EL-SUR

Viernes 19 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

La compasión

Silvestre Pacheco León

Agosto 08, 2022

 

Todos sabemos que el fin del mundo será producto del calor al que hemos sometido al planeta y que cada vez nos encontramos más cerca de ese final a pesar de la conciencia universal de cómo evitarlo.
En eso coinciden los lectores de la biblia y los científicos que estudian el futuro, y una que otra secta que espera impaciente el final anunciado, creyendo en otra vida donde la idea de Dios se mostrará selectiva y les beneficiará frente a los necios y descreídos.
Pero como también sabemos de nuestra impotencia como seres humanos comunes y corrientes frente a quienes deciden el futuro de la humanidad pensando en que pronto tendrán a su alcance otro planeta que explotar, cada quien ha normalizado el horror del final con una resignación parecida a la inconciencia. Eso está sucediendo con el problema del agua que significa padecer de sed todos los días, situación en la que se encuentran 13 millones de mexicanos, aunque nuestro país sea uno de los que tienen más amplia cobertura.
El problema no queda ahí, porque del 90 por ciento de la población que tiene una toma domiciliaria, solo el 64 por ciento recibe el líquido algunas veces a la semana.
Todo ese drama de la sed se ha agudizado desde la reforma salinista de 1992, según dicen los expertos, porque privilegió el uso comercial del líquido frente a su consumo como derecho humano.
La resignación o indiferencia como mecanismo de adaptación frente a estos problemas tan graves es lo que sostiene Jorge Volpi como explicación en su libro Examen de mi padre, donde a partir de diez ensayos escritos para recordar a su progenitor, relaciona cada órgano del cuerpo humano con su vida profesional de cirujano, examinando su conducta como padre amoroso, autoritario y controlador, con diferentes etapas del régimen neoliberal en el que vivió y que fue causante de la descomposición del cuerpo social.
Un libro interesante de un escritor joven y culto que, guardando distancia con la conducta de su padre, a quien caracterizó como conservador y aristocrático, aprendió de él a ser empático con las personas, sobre todo con las desvalidas, sin detenerse en las diferencias sociales.
En esa actitud de ponerse del lado del desvalido, Volpi traduce en una refrescante exposición los mecanismos que operan en el ser humano para sobreponerse a la catástrofe que vivimos.
La respuesta frente a la angustia que produce la cercanía del fin del mundo –dice Volpi– ha sido la indiferencia o resignación o desmemoria, como escudo o mecanismo de adaptación a esa realidad que a todos nos lastima.
Así podríamos analizar nuestra conducta frente a cada acontecimiento dramático de la vida social como los incendios forestales en diferentes regiones del mundo, la situación de los migrantes, de los jóvenes de Ayotzinapa desaparecidos, y la falta de justicia para los que sufren.
Podríamos agregar la crisis del agua como problema cercano pensando en los habitantes del estado de Nuevo León, el más rico de la federación donde sus pobladores padecen de sed.
El agua como sustancia natural capaz de prevenir cualquier incendio y evitar la sed, vive hoy tal desequilibrio por su uso irracional que frente a su valor económico no se le deja siquiera como límite de explotación su ciclo natural, porque si bien es cierto que es la misma cantidad de lluvia la que cae del cielo, esta se consume por adelantado extrayéndola de los mantos freáticos.
Pero como todos los problemas que hoy padecemos, el de la escasez del agua ha tenido sus orígenes muy lejos.
Como un ejercicio de memoria contra el olvido, siempre que puedo cuento la historia del río Huacapa que corre de Chilpancingo rumbo al oriente del estado formando la cañada del río Azul donde comparte su lecho con infinidad de afluentes que finalizan en el mar.
En mi vida he sido testigo del desastre provocado por la indolencia del gobierno y la impotencia de los habitantes de la cañada que lo han convertido en un canal de drenaje a cielo abierto después de haber sido uno de los más importantes recursos naturales y atractivo para la recreación, el deporte y el disfrute familiar.
Mi relación con dicho río obedece a que comparte su lecho con el río Limpio que alimenta a Quechultenango, lugar donde ambos se juntan para unirse más tarde con el río Azul, en el pueblo de Coscamila.
De niño disfruté la cercanía de los dos ríos porque tuve la fortuna de vivir a unos pasos de las pozas que reunían para bañar a la juventud de entonces.
Salvo en la época de lluvias, el agua siempre era limpia, aunque la del Huacapa pronto dejaba de llegar hasta nosotros, agotada en los riegos de temporal de los campesinos de Tepechicotlán y Mochitlán, pero los dos eran ricos también en pesca alimentando a la gente con sus carpas conocidas como charras, blanquillos, choguiles, ranas y tortugas, hasta que la contaminación hizo imposible su aprovechamiento recreativo y el baño en comunidad, cancelándose también el espectáculo de admirar las crecientes de los ríos (la venida de la punta) que la gente esperaba en las tardes de tormenta.
Todo ha desaparecido frente al horror de tanta basura mezclada con el drenaje que es arrastrada por la corriente.
Ahora nos conformamos con tener agua en las casas en escasos días de la semana pensando en la envidia que hemos de despertar en los habitantes de la capital resignados a la eterna escasez provocada por un grupo de políticos que hacen negocio con ella.
Ante este mundo de complicaciones donde la indiferencia se vuelve resignación como mecanismo de adaptación o sobrevivencia, Jorge Volpi en su libro llama la atención acerca de la importancia de desarrollar la empatía propia de los seres humanos para conducirnos en el justo centro de las ideas racionales propias del cerebro y las emociones o sentimientos que asociamos al corazón, dos de los órganos que pueden hacer la diferencia en el modo de conducirnos si actúan en coordinación.
De ahí surge lo que llama la Misericordia y que en la cultura yóguica se conoce como compasión, ese sentimiento que se relaciona con la idea de ponerse en los zapatos del otro para impelernos a cambiar esa actitud de indiferencia y resignación en acciones que ayuden a cambiar el entorno, comenzando por ahondar en lo que es común entre los seres humanos combatiendo las diferencias en las que reparan la misoginia, la homofobia y el clasismo.