronto los trabajos del cultivo y pude alquilarme como peón para ganar mi propio dinero.
La que ayudó en ése propósito fue mi madre quien llegó al día siguiente a la casa con la noticia de que su hermano me ofrecía trabajo.
Mi tío quien no tenía fama de ser buen campesino, siempre se retrasaba en sus trabajos porque sus hijos estaban muy pequeños y no había peones que quisieran trabajar con él, así que no habiendo otra mano de obra disponible, quiso aprovechar mi disposición de ayudarle, y aunque me ofreció pagarme dos pesos menos de lo que ganaba el peón, acepté el trabajo a pesar de que mi padre me había advertido de que mi tío no era buen patrón y que su parcela tampoco era la más limpia.
Como yo quería sentirme mayor de edad y ganar mi propio dinero para galantear con mi novia, no me importó ganar menos y trabajar más, pues la oportunidad me serviría para demostrarles lo que había yo crecido.
Así que desde el primer día como peón me levanté muy temprano para estar a tiempo en la parcela de mi tío por el rumbo de Chichipico, en los confines del ejido