EL-SUR

Jueves 11 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

La ciudad de la revuelta

Silvestre Pacheco León

Abril 17, 2016

Cuando Suria y yo llegamos a la capital del estado, la ciudad vivía una situación caótica y anárquica. Habían pasado tres meses desde la desaparición de los estudiantes normalistas en Iguala, y parecía que otro tanto había sucedido con las autoridades quienes habían sucumbido a sus deberes frente al coraje vengativo de los grupos radicalizados que habían tomado la ciudad.
La iniciativa reclamando justicia y encabezando la indignación por lo sucedido estaba a cargo de los propios estudiantes normalistas, por los padres de los desaparecidos, los maestros de la CETEG, la Policía Comunitaria, y un sin fin de organizaciones radicales acampadas en el zócalo de Chilpancingo.
A finales de diciembre del 2014 lo único que aliviaba un poco la situación caótica que se vivía en las calles de la capital eran las vacaciones escolares y el recato previsor de sus habitantes que se guardaban en sus casas desde temprano buscando aliviar su inseguridad.
El estado de Guerrero había atraído la atención de los medios masivos de comunicación nacional e internacional por la violencia y la corrupción que los hechos de Iguala habían revelado, y por la reacción de los grupos organizados que amenazaban con boicotear las elecciones locales y federales a realizarse a mediados del siguiente año.
Desde el mes de octubre se habían establecido en la ciudad corresponsales de infinidad de medios que cubrieron puntualmente los hechos trascendentales, desde lo más actual que era la renuncia del gobernador del estado y la gestión de quien lo sucedió, cuyo nombramiento pretendió ser un viraje radical en el perfil de la autoridad, pensado para mejorar el ánimo social al pasar del político profesional y tradicional de hechura priísta, al académico de prestigio, formado ideológicamente en la izquierda universitaria.
La primera experiencia violenta en la capital del estado la vivimos Suria y yo a nuestra llegada cuando un grupo de jóvenes, supuestamente estudiantes, la despojaron de su cámara en una calle céntrica cuando presenciábamos una “expropiación”, como le dicen a los asaltos que realizan a las empresas trasnacionales.
Estábamos indignados por el robo sufrido, pues mientras intentábamos alcanzar a quien violentamente le arrebató la cámara a Suria, un grupo de sus compañeros se interpuso frente a nosotros para facilitar la huida del ladrón.
Cuando le propuse a Suria ir al zócalo para avisar a los acampados de la CETEG de que habíamos sido asaltados por los vándalos que seguramente ellos conocían, me pidió guardar la calma y esperar al otro día para que con la luz del sol pudiéramos pensar mejor la estrategia para recuperar la cámara.
–Prefiero que me lleves al restaurante que tu conoces para olvidar el mal rato con una botella de vino para emborracharnos.
No me hice del rogar y aquella noche después de una cena espléndida que alargamos hasta casi la hora en que cerraban el restaurante, Suria y yo llegamos al hotel como si despertáramos a un nuevo día.
–¿No que el vino relaja?
–Es la etapa de la euforia, le respondí mientras me daba muestras de que tenía yo razón.
Ni ella ni yo nos interesamos en ver la hora en que nos encontrábamos y más bien nos empeñamos en aprovechar cada minuto de ése tiempo del reencuentro como si pretendiéramos recuperar lo pasado.
Al final terminamos relajándonos y olvidando por completo los acontecimientos del primer día de aventura que nos enfrentó al crimen organizado, a los esfuerzos locales para enfrentarlo, así como a la indignación por los jóvenes estudiantes desaparecidos, canalizada de manera poco inteligente, según nuestra opinión.
Al amanecer me despertó el ruido de la calle y al mirar el cuerpo de Suria quise tocarlo para asegurarme de que no era un sueño, pero me contuve al verla que dormía con una placidez de santa.
No quise alterar su sueño y preferí disfrutarla aspirando su perfume.
Mientras la observaba me pregunté si alguna preferencia tenía yo en mi inconsciente por la piel blanca de las mujeres, pero en el acto recordé que Adela era morena y que fue el color parecido de nuestra piel lo primero que nos identificó para querernos.
–Ha de ser por el contraste del color que esta mujer me atrae, concluí.
Cuando Suria se despertó, lo hizo sin sobresaltos, como si en una noche se hubiera acostumbrado ya a mi compañía.
Mientras me extendía sus brazos le dije que le había fallado con la taza de café, como en otros tiempos la agasajaba.
–Nada más importa mientras te tenga a ti que eres como café y chocolate, me respondió.
Con esas muestras de afecto no tuve ningún inconveniente para seguir en la cama hasta que la luz del sol entró por la ventana y el ajetreo de la calle se hizo más patente, y como si nos hubiéramos puesto de acuerdo casi al unísono gritamos: ¡la cámara!
En menos de media hora estábamos en la calle buscando la manera más rápida de llegar al zócalo, pero el tráfico era imposible porque justo en la glorieta de retorno se hizo un atasco que detuvo al tráfico.
Con la intención de averiguar la causa de aquel caos dejamos el auto y caminamos hasta el centro de la glorieta.
Desde ahí miramos que del café de enfrente un grupo de hombres y mujeres identificados como de la CETEG sacaban a los comensales que se encontraban en la planta alta.
Formados y entre una valla de embozados armados con tubos y garrotes, todos en actitud amenazante, los clientes del café salían con el rostro desencajado, con una actitud sumisa víctimas del miedo.
Desde una camioneta nueva con las siglas de la Secretaría de Educación un hombre con micrófono y amplificador daba cuenta de los hechos.
Informaba al grupo de civiles que acompañaba a los embozados, que las personas detenidas eran todas del consejo local electoral del INE, que estaban reunidas en el café pese a la advertencia de que no deberían hacerlo porque en Guerrero no habría elecciones.
Como castigo por haber pasado sobre la advertencia el grupo agresor determinó que cada uno de los consejeros retenidos se presentara públicamente frente al grupo movilizado y con micrófono en mano dijera nombre y ocupación, así como su cargo en el órgano electoral, debiendo declarar públicamente su apoyo a la lucha de los padres de los normalistas desaparecidos. Todo eso sería filmado para usarlo contra quien o quienes en el futuro hicieran algo a favor de las elecciones.
–Ninguno de ustedes podrá retirarse hasta que cumplan con nuestra exigencia, advertía el vocero desde el micrófono.