EL-SUR

Jueves 13 de Mayo de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

La Altamirano

Anituy Rebolledo Ayerdi

Junio 25, 2020

A la memoria de José María Chema Dávila Otero, acapulqueño, arquitecto politécnico, maestro y mejor amigo. Nuestras sentidas condolencias para su esposa, hijos y todos los suyos.
Mis condolencias para la familia Santiago Benítez por el deceso del arquitecto Francisco Santiago, con premios nacional y estatal de Arquitectura, y muy especialmente para el querido amigo Fito Santiago, su señor padre.
Lloramos con Juanita Palacios, viuda del inolvidable Javier Bello, la pérdida de su hija muy querida. QEPD.

La Escuela Real

Suspendida la educación oficial a causa de las asonadas militares, surgen las escuelas particulares a cargo no necesariamente por profesores. Una dirigida por don Daniel H. Luz Nambo y la otra, llamada Colegio Juárez, propiedad de don Antonio M. Martínez. La primera desaparece con la fundación de la primera Escuela Real Miguel Hidalgo, de gobierno, pero con la odiosa reminiscencia del pasado colonial, dirigida por el profesor Eduardo Mendoza. La segunda con el deceso de su propietario, en 1905. El colegio confesional “Guadalupano” había abierto sus puertas en pleno porfiriato, para atender la educación de las niñas de las familias españolas, dueñas de vidas y haciendas en ambas costas.
Rubén H. Luz Castillo (Recuerdos de Acapulco) habla de las asignaturas escolares de entonces, particularmente de la escuela Real para varones: Lengua Nacional, Aritmética, Ciencias Naturales, Historia, Geografía, Educación Cívica, Geometría, Caligrafía, Dibujo, Trabajos Manuales, Gimnasia y Canto. Las calificaciones iban del O al 4. O mala, 1 regular, 2 buena, 3 muy buena y 4 excelente.

Los castigos

El propio H. Luz Castillo rememora los castigos que recibían los alumnos por faltas distintas, reminiscencias de la Edad Media pero aprobados por autoridades y padres de familia. Los más leves era los “plantones militares” (el alumno en actitud de firmes a la entrada del plantel por llegar tarde o no llevar la tarea, hasta después del recreo) y no faltaban las azotainas. Éstas castigaban diversas conductas anómalas del muchacho y consistían en varazos en los glúteos y las piernas, además de golpes en las palmas de las manos.
Las varas para tal castigo eran seleccionadas fuertes y flexibles, como las del guayabo, para que no se rompieran al primer azote y las víctimas escogidas eran “los burros” e indisciplinados, los que no supieran la lección o no entregaran las tareas. También se castigaban manos, uñas y orejas sucias además de faltas graves con palmetazos. Así llamados por ejecutarse con la palmeta descargada con fuerza sobre las palmas de ambas manos. Era la palmeta un rectángulo de madera muy gruesa con su mango, tipo raqueta de ping pong, siendo el castigo mayor tres palmetazos. Quien los recibía quedaba impedido para utilizar las manos por un buen tiempo. “Este por lo menos no se masturbará tres días”, calculaba un profesor.

Una profa venida de Tixtla

La profesora Felícitas Victoria Jiménez Silva –pequeña, espigada, muy blanca, ojos cafés– egresada a los 18 años de la Escuela Normal de Tixtla, su tierra natal, cumple aquí su primer contrato laboral. Llega al puerto 1905 para hacerse cargo de una docencia en el colegio confesional “Guadalupano”, en la calle Roberto Posada. La acompañan su señora madre doña Benigna Silva de Jiménez y su hermana Gregoria.
Apenas iniciadas sus actividades, la joven profesora choca con la directora Nicolasa Vizcarra y en general con los métodos de enseñanza aplicados contrarios a la realidad. Manifiesta su inconformidad porque se dedique más tiempo a los rezos que a la escritura y a la lectura y le contraría que no se cante el Himno Nacional, que en su lugar se entone la plegaria que dice “somos cristianos, somos guadalupanos, guerra, guerra contra lucifer”, usando la tonada de la Marcha Real (himno español). Renuncia antes de que la corran.
Entonces la maestra Chita se dedica en cuerpo y alma al logro de una escuela oficial dedicada exclusivamente a las niñas. La gestiona con un grupo de padres de familia ante el gobernador del estado, Manuel Guillén. quien pronto autoriza la institución. Aún más, coincide con la maestra en que lleve el nombre del maestro, Ignacio Manuel Altamirano, paisano ilustrísimo de ella. Así, la Altamirano nace el 6 de enero de 1906, teniéndosele como un regalo de Reyes para la niñez de Acapulco.
Un primer escollo será conseguir el número necesario de maestras mujeres. ¿Profesores? ¡Ni lo mande Dios, son muy arrechos y se trata de niñas! El problema será superado recurriendo a educadoras particulares que lograrán, finalmente, con la dirección de Chita, sacar una excelente primaria. Ellas: Amelia Alarcón, Ambrosia Bocha Tabares, María de la Cruz Martínez, Aurora Apresa y Ernestina Tina Clark. Ora que las aulas de la Altamirano serán más tarde formadoras de jovencitas con vocación docente: Rosaura Chagua Liquidano, Paula Velarde, Andrea Olivar, Emilia Lobato y Francisca Pachita Merel.
Vendrá enseguida una lucha tenaz para localizar un alberque digno para dejar la casona deteriorada de la calle Progreso. Se le localiza en la calle de Las Damas (luego Guerrero y hoy La Quebrada), una casona donde había estado la Aduana Marítima, propiedad de los Hermanos Uruñuela. Estos cooperan con la causa cobrando una renta mensual de sólo 20 pesos. El inmueble se desploma con el temblor de 1934 y la escuela se traslada al fuerte de San Diego mientras se reconstruye su sede. Será hasta el 4 de enero de 1948 cuando el presidente Miguel Alemán entregue el nuevo edificio de La Altamirano en la misma calle.

La maestra Chita

Cuando todo Acapulco la empiece a llamar maestra Chita o simplemente Chita Jiménez, la educadora venida de Tixtla tendrá que olvidarse que alguna vez fue Felicitas Victoria Jiménez Silva. El agradecimiento para ella por parte de los acapulqueños será sincero y amoroso. Particularmente de las primeras acapulqueñas que recibieron de ella la instrucción elemental o la magia del bordado a mano. Se citan: Concepción Batani, Cristina Atim, Claudia Castillo, Olga Martínez, Guadalupe y Juana Mallani.
Acierto de Chita Jiménez será sin duda entregar la dirección de la Altamirano a la profesora chilpancingueña Carolina Vélez viuda de Leyva, comisionada entonces en Coyuca de Benítez. Una dirección que llevará a la institución a ser ejemplo nacional de aprovechamiento y disciplina. Felizmente lo sigue siendo.

El chaleco azul

El mayor número de acapulqueñas nacidas en el siglo XX vestirán en su tiempo la falda azul, la blusa blanca y el chaleco también azul del uniforma de La Altamirano. Creación sin duda de la maestra Chita. De tantas y tantas que orgullosamente lo vistieron, aquí sólo algunas:

Elisa Batani, Victoria Sabah, Gloria Gómez Merckley, Hortensia Guerrero Polanco, Alicia y Leonor del Río Quevedo, Candelaria de la Cruz Gómez, Raquel Fox Leyva, Irma Flores Flores, Margarita Ruiz Acevedo, Leticia y Carmen Salgado Román, Divina Zárate Vázquez, Ernestina Rosas Romero, Amalia Hernández Arroyo, Julia Ávila Díaz, Filomena Karam, Carmen Maganda, Zaida Vielma Heras, Gisela Jiménez. Ana María Arzeta.
Amparo Añorve, María Luisa Rosas, Cristina Rodríguez, María Elena Gómez, Hilda Pedroza Villicaña, María de Jesús Estrada, Guadalupe Zamora, Guadalupe Sánchez, Gloria Negrete. Crisantema Barrientos Campos, Elia Muñoz Abarca, María Inés del Valle Garzón, Ernestina Galeana Valeriano, Aurora Quevedo Pérez, Carolina Arteaga Tapia, Indalecia Lobato Giles, María de la Luz Lobato García, Juana Grado Castañeda, Francisca Cortés Cruz, Noemí Liquidano Ramírez, Carmen Loranca Bello.

Sara Sánchez Guerrero, Thelma Flores, Estela Roque Caro, María Enríquez Castellanos, Guadalupe Talavera Martínez, Carmen Valeriano, María Luisa Román Genchi, Lilia Hernández Arroyo, Emma Hernández, Magdalena García Vinalay, Carmen Sosa, Sofía Pérez, Alicia Pérez Salinas, Graciela Blanco Miranda, Elvira Hernández Pingos, Aurora y Gloria Jiménez, sobrinas estas últimas de la maestra Chita.

El Colegio Acapulco

Procedente de Colima, cuyo estado había gobernado y para quien el presidente Obregón nunca dejó de ser “matón y corrupto”, llega al puerto en 1923 el profesor Felipe Valle. Viene como administrador de la Aduana Marítima de Acapulco. Su participación en la revuelta Delahuertista contra Obregón, encabezada aquí por el periodista Carlos E. Adame, lo coloca ante el pelotón de fusilamiento. Se salva junto con sus compañeros golpistas gracias a la generosidad del general Rafael Sánchez Tapida, quien traía instrucciones presidenciales de hacerlo, pero pierde sus derechos políticos, Entonces optará por la enseñanza que ya había ejercido con éxito en Mazatlán. Funda el Colegio Acapulco.
Sabedor de que en el puerto sólo era posible la instrucción elemental y que por ello muchos jóvenes veían frustradas sus aspiraciones de ir más adelante, Valle decide darles la oportunidad anhelada. Establece para ellos la categoría de “pasantes”, cuyo programa académico era equivalente a la secundaria oficial. Por cierto, dos mujeres , Nachita Torres Gastélum y Conchita Campos, obtendrán las más altas calificaciones de su grupo, aceptando esta última encargarse de un grupo de la institución. Sus alumnos la calificarán como maestra ejemplar.

El alumno Jorge Joseph Piedra, mucho más tarde alcalde de Acapulco, no se andará por las ramas al afirmar que el Colegio Acapulco gozó de famas bien merecidas, la académica y la tener en su matrícula a las acapulqueñas más hermosas.
Lo fueron Minerva Anderson de Sosa, una joven señora a la que Agustín Ramírez le dedicó en su cumpleaños su canción: Acapulqueña, linda acapulqueña, que hoy es santo y seña de los porteños. Angela Aguilera, Leonila Stephens, Las Rojas (Petra y Manuela); Las Escudero (Tita, Tere y Amparito), Sara Liquidano, Las García Mier (Alicia, Orfelina y Etelvina); Las Olivar (Raquel, Leonor y Rebeca); Las Vargas (Concha, Luz y Engracia); Elvira Galeana, Conchita y Lila Hudson, Elvira Galeana, Nicolasa y Marre Hudson, Lilia Apac, Consuelo Orbe, Ernestina Argudín, Flavia Mariscal .

Raquel Sánchez Morales, Las Argudín (Tina y Tere); Las Campos (Tive y María); Rosa Flores, Crisantema Estrada, Las Medina (Celia, Josefina y Malicha); Las Jiménez (Luz Amelia, Gloria y Aurora); Hortensia Caballero, Las Tellechea (Pelancha y Olga); María Beltrán, Hilda Gómez Maganda, Conchita Campos, Solfina Martínez, Las López Victoria (Angelita y Chevita); Eli Montano, Las Lobato (Adelina y Alicia), Ernestina Aguilar, Aurora Leyva, Luchi H. Luz, Carmen Tapia, Las Muñúzuri (María Luisa, Jovita, Berta y Consuelo). María Huerta, Teresa Valencia, Las Pangburg (Martha, Elo y Benita); Cornelia Aguirre, Noemí Caballero, Irene López, Amelia Bello, María Luisa Morales, Perla Basterra, Las Pintos Mazzini (Eugenia, Elena y Angelita); Margarita y Catania Adame, Julia Valle, Ignacia G. Torres, María Sotelo, Felicidad de los Santos, María Valverde, Las Batani y Josefina Medina.

El Instituto Wallace

El Instituto Wallace de Chilpancingo, internado operado por una misión de iglesia protestante de Estados Unidos, representaba entonces para muchos jóvenes acapulqueños la oportunidad única de cursar la instrucción secundaria. La tendrán hasta 1939 cuando se funde aquí la Secundaria Federal número 22. Sólo las familias adineradas no tendrán ningún problema al enviar a sus hijos a estudiar a Estados Unidos, particularmente a California, movidos por vía marítima.
Corriendo la tercera década del siglo XX, un grupo de jóvenes acapulqueños logra inscripciones en el chilpancingueño Instituto Wallace. No lo integraron sólo varones, como pudiera pensarse, hubo mujercitas valientes. Desafiaron las anatemas por afiliarse a un religión protestante y sobre todo “los díceres” de la gente por la osadía de “separarse de la familia para viajar solas tan lejísimos”. Nomás, se subrayaba, para aprender cosas que al casarse de nada les van a servir y, lo peor, con riesgo de perder la honradez”
Ellas fueron Teresa Argudín, Carmen Vidales, Consuelo Orbe, Esperanza Morlet y Mirtila Beltrán. Serán compañeras de Macrina Rabadán Santana, de Cuetzala del Progreso, la primera mujer de un partido diferente al PRI en ocupar un escaño en el Congreso de la Unión. Fundadora aquí del Instituto de Bellas Artes de Acapulco, filial del INBAL.