EL-SUR

Martes 16 de Agosto de 2022

Guerrero, México

Opinión

La batalla cultural por la paz

Jesús Mendoza Zaragoza

Enero 18, 2016

La desconfianza, la resignación, la ausencia de memoria histórica y el individualismo, debilitan a la sociedad y la hacen vulnerable a las dinámicas violentas que vienen del crimen organizado y de los aparatos del Estado… Si queremos reducir la violencia en el país, se requieren, entre otras cosas, decisiones políticas que reduzcan la corrupción y la impunidad. Pero no solo eso. Se requiere también el cambio de actitud de todos, de los ciudadanos y de los políticos, para que la corrupción sea vista como inaceptable. Y esto solo se hace mediante un proceso que transforme la cultura que hace aceptable la corrupción, tanto en los espacios políticos como en la sociedad.

El contexto de violencia e inseguridad, que tiene en su fondo una tremenda corrupción política y una grave descomposición social, suele ser examinado desde enfoques políticos, económicos y sociales muy necesarios. Hay perspectivas analíticas abundantes de los diversos actores presentes en el país. Los gobiernos hacen sus análisis, lo mismo hacen los empresarios y las universidades; también lo hacen los medios y las organizaciones de derechos humanos, entre otros. Es importante escuchar la diversidad de perspectivas de análisis, ponderarlas y complementarlas. De tales análisis se desprenden las estrategias que se diseñan para afrontar las causas y las manifestaciones de las violencias.
No obstante, no he visto suficiente interés para entender lo que sucede en el país desde la perspectiva cultural. Lo que está sucediendo en México y, particularmente, en Guerrero durante los últimos años, implica una serie de situaciones culturales que han llegado a constituirse como factores de la violencia y de la inseguridad. Estos factores culturales suelen ser imperceptibles a primera vista.
Quiero aclarar que hablo de cultura en su sentido más general y no en el sentido restringido que se reconoce como campo de la creación artística. La cultura la entiendo aquí como una construcción colectiva en la que todos intervenimos de diferentes maneras, generando un sistema de creencias y normas que servirán de sustento a actitudes y comportamientos individuales y colectivos. Todos nacimos en un contexto cultural en el que fuimos dotados de ese sistema de creencias y reglas, mismo que podemos aceptar o rechazar. Pero también está en nuestras manos la transformación de esas creencias y reglas en la medida en que se reconocen como dañinas para la convivencia humana.
Lo que ahora quiero señalar es que en nuestro contexto social, ese sistema cultural contiene elementos que han favorecido o propiciado el clima de violencia que sufrimos. En otras palabras, los actores violentos se han apoyado en sentimientos y actitudes colectivas que les han favorecido para abusar, engañar y hacer daño. Son parte de ese sistema cultural que ha ido modelando nuestro modo de ser y de relacionarnos, una serie de prejuicios, fobias y carencias, que contribuyen a reforzar o a fortalecer las diversas violencias que padecemos, tanto las relacionales y las comunitarias como las institucionales y las estructurales. Hay violencias gubernamentales que se han hecho invisibles y que han llegado a ser socialmente aceptadas, como las que conculcan los derechos humanos, sobre todo, los que se refieren a los económicos, sociales, ambientales, culturales y los de los pueblos.
Hoy por hoy, hay dos actores que generan las mayores violencias que sufre el país: el gobierno y la delincuencia organizada. Hay otros más, desde luego. De hecho, nadie puede decir que esté libre de pecado, pero hay de violencias a violencias. Esas violencias mayores, como también las menores, tienen un respaldo cultural que las sostiene. Lo vemos claramente en las violencias intrafamiliares que victimizan a las mujeres y a los niños, sostenidas sobre discriminaciones y prejuicios sociales.
El soporte cultural de las violencias, sobre todo las institucionales y estructurales, se manifiesta en actitudes colectivas asumidas de manera consciente o inconsciente y tienen de fondo prejuicios y sentimientos acendrados que suelen ser alimentados de manera programática. Solo quiero mencionar algunos de ellos que, a mi juicio, inciden fuertemente en la descomposición social que está vinculada con los altos niveles de violencia en el país y es, a su vez causa y efecto.
Comencemos por la desconfianza, sobre todo, hacia las instituciones públicas. Esta desconfianza se ha alimentado de la amplia percepción de la corrupción de las instituciones del Estado, que ya no funcionan para el bien público, pues han distorsionado su razón de ser. No solo se trata de las instituciones relacionadas con la justicia, sino de la mayoría de las que corresponden al sector público. Sin justificar las actitudes de la gente, la desconfianza contribuye al desprecio de lo público y de la política, a la falta de colaboración con las autoridades, que alimentan dicha actitud con la corrupción, la impunidad y la simulación de acciones en favor de la gente. Lo peor de todo es que la desconfianza se ha proyectado hacia el interior de la sociedad. Las organizaciones sociales desconfían unas de las otras y aún, se confrontan. No hay capacidad para el diálogo y la colaboración en acciones comunes. En Guerrero tenemos una sociedad civil tan fragmentada como consecuencia de la desconfianza y la gran mayoría silenciosa permanece pasiva, a su vez, porque no confía ni en su sombra.
Otro componente cultural que refuerza las situaciones de violencia es la resignación tan generalizada que permea a la sociedad. Desactiva toda inconformidad y todo ánimo por luchar por mejores condiciones de vida. Las ancestrales situaciones de marginación, exclusión y discriminación tienen un efecto desmovilizador en la sociedad. Se dice que los mexicanos somos muy “aguantadores”. De ahí la apatía ciudadana y la indiferencia social, que no permiten procesos ciudadanos ni sociales sostenibles. En momentos de emergencia reaccionamos con algunas acciones solidarias que se desinflan cuando pasa la contingencia y se da vuelta a la pasividad social.
Otro componente es el de la falta de memoria histórica o la así llamada “memoria ingrata”. Nos tragamos la historia que nos cuentan los de arriba, los gobiernos o los sectores dominantes y sus medios de comunicación. No construimos la memoria crítica de nuestro pasado y se nos olvidan en cada proceso electoral los desmanes de la clase política y seguimos votando por ella. Hemos guardado en nuestra memoria que somos unos inútiles, que nada podemos por nosotros mismos, que no es posible resistir ni luchar con alguna garantía de mejorar. Solo conservamos en nuestra memoria nuestra condición de víctimas, nos comportamos como tales removiendo el dolor, el rencor y el miedo, que a nada llevan. No hemos sabido transformar nuestra memoria para ver todos las potencialidades que están en los pueblos que asumen sus responsabilidades colectivas y sociales. somos un pueblo olvidadizo que prefiere cancelar su pasado para simplemente sobrevivir en el presente.
Y, para concluir, quiero mencionar la actitud individualista que se ha apoderado de las conciencias, generando una desresponsabilización de lo comunitario y de lo social. Los lazos comunitarios no reciben el cuidado que requieren y cada quien solo se enfoca en la solución de sus propios problemas. La ciudadanía está pulverizada, es más, no hay conciencia de ciudadanía porque no hay vínculos comunitarios. Los individuos se comprenden a sí mismos como consumidores en la sociedad de consumo y de la información y cada quien se distrae en su propio círculo cerrado.
Si estos elementos culturales, tales como la desconfianza, la resignación, la memoria ingrata y el individualismo, por señalar solamente los que considero más visibles, debilitan a la sociedad y la hacen vulnerable a las dinámicas violentas que vienen del crimen organizado y de los aparatos del Estado, es preciso que sean transformados para convertirlos en fortalezas, que al lado de otras fortalezas culturales que ya tenemos, nos hagan capaces de sacudirnos el peso de tanta violencia.
Y eso es tarea de todos. Las estrategias económicas, sociales y políticas deben contar con un componente cultural para recuperar la confianza, para construir ciudadanía, para construir espacios de diálogo, para diseñar espacios comunitarios de participación, como acciones que incidan en la constricción de la paz que requerimos. Este es un gran reto educativo, porque la cultura se construye con la educación, que tiene su parte en la familia, en la escuela, en la empresa, en los medios, en la comunidad y en los demás espacios que congreguen a hombres y mujeres.
Por lo pronto, hay que señalar que no hay avance social sostenible sin un respaldo cultural. Esto lo hemos aprendido con lecciones muy dolorosas. Para recordar una: la alternancia en el poder que se dio en el año 2000 no estuvo acompañada por un cambio cultural y por eso, no significó un avance. Hubo cambios políticos sin los cambios culturales que se requerían para que realmente hubiera un avance político.
Por eso, si queremos reducir la violencia en el país, se requieren, entre otras cosas, decisiones políticas que reduzcan la corrupción y la impunidad. Pero no solo eso. Se requiere también el cambio de actitud de todos, de los ciudadanos y de los políticos, para que la corrupción sea vista como inaceptable. Y esto solo se hace mediante un proceso que transforme la cultura que hace aceptable la corrupción, tanto en los espacios políticos como en la sociedad.