EL-SUR

Lunes 06 de Julio de 2026

Guerrero, México

Opinión

La CNTE y el mito del maestro flojo

Tryno Maldonado

Mayo 27, 2025

METALES PESADOS

El gobierno de Claudia Sheinbaum, como muchos otros de sus pendientes históricos, heredó un conflicto más que la autoproclamada Cuarta Transformación no ha sabido resolver: la situación magisterial y la deuda educativa siempre postergada con los estudiantes del país.
La que se ha resquebrajado aún más con el distanciamiento del gobierno federal con la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) no es una tensión nueva, pero sí una que cada sexenio se maquilla de distintas formas sin atender de verdad el fondo. En 2025, la discusión sigue siendo la misma: ¿cómo educar en un país que se niega a reconocer la realidad de sus profesores? Y, sobre todo, ¿cómo exigirles supuestos estándares de excelencia cuando el Estado les ha entregado escuelas sin luz, sin agua, sin conectividad, sin tiempo completo y sin alimentación incluso en zonas marginadas?
Ha sido particularmente Oaxaca el epicentro de la resistencia magisterial durante las últimas décadas, el corazón histórico de la CNTE, donde el magisterio ha mantenido una lucha constante desde los años ochenta. La CNTE en Oaxaca no es sólo un movimiento sindical, sino una fuerza social que ha llenado vacíos donde el Estado no llega.
Sin embargo, para un amplio sector de la opinión antimagisterial –ya sea de derecha o, más recientemente, de la izquierda oficialista– existe el viejo mito del “maestro flojo”. Nada más lejano. Quienes vivimos en el sureste mexicano, quienes hemos sido educados en las escuelas públicas con todas sus carencias y quienes somos hijos y amigos de profesores normalistas rurales, conocemos de primera mano la precaria situación de la educación desde hace más de un cuarto de siglo. Hay una narrativa cómoda, repetida hasta el cansancio en ciertos círculos políticos y mediáticos: que los profesores de la CNTE son unos “revoltosos”, unos “flojos” que “exigen privilegios” y “no quieren ser evaluados”. Pero esa caricatura ignora lo esencial: estos maestros trabajan donde los gobiernos sólo acuden cada tanto tiempo para repartir prebendas y coartar los votos.
En la Mixteca, en la Sierra Juárez, en la Sierra Sur, en la Costa Chica, por ejemplo, los profesores de la CNTE imparten clases en salones inhóspitos y alejados que son más cercanos a una choza que a una escuela. ¿Cómo puede, por ejemplo, un docente del sureste del país –que atiende numerosos grupos multigrado y bilingües– ser evaluado con los mismos parámetros que uno de Ciudad de México o Monterrey, si su realidad y sus necesidades son diametralmente opuestas?
Desde 2007, cada gobierno federal en turno ha intentado imponer su propia reforma educativa homogenizadora. Felipe Calderón la llamó “Alianza por la Calidad”. Enrique Peña Nieto la ató a la permanencia laboral en una reforma de carácter más bien laboral que Andrés Manuel López Obrador reivindicó en su mandato. Es cierto que AMLO le quitó el filo punitivo, pero es innegable que mantuvo su esencia tecnocrática y neoliberal. Claudia Sheinbaum, por ahora, repite su libreto: habla de diálogo, pero no toca los puntos neurálgicos. Las reformas, en su obsesión por los números, han preferido ignorar la parte humana del conflicto. Pero, sobre todo, han ignorado de manera irreparable a las infancias.
Oaxaca en todo este tiempo ha sido un espejo incómodo para el poder. Mientras en Ciudad de México se discuten teorías pedagógicas y un supuesto “humanismo mexicano” que no trasciende más allá de la retórica, en Oaxaca la educación y la compartición de saberes son un auténtico acto de resistencia. Los maestros lidian, al mismo tiempo, con la falta de recursos, la migración masiva de alumnos, la violencia en las comunidades, la paramilitarización y la indiferencia de las autoridades. El Plan para la Transformación de la Educación de Oaxaca (PTEO) promovido por la CNTE es, en ese sentido, un intento honesto por construir desde abajo. Pero el gobierno federal, en su sordera centralista, insiste en imponer por igual una Nueva Escuela Mexicana (NEM): un modelo que, otra vez, nace en los escritorios del “bienestar obradorista”.
Antes de criminalizar las protestas magisteriales, habría que recordar que si hay algo que la CNTE ha demostrado es que, sin recursos, sin apoyo y hasta sin sueldos ni retiros puntuales, sus profesoras y profesores mantienen viva la educación en las zonas más pobres del país.
Ante los coqueteos con el poder de la CNTE desde la llegada del obradorismo –que terminó por traicionarlos, como a muchos otros movimientos de izquierda–, ¿podría decirse que la actual aún se trata de una huelga justa o de una lucha perdida? Las movilizaciones de la CNTE suelen tacharse de caprichosas, pero lo cierto es que ocurren en el marco de un sistema educativo de Estado al borde del colapso. No son héroes ni villanos: son trabajadores que, con aciertos y errores, mantienen operando escuelas en zonas donde el Estado ha fallado rotundamente. Mientras las autoridades debaten teorías pedagógicas, estos profesores siguen frente a grupo en comunidades sin infraestructura básica y en condiciones que ningún otro profesional toleraría.
El verdadero fracaso no es de los maestros, sino de un sistema que los obliga a llevar a cabo movilizaciones y acciones directas contundentes para ser escuchados. Sheinbaum tiene la oportunidad de cambiar eso. Pero hasta ahora, parecería estar más cómoda en seguir culpándolos a ellas y a ellos que en asumir finalmente que el problema educativo es muchísimo más grande que su agenda política, y que, en los hechos, ya ha marcado a varias generaciones de niñas y niños en todo México.