EL-SUR

Miércoles 10 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión

La autenticidad como batalla perdida

Federico Vite

Agosto 05, 2025

Margaret Mazzantini es una escritora italiana, nacida en Dublín, quien también ha tenido incursiones en el mundo del teatro y del cine, pero en esencia, su labor es escritural. Se le aprecia como una autora de prestigio. En 2002 obtuvo el premio Strega. Pero más allá del glamour que encierra un premio, Mazzantini publica con recurrencia y aborda temas poco comunes e incluso diría que poco comerciales, pero la estrategia narrativa de la obra logra lo contrario: tener buenos resultados en ventas. Su obra se caracteriza por poseer prosa concisa y habilidad narrativa. En el caso de Mare al mattino (Italia, Einaudi, 2011, 123 páginas), Mazzantini propone una especie de carrera de campo traviesa en la que los personajes experimentan situaciones límite y desgranan todo aquello que implica la identidad. Recordemos: un país te da un territorio, un idioma y una nacionalidad. Pero siendo honestos, ¿qué es una nacionalidad para los desplazados?
Hay un tramo de mar que funge de puente o frontera entre dos países: Libia e Italia. Farid ve el mar por primera vez la noche que huye de su hogar al borde del desierto, deja atrás la gacela que comía de su mano. En otra área de ese puente, Vito, desde Sicilia, mira ese mismo mar como un vertedero de barcos que nunca llegarán a su destino. Tanto Vito como Farid conservan fragmentos de una memoria colectiva. Farid apenas conocerá el mar. Vito tendrá referencias del desierto.
Vito y Angelina comparten el paisaje marino, la misma calma oceánica en medio de la tormenta. Jamila tiene la esperanza de ver morir a su hijo (Farid) antes que ella, porque no quiere que él se quede solo. Aparecen personajes que soñaron con “una tierra fácil, sin armas”. Una bendición clamada por todas partes”. Madres e hijos son el andamiaje de esta nouvelle.
En términos generales, Mazzantini detalla la vida de los italianos obligados a emigrar a África por el fascismo y recrea la expulsión de los tripolitanos. Detalla las migraciones forzadas por una guerra, algo que en México es evidente, aunque vivamos en un territorio “pacífico”. Tal vez no nos atrevemos a nombrar el daño ocurrido en este país desde hace, por lo menos, diecinueve años. Lo sobresaliente de Mazzantini no es que da voz a personajes empobrecidos, sino que logra ensamblar una situación por demás interesante entre migrantes que pierden “su tierra” en aras de una mejoría vital. Porque la “tierra perdida” nunca se recupera; tampoco se olvida.
Jamila y Farid huyen de Libia durante la Primavera Árabe: el Rais quiere llenar el Mediterráneo de gente desesperada para hacer temblar a Europa: “Es su mejor arma. La carne podrida de los pobres. Es dinamita”. En la otra cara de la moneda, Angelina y Vito son expulsados de Libia, junto con los restos de los italianos enterrados allí. Son aceptados con reservas en su tierra, porque los fugitivos “ahora son los pobres. Pobres blancos, desplazados. Tienen la misma mirada que los perdidos”. La vida de estos migrantes está “en suspenso”, así lo signa la autora en voz de los agentes de migración, quienes intentan darles luz verde a los “desplazados” para que entren a Italia. Y, no sobra decirlo, esos emigrados se sienten ajenos tanto en Libia como en Italia. Hablan entre sí de un hecho innegable: “El verdadero confinamiento era la soledad moral”, porque no sólo migraban por dinero, sino por sentirse menos solos y por ser parte de algo. “Querían recuperar un nombre, un lugar, una identidad. La compensación era la dignidad. Levantar la cabeza y decir: ‘Nuestro país nos ha reembolsado. Somos víctimas de la historia’ ”.
La mayoría de los personajes son mujeres y niños, los hombres quedan excluidos del relato porque viven para la guerra y sirven a la guerra. Lo que se mueve dentro de las páginas son anhelos y la figura masculina se consuma como una energía que todo lo destruye.
Puede leerse esta nouvelle como un alegato histórico. Para los italianos, este tema se condensa en un concepto: colonialismo. Y pocos libros de ficción abordan vidas como las del abuelo Antonio, quien iba de un lado a otro mostrando sus papeles en un bolsa de plástico transparente. Se limitaba a enseñar la hoja que explicaba –y hacía legítima– su condición de repatriado. Los rostros tras los mostradores le miraban con desconcierto. Y manifestaban un par de pensamientos incómodos con dos preguntas: “¿Para qué volvieron? ¿Para robarles el trabajo a otros italianos, a los auténticos, nacidos y criados aquí?”.
El colonialismo italiano inició con la unificación de Italia. Etiopía, Eritrea, Somalia y Libia fueron los estados colonizados. Con la llegada del fascismo al poder, la campaña para conquistar esos territorios se intensificó. Se perpetraron innumerables atrocidades contra las poblaciones locales, hubo miles de víctimas y deportaciones a campos de concentración. Debe sumarse a este hecho otro de igual importancia, Mussolini despertó grandes expectativas entre los italianos más pobres, quienes decidieron abandonar su tierra para buscar fortuna en África.
Vito había oído mil veces las historias de su abuelo Antonio sobre el desembarco en Trípoli, de la inmensa bandera tricolor extendida en la playa y de Mussolini a caballo con la espada del Islam apuntando hacia Italia. Los italianos se hicieron amigos de los árabes. Compartieron trucos agrícolas y esperanzas. Se unieron los pobres con otros pobres. Todo aquello fue una experiencia triste, pura energía gastada y, por supuesto, causó mucho dolor. Mazzantini evita caer en el melodrama de estos hechos, pero es imposible no reflejar algunas cosas ominosas, otras tantas hirientes y muchas más amables. Yo me quedo con algunas impresiones generosas del libro, pues la estructura es un ensamble de historias en las que se van desarrollando sagas familiares y las raíces de esas familias poseen preocupaciones idénticas: huir del hambre, encontrar paz en la Tierra y tener una patria. Quizá esa sea la meta de todo ciudadano en el mundo.
Mare al mattino recrea la experiencia del desarraigo como un mal del que poco se habla en los términos puestos por Mazzantini: “En una situación como la de Farid o la de Vito, amar a Libia o amar a Italia implicaba ser parte de una culpa colectiva”.
Traigo todo esto a la conversación porque el libro tiene esa cuota de actualidad que nos da luz sobre ciertos aspectos que bien podríamos considerar esenciales.
La traducción de las frases entre comillas es mía.

@FedericoVìte