EL-SUR

Miércoles 12 de Junio de 2024

Guerrero, México

Opinión

La arquitectura de autor

Federico Vite

Agosto 23, 2022

(Primera parte)

En la Naturaleza de la novela (España, Anagrama, 2013, 189 páginas), del escritor catalán Luis Goytisolo, se analiza el pasado, el presente y el futuro de un género tan popular que llegó a su máxima expresión en el siglo XIX y obviamente en el siglo XXI nos tocará ver el declive de la novela. Ese monstruo expresivo tal vez se reduzca a ser un objeto de culto, un tótem del mundo antiguo, algo pasado de moda.
Para nosotros resulta impensable imaginarnos al mundo detenido por la lectura de una novela. Ahora las cosas son distintas; las redes sociales abrieron nuevas y atractivas maneras de informarnos, de divertirnos y, sobre todo, de leer, porque sería una necedad no aceptar que la novela pierde lentamente la atención de muchas personas. Señala Goytisolo, por ejemplo, que la novela empieza a ser sólo atractiva para los novelistas, como ha pasado con la poesía, que es leída esencialmente por los poetas. “En el curso del siglo XX, la novela alcanzará su punto culminante y también, como se verá, el inicio de su declive”, advierte. A estas alturas de la historia parece una obviedad lo señalado por Goytisolo. Aunque todo esto se veía venir desde hace mucho tiempo; de hecho, el título emblemático de las crónicas de Rubem Fonseca pone en perspectiva este tópico desde 2013: La novela murió.
“Más que el futuro del libro lo que a mí me preocupa es el futuro de la novela y, más en general, de lo que entendemos por literatura. Y no tanto el de la novela como género –algo que, como se ha visto, considero en fase de extinción– cuanto el de la amplitud de su lectura. Un mundo en el que cuanto se escriba en la actualidad pertenecerá ya al pasado, a modo de últimas manifestaciones de un historial de varios siglos de existencia”, asevera  Goytisolo y con ello nos advierte que “en el fondo, la cultura, y más concretamente la literatura, se convierta para las mayorías en algo prescindible, accesorio”.
Goytisolo –quien obtuvo el premio Anagrama de Ensayo con el libro que hoy comento– también diagnostica que la “muerte” de la novela está en proceso. No quiere decir que hoy, 23 de agosto de 2022, la novela haya dejado de existir. No. Él sugiere que con tanto best-seller, con tanto libro bien pensante y políticamente correcto, es obvia, por lo menos, la artritis del género. Pero a esta enfermedad también debería añadirse un aspecto más: tantos, pero tantos libros sobre la violencia en la que la corrección ética se impone sobre la “apuesta” literaria. Es decir, Goytisolo ve que la corrección política y los best-sellers han logrado minar “el encanto” de las novelas.
Me parece que nuestra forma de leer ha cambiado y eso exige una reestructuración del género novelístico. De hecho, Goytisolo apela a la arquitectura de autor –un aspecto que surgió en Italia y se mantiene aún en desarrollo– como la tabla de salvamento. Básicamente hago hincapié en un aspecto: la arquitectura de autor recurre a proyectos majestuosos de alta implicación urbana, donde el diseño es básicamente el leitmotiv. Para ser más preciso, me refiero a que se trata de edificios de vivienda cuyo conjunto de cualidades los hacen atractivos visualmente.
Todo indica que el devenir de la novela, antes de llegar a su muerte o mientras agoniza, será necesariamente atractivo en cuanto a la estructura se refiere, no al tema. Recalco este punto porque parece que el tema es lo de menos; lo esencial es la arquitectura, el molde, el recubrimiento. Dicho de una manera más elegante: si la novela pervive saludablemente tendrá que ser por su estructura, para ello no será raro que una novela deba alimentarse de otros géneros: poesía, guión de cine, teatro, diario personal, ensayo, etc. Los arquitectos tendrán que aferrarse al estilo por encima del tema; de lo contrario serán meros constructores de libros. Solo así puede consumarse la supervivencia del género. ¿Pero qué tipo de arquitectos puede tener una literatura que vive con las narices metidas en un Continente Literario hueco, donde se aplaude la obviedad, el marketing, la “crítica social” y se deja de lado la creación? Pero lejos de ese debate acerca del “aprovechamiento” de un tema, pensemos lo siguiente: “Los elementos constitutivos de la novela se han ido haciendo –sin que ello suponga un juicio de valor– cada vez más complejos, tanto en lo que concierne a lo que convencionalmente se entiende por fondo como en lo que se refiere a la forma”.
Cuando Goytisolo habla de forma se refiere a la estructura, el estilo y el tono; cuando analiza el fondo engloba el argumento, los personajes y el escenario. De esa combinación emana el suprarrelato. Es decir, hablamos de la percepción subjetiva que cada autor extrae del texto. “Es algo que reside no tanto en lo evocado cuanto en las palabras utilizadas para evocarlo, las únicas con las que se puede decir debidamente lo que se ha dicho. Una evocación susceptible de provocar en el lector una descarga emocional equiparable a la que es capaz de generar, de súbito, determinada pieza de música”. De la suma de todos estos componentes se logra la significación de la obra. Para hacer una precisa reflexión, anclo un aspecto: la arquitectura de autor estará cifrada en el trabajo artesanal del fondo y la habilidad para trabajar la forma. Como verá no hay muchas novedades al respecto, se harán malabares con la forma y con el fondo para encontrar el punto medio de una estructura vistosa.
Si leemos poco y de una manera mucho más fragmentada, gracias a las imposiciones de una vida doméstica, ¿dónde podemos encontrar este tipo de estructura autor en el Continente Literario nacional? No se puede ser muy optimista al respecto, pero de eso hablamos en la siguiente entrega.