Tryno Maldonado
Noviembre 18, 2025
El viernes 14 de noviembre se presentaron en mi casa dos personas que dijeron ser de la Comisión Estatal de Búsqueda de Personas de Oaxaca. Llevaban chalecos guindas idénticos a los del partido Morena, camioneta con logos oficiales y una ficha de búsqueda en mano. Pero el nombre, los apellidos y los datos no correspondían a ningún vecino de mi calle que yo conociera. Dudé. Les dije que aquí nos conocemos todos, y ellos afirmaron que tampoco los vecinos originarios lo reconocían. Insistieron que “ésta era la ubicación”. Tomé nota de todo. Luego, al revisar la página oficial del gobierno de Oaxaca, la misma ficha tenía otro nombre completamente distinto. Parecía hecha con inteligencia artificial. Un cartel genérico, sin rostro verdadero. A quien buscaban los funcionarios del gobierno era un adulto mayor de 75 años llamado Juan Agustín Banuet Ríos. Pero la ficha en la página lo anunciaba con el nombre de Michel Salvador García Sandoval. ¿A quién de las dos identidades nos pedían, entonces, que buscáramos?
¿Qué está ocurriendo con la Comisión de Búsqueda de Personas de Oaxaca? ¿Por qué solicitaron mis datos y los de mis vecinos? ¿Y si en realidad fuera mi vecino al que estamos buscando? ¿Por qué nos visitan con datos distintos a los de su página web? Y lo más importante: si fuera un ejercicio o simulacro, ¿por qué no lo informan tanto en las visitas como en las fichas de su página? ¿Por qué no están, en cambio, buscando a las más de 120 mil personas oficialmente desapare-cidas en el país? Cualquiera de estos casos es delicado y grave.
Según el Centro Prodh (Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro Juárez), México vive una emergencia humanitaria sostenida: el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas (RNPDNO) contabiliza 116 mil 752 personas desaparecidas o no localizadas hasta octubre de 2025. Si se incluyen los casos no denunciados y expedientes archivados, la cifra real podría superar las 160 mil. Nueve de cada 10 desapariciones han ocurrido desde 2006. En promedio, 40 personas desaparecen cada día bajo la actual administración federal de Claudia Sheinbaum Pardo. Tan sólo este octubre fue el mes con más desapariciones en la historia reciente: mil 426.
En donde resido, la Comisión Estatal de Búsqueda de Personas del Estado de Oaxaca (CEBPEO) es la instancia responsable de localizar a las personas ausentes. Sin embargo, mi experiencia personal –una visita no clara, una ficha falsa o duplicada, preguntas personales– plantea tres interrogantes que van más allá de un error administrativo.
1. Autenticidad y rendición de cuentas. Si las instituciones se legitiman en la transparencia de sus registros, cualquier ficha debe ser verificable y trazable. En mi caso, los datos entregados no coincidían con la información oficial. Eso indica una falla grave o un uso indebido de la identidad institucional. Si se trataba de un simulacro, ¿por qué no se notificó? Si era una búsqueda real, ¿por qué los elementos no eran verificables?
2. Protección de datos y derechos de las familias. México enfrenta una crisis forense sin precedente: más de 55 mil cuerpos sin identificar se acumulan en morgues y fosas comunes. Que funcionarios acudan a domicilios sin protocolos claros no sólo es ineficaz, sino potencialmente violatorio de derechos. Las familias buscadoras han construido a pulso la ética de la búsqueda en todo el país, con confianza, claridad y acompañamiento. Cualquier acto que erosione esa confianza multiplica el daño de una desaparición.
3. Significado simbólico y ético de la búsqueda. La desaparición en México no es un accidente: es una práctica sistemática derivada de la colusión entre crimen organizado y estructuras del Estado. Las comisiones de búsqueda deberían ser espacios de reparación, no de simulación. Cada ficha mal hecha, cada visita irregular, cada respuesta burocrática, son extensiones de la misma violencia.
Durante el primer año de gobierno de Sheinbaum Pardo, el promedio diario de desapariciones subió de 28 a 40 casos. El incremento acumulado entre 2024 y 2025 alcanza 74 por ciento respecto al mismo periodo del sexenio anterior. Menos de 3 por ciento de las carpetas abiertas derivan en sentencia. Y aunque se han anunciado reformas –una base forense nacional, la CURP con fotografía y huellas dactilares–, en la práctica las familias siguen buscando solas.
En Oaxaca, la CEBPEO reporta haber intervenido en poco más de mil 200 casos activos en el último año, pero no publica información sobre bajo qué protocolos realiza visitas domiciliarias. Su informe de gestión no menciona auditorías externas ni mecanismos de supervisión. Si una comisión opera sin control, corre el riesgo de convertirse en un instrumento de confusión antes que en un canal de verdad.
Volviendo a mi calle en Oaxaca: lo que viví me deja un doble temor. Que la institución de búsqueda esté actuando sin control, y que ello pueda confundirse con proselitismo político. Cuando los chalecos institucionales se mezclan con los colores partidistas, la línea entre la búsqueda y la simulación se borra. En un país donde la impunidad es estructural, esa ambigüedad también es otra forma de violencia.
Ya en 2023, durante un ejercicio similar de visitas a domicilio para levantar el censo oficial de personas desaparecidas que pretendía rasurar las cifras, Mario César González, el padre de uno de los 43 normalistas de Ayotzinapa, se sorprendió cuando aparecieron estos visitadores del gobierno para preguntarle si su hijo había vuelto a casa. Se puso furioso. Y cómo no.
Mi petición es simple y mínima: que la Comisión Estatal de Búsqueda de Oaxaca publique de inmediato sus protocolos de campo, que toda visita sea registrada y verificable, y que concentre sus esfuerzos en lo esencial: localizar a las personas ausentes, identificar cuerpos, acompañar a las familias.
Ninguna institución tiene derecho a jugar con la esperanza de quienes buscan.
Porque cada ficha alterada, cada visita sin fundamento o proselitismo para maquillar cifras con fines políticos, cada omisión, son también formas de desaparición. Y en México, donde los ausentes ya sobrepasan cualquier umbral de horror imaginable, lo último que necesitamos son nuevas simulaciones disfrazadas de búsqueda.