EL-SUR

Viernes 21 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

La amenaza del gobierno Frankenstein

Jorge Zepeda Patterson

Noviembre 12, 2006

Nunca un presidente del país en la época moderna había tomado posesión en tal situación de debilidad. Con apenas 35 por ciento de la votación y con 40 por ciento de abstención, no hay duda de que el de Calderón será un gobierno de minoría. Sólo uno de cada cinco mexicanos en edad de votar lo hizo a favor del panista; dos votaron en contra de él, y otros dos ni siquiera votaron.
Por ello es que Felipe Calderón ha hablado de la posibilidad de fortalecer su gobierno mediante la invitación a su gabinete de dirigentes que representen fuerzas políticas que “sumen”. En mi opinión esa es una manera de restar, no de sumar. Resulta ingenuo creer que llevar a Beatriz Paredes a la Sedesol o al “Niño Verde” a la Semarnat, garantizarán una alianza con el PRI o el Partido Verde. Lo único que se conseguirá, en tal caso, es que Los Pinos pierda el control de esas secretarías, con lo cual disminuirá su margen de maniobra para ejercer el poder, ya de por sí menguado.
Este tipo de argumentación no es nuevo. Ernesto Zedillo inauguró su gobierno hace doce años con la sorpresiva designación del panista Antonio Lozano Gracia como procurador de la República. Más que al PAN se trataba de una concesión a Diego Fernández de Cevallos. (Dicho sea de paso, siempre nos quedaremos con la duda de sí tan graciosa concesión no fue parte de la negociación que llevó al Jefe Diego a su sospechosa desaparición en la recta final de la campaña presidencial de 1994, justo cuando comenzaba a alcanzar al candidato del PRI… Ernesto Zedillo). Lo cierto es que la gestión de Lozano Gracia resultó desastrosa. Basta recordar el asunto de La Paca y sus visiones sobre el caso de Raúl Salinas, para entender que el procurador operó desde la perspectiva de su agenda propia y la de su partido, por decir lo menos.
Los gobiernos de coalición, en los que distintos partidos se reparten las carteras del gabinete, son usuales en regímenes parlamentarios particularmente en Europa. En tales casos la cabeza del gobierno ejecutivo es el resultado de la correlación de fuerzas en el legislativo. Pese al equilibrio precario que supone tal reparto, son mezclas que funcionan porque poseen otros candados para asegurar la gobernabilidad y la lealtad de los partidos a su coalición.
En México, donde tenemos un sistema presidencialista, un gobierno de coalición carecería de instrumentos y recursos de cohesión mínimos para operar. Ceder carteras no garantiza ningún tipo de lealtad de las fuerzas políticas involucradas. Con frecuencia se ha dicho que México necesita transitar a un sistema semi parlamentario, para darle al Presidente en funciones un Congreso con el que pueda gobernar. Puede ser. Pero mientras no se hagan las reformas requeridas, intentar un híbrido no es la mejor manera de arrancar un sexenio.
Esto no significa que Calderón deba renunciar a la búsqueda de un gobierno de consenso. Más aún está obligado a ello. Pero buscar un gobierno de consenso no equivale a entregar posiciones. Por el contrario. El gabinete de Calderón tendrá que realizar un ejercicio de gobierno de cara a los intereses de la sociedad, involucrando a los actores políticos, haciendo políticas públicas incluyentes, negociando y cediendo allá donde sea necesario. Pero para negociar, Calderón debe estar en control de su equipo. No tiene ningún valor la negociación de programas a favor de los agricultores, por ejemplo, si el Presidente no tiene la capacidad política para lograr que las secretarías involucradas (Hacienda, Sagar, Economía, Sedesol, etc.) estén en condiciones de cumplir o querer cumplir los acuerdos negociados.
Uno de los grandes errores del gobierno foxista fue la indisciplina del gabinete y la renuncia del presidente a imponer criterios firmes. Con mucha frecuencia las acciones de una secretaría contrarrestaban programas de otra, o incluso proyectos emanados de Los Pinos. Por simple debilidad o autonegación, Fox no se atrevió pedir renuncias imprescindibles a sus secretarios, lo cual comprometió la eficacia de su gobierno.
Felipe Calderón tendrá que negociar las políticas públicas, pero no las posiciones. El gabinete no puede ser un reflejo de la correlación de fuerzas. Es el ejercicio de su gobierno lo que deberá ser incluyente, no su composición. Entregar una secretaría a la Maestra Elba Esther Gordillo (exige la de Educación y Seguridad Pública), otra a los organismos empresariales (quieren las de Economía, Comunicaciones y Trabajo), una más a la ultraderecha (piden la Sedesol) etc., equivale a terminar con un gabinete
Frankenstein y con un gobierno incapaz de negociar cualquier cosa con las fuerzas sociales. El presidente ni siquiera podría correr a un secretario inepto sin pasar por una negociación política absurda.
Desde luego tendrá que encontrar a los mejores hombres y mujeres para su gabinete, pero asegurando la disciplina interna y la subordinación a las razones de Estado. Beatriz Paredes podría ser o no ser una pieza importante por su habilidad política y sus relaciones, pero su invitación en cualquier caso no debería constituir una cuota negociada con el PRI (a cambio de obligaciones que el PRI nunca cumpliría, por lo demás). Su incorporación tendría que ser en calidad de político profesional y sólo en tanto que pueda integrarse plenamente a un equipo de trabajo.
En realidad no se requiere un gobierno de grandes nombres a costa de que cada uno de ellos traiga una agenda propia. Lo que se necesita es un equipo unido, capaz pero disciplinado, que aterrice la única agenda que deberá tener en mente el próximo gobierno: la búsqueda de un gobierno que genere consensos, gobernabilidad y respuestas a los problemas tanto tiempo postergados de la sociedad mexicana.
Es tal la debilidad con la que arrancará el gobierno de Felipe Calderón que no puede permitirse el lujo de perder control sobre quizá lo único que pueda gobernar: su propio equipo.

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