EL-SUR

Sábado 13 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

La ciclopista de montaña en Ixtapa

Silvestre Pacheco León

Febrero 11, 2019

Fue a finales del año pasado cuando se inauguró en el cerro La Hedionda la ciclopista de montaña como nuevo atractivo turístico de Ixtapa-Zihuatanejo.
La obra que el gobierno federal reporta realizada con una inversión de 5 millones de pesos y que consiste básicamente en la apertura de un sendero en el lado norte del cerro que limita la laguna del Negro con el litoral del Pacífico, es un complemento de la antigua ciclopista construida en la época del gobierno del presidente Ernesto Zedillo, que con una extensión de casi 10 kilómetros conecta a la zona hotelera con el parque ecológico Aztlán, en terrenos del Fonatur.
Se trata de un sendero de terracería abierto en la selva para los practicantes del ciclismo de montaña, con un tramo de extrema dificultad para llegar a la cima, coronada por dos miradores con estructura de madera desde los cuales, a simple vista, se aprecian las maravillas del litoral.
Aunque la obra se anuncia como ciclopista de montaña, sus atractivos, más que a los ciclistas, atraen a cientos de visitantes, la mayor parte locales, que se enteraron de la obra mediante la promoción en las redes sociales.
Los miradores se encuentran casi a la misma altura en la cima del cerro que se localiza frente a las islas de a Pie y la de Ixtapa, el cual ha dado vida a una serie de leyendas de tesoros escondidos por los piratas que asolaban a la Nao de China en la época de la Independencia.
El más alto, ubicado al lado norte del cerro, tiene una magnífica vista a las playas de la isla de Ixtapa y también a Playa Quieta.
Para llegar a los miradores del cerro de la Hedionda, se puede acceder al sendero para el ciclismo de montaña por ambos extremos de la ciclopista.
En el primero y más corto se localiza casi a la entrada del parque, donde un entramado de grandes parotas da sombra a la glorieta que sirve para descanso de los ciclistas que vienen de Ixtapa. La principal referencia para tomar el sendero es el tendido de la red eléctrica que conducen las grandes torres de la Comisión Federal de Electricidad, justo donde se anuncia la compuerta número 7 de la ciclopista, (de hecho la ruta de montaña sigue paralela al tendido eléctrico).
El segundo acceso está casi al final de la ciclopista entrando por el cocodrilario, a la derecha del mirador de las tortugas, cuyo muelle de madera sirve también de descanso.
Esta es la ruta más larga de la ciclopista de montaña (son poco más de 3 kilómetros) y es también la de mayores atractivos para quienes practican senderismo, avistamiento de aves, plantas y animales característicos de la selva baja caducifolia.
En ésta época es común encontrar en su hábitat manadas de tejones, ciervos, iguanas.
En la parte más baja abundan los mangles, y a medida que se asciende se encuentran palo mulato, papelillo, cacahuananche y muchos nidos de pájaros que con su canto alegran el paisaje.
En la cima, casi al pie de los miradores, se pueden conocer los nanches cimarrones y un sinfin de “raspaviejos”, como los campesinos denominan al árbol de tallo agrietado y de tono café que da la impresión de vejez y que, sin embargo, debajo de la cáscara aparece terso y juvenil con sus grandes hojas verdes cuya sombra es un aliento fresco en la aridez de la montaña.
Cuando caminé para llegar a la cima de la Hedionda a principios de febrero alcancé a una pareja de jóvenes indecisos de continuar porque veían el camino polvoriento y sus zapatos nuevos que no querían ensuciar, pero luego se animaron al mirar la cantidad de familias que regresaban del paseo, cansadas, empolvadas, y sudorosas pero sonrientes.
Era su primera vez en el paseo de moda la de esta joven pareja venida de la ciudad de Morelia, cada una con la cara y los brazos embadurnados de bloqueador y repelente, relevándose en cada tramo la mochila que cargaban.
En el camino mis acompañantes pronto se rezagaron. Su plática interminable les restaba energía y oxígeno para mantener el ritmo de la caminata.
La cuesta cada vez más inclinada me obligó en un tramo a tomar un descanso para normalizar mi respiración mientras me convencía en la imposibilidad de que un ciclista pudiera remontar la cima cuya altura me parecía que no podía ser menor a los 500 metros.
Hay un tramo de la cuesta de unos 200 metros cuya inclinación puede ser mayor a los 90 grados, casi vertical que si no fuera porque ahí casi todo mundo se imagina que está próxima la cima, seguro que desandarían sus pasos, pero no se ha sabido que nadie renuncie al propósito de admirar el litoral desde lo alto ( y tampoco de un ciclista que llegue en dos llantas).
A la pareja de rezagados la reanimó una señora que bajaba trayendo de la mano a su nieta de 5 años que se veía más fresca que la abuela. Hasta aquí habíamos caminado un kilómetro de sendero entre la tierra suelta, en partes bajo el candente sol y en partes bajo la sombra.
Un cruce de caminos precede a la cima y causa cierta incertidumbre porque carece de anuncio, pero uno encuentra la razón cuando descubre que son pocos metros los que separan a los dos miradores.
El sendero de la izquierda es el más próximo al crucero y desde ahí se oye como cuchicheo a la gente que está en el segundo a la derecha que es el más alto y desde el cual se domina con la vista todo el litoral, desde playa Larga, adelante del embarcadero a la isla, hasta más allá de la desembocadura del río Ixtapa.
Después de tomar aliento y extasiarse con el panorama de vértigo al que pocos mortales están en posibilidad de ver, me dirigí de regreso al otro mirador desde el cual se aprecia, además del inabarcable azul del mar, las hermosas playas de don Rodrigo y don Juan y las Cuatas, (las cuatro playas han desaparecido para la mayoría de la gente que no las puede ver sino desde esta altura, porque desde hace unos 20 años fueron privatizadas); la isla de a Pie, la isla de Ixtapa y, desde luego, la bahía del Palmar frente a los grandes hoteles.
Fue en ese trayecto donde volví a encontrarme con la pareja de rezagados que por fin llegaban a la cima.
Fue el vigilante que cuida los miradores quien me dijo que de acuerdo don sus registros el número de visitantes fluctúa entre 500 y 700 los fines de semana, que la mayoría de quienes suben son residentes de Ixtapa y Zihuatanejo, y que muchos se quedan hasta el anochecer admirando la puesta del sol y disfrutando lo fresco de la tarde.
Por mi parte averigüé que el cerro no es tan alto como uno se lo imagina, y que es la pendiente tan inclinada la que hace creer que los 201 metros que mide suman medio kilómetro.