Silvestre Pacheco León
Abril 28, 2025
Por más esfuerzo de memoria que hago, no recuerdo si de niño tenía curiosidad de conocer el mar, ni fui de los alumnos que cuando llegaba un maestro nuevo a la escuela lo acosaban con la pregunta,
–Y de dónde viene usted maestro, ¿está cerca el mar?
Pero mi descubrimiento del mar fue en una edad temprana, aunque viajé a su encuentro, sin saberlo, de la mano de mi madre a la edad de siete años.
De mi pueblo lo más próximo al mar es el puerto de Acapulco, y ese que fue el primer viaje de mi vida, obedeció a circunstancias familiares que mi madre resolvió llevándonos con ella en ese que fue también su primer viaje fuera del pueblo.
Después de muchos años he concluido que mi poco interés de conocer el mar obedece a mi amplia familiaridad con el agua cuya abundancia siempre me acompañó en mi niñez porque mi pueblo está a la orilla y en la confluencia de dos ríos y muy cercano al nacimiento del tercero, de manera que bañarse, echar clavados y aprender a nadar fue algo muy natural para todos los de mi generación que nacimos en la cabecera municipal de Quechultenango.
No faltaba un día sin que nos divirtiéramos en el agua como si fuera el recreo. Mi madre nos sacaba casi a fuerzas del río con la advertencia de que nos saldrían escamas y una cola de pescado de tanto bañar.
Incluso, antes de viajar al puerto ya conocía yo las aventuras de Simbad el marino y de las ballenas que eran unos peces gigantes capaces de tragarse a un ser humano y mantenerlo entero en sus entrañas. Aunque pueda parecer extraño, mi padre era asiduo lector de Las mil y una noches, nos contaba muchas historias de aventuras marinas, pero aun así el mar de Acapulco me sorprendió por el imponente poder de sus olas y me arrobó su olor perfumado y salobre y a veces “choquioso”, con su feroz bramido que en las primeras noches nos mantuvo en vela creyendo que se acercaba a nuestra cama para sacarnos en vilo y llevarnos.
Después me resultó divertido jugar y revolcarme en la arena, aprender a lidiar con la fuerza de las olas dejándolas pasar sobre la cabeza y aprovechando su impulso para llevarnos ilesos a la playa después de probar buches de agua salada que también entraba por los oídos y la nariz irritándonos la vista.
Conocí el mar en Acapulco. Mi madre nos llevó a vivir con una hermana suya que tenía una cabaña de bajareque precisamente en la playa de la Base Naval de Icacos, donde ahora se levantan los grandes hoteles de lujo.
Para nosotros, más que un privilegio de vivir en esa zona, fue un choque con nuestra cultura rural, tierra adentro, y pronto nos tuvimos que acostumbrar a la vida costeña de usar ropa ligera para sobreponernos al calor, esperando la tarde o aprovechando la mañana para explorar la larga playa de arena blanca que estaba a nuestra disposición.
Al mar íbamos siempre acompañados de mi padre que ya sabía lidiar con las olas y asustaba a mi madre porque de bromista se sumergía y tardaba bajo el agua hasta que una vez pensando en que podía estarse ahogando lo sacó a flote jalándolo de los cabellos, en una acción que todos festejamos.
En esa playa y en ese mar aprendimos los secretos básicos de las mareas, las aguas malas y el antídoto cuando pican, los tumbos y las grandes olas que ahora llaman “mar de fondo”, y mis hermanos y yo conocimos el eficaz método de aprender a nadar que mi padre nos impuso y que consistía en que nos perseguía en la arena, nos cargaba en sus brazos, se metía al agua con nosotros para luego lanzarnos lo más lejos que podía para que con la ayuda de nuestro instinto nadáramos hacia la playa. Nada más eficaz que eso para aprender a nadar rápido, aunque mis hijos hoy me lo reclamen por lo salvaje del método y mis nietas me demuestren que hay otros más sofisticados para aprender.
Recuerdo que fue durante el cuarto año de primaria cuando ilustrando los mapa mundi conocí la dimensión de los océanos respecto a la tierra para participar en la exposición de fin de cursos que se organizaba cada año en la escuela. Había concursos de ilustración y conocíamos “El cuerno de la abundancia” como se decía entonces de nuestro país, porque su figura en el mapa era parecida a esa prolongación dura de la cabeza muy propia de las reses, y porque también desde entonces se tenía la certeza de que los mexicanos éramos ricos y vivíamos en la abundancia. El cuerno cuya punta terminaba o empezaba como una canasta rebosante de productos diversos expresaba su enorme riqueza, cercada, así lo veía yo entonces, por dos grandes océanos que azules parecían ahogar esa pequeña tira de tierra que era nuestro delgado país.
Ahora que mi visión del mundo y de la vida ha cambiado sé que esos océanos que nos rodean significan una extensión, más que una frontera de México con el mundo, y he aprendido que la principal diferencia entre un mar y un océano es su extensión. Los océanos son los que abarcan más allá de un continente, y nosotros somos bendecidos hasta en eso porque México está entre dos grandes océanos que en realidad lo comunican con el resto del mundo, un recurso que apenas ahora se está aprovechando con proyectos como el tren interoceánico que será el moderno canal de Panamá para llevar y traer carga del oceáno Pacífico al Atlántico, y viceversa.
Lo que no sabía y significó un gran descubrimiento para mí es la manera como los océanos tienen impacto también en el clima del mundo y son los responsables de repartirlo porque es en ellos donde se genera el fenómeno de la evaporación del agua que como gas se eleva a la atmósfera para formar las nubes que el viento lleva y trae regando la tierra.
Y esta es una pequeña parte de la importancia que tienen los océanos, además de haber originado en su seno la vida como la conocemos, por eso y porque esa vastedad de agua recibe todos los desechos que se generan en la tierra a través de sus venas que son los ríos cuyos escurrimientos desembocan en el mar.
En los tiempos de mi niñez, cuando la lluvia provocaba una creciente del río era un espectáculo para el pueblo y a cual más se acercaba a la orilla para ver la impetuosidad de la corriente que con su fuerza arrastraba árboles y animales ahogados o ahogándose. Otros aprovechaban las primeras crecientes de la temporada para hacer la pesca de su vida aprovechando que por el agua sucia los peces buscaban la orilla y así era fácil sacarlos a tierra y pescarlos usando el pie como una pala que lanzaba el agua a lo seco con una patada y con esos pescados la gente hacía tamales en hojas de mazorca que eran una delicia.
Pero no hace muchos años el espectáculo del río crecido dejó de ser motivo de regocijo y entretenimiento porque con la construcción del drenaje sanitario en los pueblos ubicados río arriba sin su respectiva planta de tratamiento, su lecho se ha convertido en drenaje a cielo abierto que desde la capital del estado, Chilpancingo, la creciente arrastra todos los desechos orgánicos que le dan al agua un color negruzco y pestilente que inunda con su fetidez los pueblos por los que pasa, alejando a la gente de ese nuevo espectáculo pestilente. Esos residuos contaminantes van a parar al mar y no debo abundar más sobre el impacto que tiene su contenido en el alimento de las especies marinas que todos comemos.
Claro que la contaminación que los seres humanos generamos en nuestra vida diaria y nuestro consumo no se compara con la que producen las grandes empresas petroleras, gaseras, mineras, alimenticias, agroquímicas, etc. Pero como nuestro pensamiento ha sido guiado por las propias empresas trasnacionales, nos distraen a través de los medios de comunicación haciéndonos creer que somos nosotros los principales causantes del enorme desastre de contaminación que provoca tantas enfermedades en el mundo, y así encubren su responsabilidad mientras nosotros vamos por la vida cargando con esa culpa, convencidos de que el mundo se salvará cuando cada uno de nosotros deje de usar popotes y bolsas y envases plásticos mientras las grandes empresas pesqueras se roban los pescados y mariscos con sus extensas redes de arrastre.