EL-SUR

Viernes 21 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

La carta maldita

Jorge Zepeda Patterson

Enero 31, 2005

 

 

 

 

 

 

Hace mucho que la vieja frase “tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos” dejó de ser útil, salvo para el sentimentalismo irresponsable. Aunque sirva para alimentar el fragor nacionalista y los desplantes masiosare, lo cierto es que no hay país en vías de desarrollo que no envidie vivir al lado del principal mercado de consumo del planeta y el más grande empleador de mano de obra. ¿Cuántos alzamientos armados o explosiones sociales habríamos tenido si los 12 millones de mexicanos que trabajan en el norte se hubieran quedado a reclamar empleo y medios dignos para subsistir? ¿Qué pasaría con la economía mexicana si no recibiéramos 27 mil millones de dólares al año entre remesas de nuestros paisanos y turismo extranjero? ¿Qué sería de nuestra industria si no fuésemos el tercer proveedor de productos par el mercado norteamericano, sólo detrás de Canadá y China? (y eso por no hablar de los ingentes ingresos provenientes del tráfico de drogas).

Desde luego no es fácil vivir al lado de un gigante abusivo, belicoso e imperialista, pero no podemos ponernos a lloriquear por las desventajas mientras nos embolsamos olímpicamente las ventajas. La carta del embajador norteamericano Tony Garza para quejarse de la inseguridad en la frontera ha sacado a flote las peores actitudes de inmadurez y machismo irresponsable. La actitud de dignidad ofendida de parte de Santiago Creel, equivale a creer que el rasgado de vestiduras y la defensa del himno nacional constituyen las mejores maneras de defender la soberanía y la identidad.

Hace una semana la PGR envió cientos de refuerzos a dos ciudades tamaulipecas para “recuperarlas” de manos de los carteles de la droga que se habían hecho dueños de la plaza y sus actividades resultaban incontrolables para las autoridades locales. Una de esas ciudades era Laredo, población fronteriza. (Y dicho sea de paso, ¿con qué argumentos el ex gobernador Tomás Yarrington aspira a llegar a Los Pinos, luego de que en su sexenio el narco se adueñó de su estado?).

El mismo derecho que tiene Estados Unidos para reclamar por la inseguridad que padecen sus conciudadanos al cruzar la frontera, es el que tiene México para reprochar el uso de balas de pimienta en contra de los ilegales que pisan su territorio. En estricto sentido, esa carta de Garza no está inventando nada; hace unos días se publicaron notas periodísticas del lado mexicano que daban cuenta del incremento de actos delictivos en contra de estadunidenses: asaltos, secuestros, asesinatos. Cualquier embajador está en su derecho para externar su preocupación por la seguridad de sus conciudadanos, y por más que sea el representante del “imperio del mal”, éste no es la excepción.

Lo que yo cuestiono es el nacionalismo falso que sustituye con aspavientos y declaraciones la verdadera búsqueda de soberanía. Durante décadas los gobiernos mexicanos impusieron en el discurso este nacionalismo furibundo, mientras que daban entrada a todas las formas de dependencia económica y cultural. El campo dejó de ser viable y se convirtió en fábrica de braceros y comenzamos a ser importadores de maíz sin que nadie se rasgara las vestiduras.

Proponemos desfiles patrios y juramentos a la bandera, mientras el nivel educativo de las escuelas públicas se desploma y los padres de la clase media aspiran a inscribir a sus hijos en escuelas que llevan nombres en inglés. El calzado chino sigue desmantelando hasta los cimientos la industria del calzado en Jalisco y Guanajuato, mientras las autoridades le corrigen la plana a Luis Miguel por un CD con los colores de la bandera en sepia. Hemos perdido la verdadera soberanía mientras nos entreteníamos en estos juegos de artificio. Y sí, es más fácil impugnar una carta que comenzar a asumir que los carteles están poniendo en riesgo la preeminencia del Estado en materia de seguridad. Lo verdaderamente alarmante es que hay espacios territoriales que se han perdido frente al crimen organizado y las bandas juveniles: barrios completos de la periferia de las metrópolis a las que las patrullas no entran; la estructura de ministerios públicos y de jueces en Sinaloa controlado desde hace tiempo por el narco; ciudades fronterizas perdidas; red de cárceles federales en manos de una red de complicidad entre los capos, sus abogados y los funcionarios; trozos completos de los aparatos de seguridad pública penetrados por el dinero del crimen organizado.

Hay que asumir la carta (y en todo caso preguntarnos por qué motivo los gringos usaron esa vía y que pretenden, porque nunca dan salto sin guarache). Pero tendríamos que devolverles la cortesía. Habría que preguntarles por qué razón del lado suyo no están en las cárceles los grandes capos de las redes de distribución en las ciudades estadunidenses. ¿Dónde están los Caros Quinteros y los Arellano Félix con apellidos anglosajones, responsables de las cadenas que abastecen las calles de Chicago, Detroit o Los Ángeles? ¿Por qué las cárceles de allá están llenas de los “de a pie”, los negros y latinos que venden al menudeo en la esquina, pero nunca de sus jefes?

En lugar de impugnar el reclamo de Garza, habría que asumir la responsabilidad y confrontar a los norteamericanos con la suya. La actitud de Creel equivale a decir: “Ustedes no tienen derecho a meterse en nuestra cochinada, es asquerosa pero es nuestra, métanse en la de ustedes”. El problema es que en el fondo es la misma cochinada y todos estamos hasta la coronilla. Nada podrá resolverse mientras lo escondamos con falsas nociones de soberanía y dignidad ultrajada.

 

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