EL-SUR

Sábado 20 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión

La científica dilapidación del tiempo

Federico Vite

Mayo 12, 2026

Recuerdo haber visto una entrevista en la que el narrador italiano Michele Mari hablaba de Tommaso Landolfi como una influencia determinante para la formación de él como narrador y, como un estímulo, para la escritura de uno de los libros más extraños que ha escrito: Tu, sanguinosa infanzia (1997). Mari, en especial, hablaba de un libro pequeño de Landolfi: Ottavio di Saint-Vincent (1958). Y decía: “El personaje está en un sitio extraño, una casa con pasillos largos, una atmósfera asfixiante y aunque no pasan muchas cosas queda la sensación de que el protagonista está encerrado en sí mismo”. Busqué los dos libros. Entré a ellos con la certeza de salir aplaudiendo a Landolfi de nuevo, pero para mi fortuna me topé con una nouvelle en la que un hombre joven, adicto al juego, alcohólico y de un humor inconstante, es capaz de mantenerse vivo sólo por la pulsión al juego. Claro, la influencia de El jugador, de Fiodor Dostoyevski, es evidente, pero Landolfi, como siempre he dicho, tiene un sesgo oscuro que lo hace sui generis. Vayamos al nervio de la historia: “París estaba en silencio a esa hora nocturna. Y sí, matarse… No, no es que no aguante. No. Diablo, ¡matarse en la flor de la edad! Y ni siquiera soy demasiado tonto”. Se las ingenia para pagar sus deudas, para volver a jugar y para volver a perder; quiere salir de sus tribulaciones sacándole dinero a una mujer provecta y adinerada. Acosa pues a una duquesa, pero no logra obtener mucho capital. Es justo en esas fiestas tan elegantes y abundantes, donde el personaje principal hace lo que decía Mari: “Recorre largos pasillos bajo la luz de las velas. Ottavio se hace el muerto más que nunca y empieza a hablar en voz alta: ‘Desde que soy destinado a ser duque, no me has dado un pequeño anticipo, aunque sea una buena sopa’. Se recostó y se contuvo, de verdad y profundamente”. Son estos lapsos de aparente sin razón los que inquietan. Elementos que toma Mari en Tu, sanguinosa infanzia para ampliar los registros de los once cuentos que incluye este volumen, cuyo núcleo es la “infanzia”, pero vista desde ángulos inusuales. No es una niñez feroz, sino la primera etapa de la vida intelectual, momentos esenciales en la vida de lectores que ven amenazadas sus pasiones, ya sea por el nacimiento de un hijo, por la muerte de una colección editorial como Urania (similar a Minotauro en nuestro idioma) o por las malas traducciones de libros esenciales. El acto de leer ya no es lo que era. Esta certeza queda signada en el cuento final, una distopía sobre la lectura: “Laggiú” (la traduzco como Allá), donde una voz narrativa cuenta, desde el 2030, las experiencias emotivas de dos viejos. Y para ellos todo cobra sentido cuando se recuerdan algunos fragmentos de historias compartidas, por ejemplo, imágenes de El exorcista, Alien o fragmentos de Dylan dog. No importa quién narra sino lo que narra, como si fuera una suerte de magia que no es capaz de comprenderse en el futuro, donde nada de esto es atractivo, sólo cobra sentido para quien demanda el esfuerzo de la memoria asistida por libros, discos y películas. Pareciera, señala Michele Mari en el texto, que todo esto de leer o disfrutar una historia consiste en ser extremo, “en vivir un más allá de pasar el tiempo, pero sólo por amor al hecho mismo, como si no supiera qué cosa es la lectura quien abre un libro por otro, pero lo hace por el puro placer de leer”. Yo agregaría, “por el puro placer de entrar a otra historia”, pero recuerdo que eso también ya lo dijo Umberto Eco. En otro cuento, el que más me agradó, Cierti verdini (que yo traduzco como Ciertos verdes) se explora la pasión por el arte plástico, pero no sólo mediante la lógica punzante de lo visto, sino gracias a lo observable de manera sensitiva, “porque de las cosas firmes sólo quedan certezas acerca del mundo, porque en el aquel momento sólo queda dedicarse a la científica dilapidación del tiempo. Porque el punto es que la inutilidad es perfecta y se disuelve en el momento en el que opera y completa así un ciclo que nos reagrupa”. Dicho de una manera más simple, Cierti verdini es un relato íntimo en el que la mirada pasa a un segundo plano y la palabra escrita adquiere la misma valía que el arte plástico, pues los cuadros se leen con la misma exigencia que un texto literario. El cuento que más llamó mi atención y en el que se cimenta la estética de todo el libro es La freccia nera (que yo traduzco como La flecha negra). Tiene dos arranques, parecieran errores de enfoque en la estrategia narrativa, pero no lo son: “En la noche de una tarde primaveral las campanas en la fortaleza de Moat House sonaron a una hora insolita”. La siguiente línea es: “En una noche de primavera repicaron las campanas del castillo de Moat House a una hora extraña”. Como bien nota, hay variantes en una y otra oración, pero lo vemos como dos arranques de una historia en los que se ponen en perspectiva los matices de un original presuntamente tomado de otro idioma que no es el italiano. El lector de este “original” se enfrenta a una capa de distinta cariz semántica. Conoce una y otra versión de los traductores. A mí me parece un cuento fascinante en el que la idea de la bidimensionalidad cobra sentido para quien lee en varios idiomas y termina asumiendo que las “fechorías” de un traductor suelen encubrirse por mucho tiempo, por generaciones de lectores. ¿Se puede leer un texto traducido sin sentir culpa? Para el autor la respuesta es no; para mí, como lector, también y La freccia nera es una joya al respecto. Como bien dicta Landolfi en Ottavio di Sain-Vicent: “La gracia y la verdad de otros suelen parecerse a las nuestras”. ¿Por qué lo digo? Porque los cuentos de Mari tienen esa sensación de asfixia de la que habló Landolfi en voz de Ottavio, tienen sesgos de un encierro íntimo. El acto de lectura, nos dice Mari, es una actividad parecida al vicio y no se controla, porque produce un placer hasta ahora definido como insondable, pero Tu, sanguinosa infanzia ofrece atisbos a esa actividad que se ejecuta mejor en silencio, con un compromiso que imita el sacerdocio. La línea de sombra sobre la que trabaja Mari es muy atractiva, porque no son textos con loas a la lectura, a los libros, a las editoriales, a las colecciones de ciencia ficción y terror, a las películas y a los autores, sino que se trata de indagaciones sobre algo que me parece cada vez más atractivo, una actividad no natural, el arte de concentrarse de manera asistida por un autor. A eso llamaría lectura, pero Mari la define mejor: “un proyecto asistido por memorias tipograficas”. Para la escritura de este artículo utilicé Tu, sanguinosa infanzia (Italia, Einaudi, 2009,134 páginas) y Ottavio di Saint-Vincent (Italia, Adelphi, 2000, 90 páginas). * La traducción de las líneas entre comillas es mía. @Federì Vite @monsieur_vate