EL-SUR

Sábado 01 de Octubre de 2022

Guerrero, México

Opinión

HABLEMOS DE LIBROS

La Constitución de Querétaro, 1916-1917

Julio Moguel

Diciembre 03, 2020

 

Hoy, hace 104 años
(Quinta parte)

I. Carranza viaja a Querétaro a la apertura del Constituyente

El Primer Jefe del país se dirige a la ciudad de Querétaro a caballo. La heroica Ciudad de Querétaro, justo donde unas décadas atrás las fuerzas juaristas derrotaron la Imperio. Va puntual a la cita que ha hecho para asistir, el 1 de diciembre de 1916, a la apertura del Congreso Constituyente que, ya lo hemos visto en las entregas anteriores, desde el 21 de noviembre, convertido en Colegio Electoral, se ha ocupado de la calificación de las credenciales. La sesión solemne será en el Teatro Iturbide, espacio cuyo nombre esconde o dice la más severa de las paradojas, pues no es finalmente, ni será, el espíritu de Iturbide el que imponga su impronta en los fundamentos del Congreso.
Paulino Machorro Narváez, quien fuera uno de sus más fieles aliados y diputado en el propio Constituyente, describe de la siguiente manera al presidente Carranza en su caminar airoso de la Ciudad de México a Querétaro:

“[Llegó a la ciudad de Querétaro] con su vestido kaki y su sombrero texano, de una larga caminata [desde la Ciudad de México], a caballo, como buen centauro moderno; la multitud aplaudía no se sabía qué, si la postura del jinete, si la honra que dispensaba a aquella tierra de un siglo atrás benemérita de nuestra historia, si el vislumbre del gran suceso que se avecinaba; pero es el caso que se aplaudía y aclamaba al hombre y que si no se tiraban palmas a su paso ni se le pedía que curara a los ciegos y resucitara a los muertos, él levantaba su cuerpo sobre los corazones que le pedían la paz, el bienestar de los hombres y el porvenir luminoso de la patria. Y aquel hombre caminaba impasible, agradecido con sonrisas y ademanes mesurados la manifestación espontánea, que no estaba organizada por las autoridades ni llevaba cartelones ni pagados organilleros. El hombre no estaba engreído, no estaba mareado por el aura popular; había venido a cumplir una misión y acudía a la cita del destino triunfante, como acudiría más tarde, también tranquilo y sereno, a la otra cita, en la que le dieron muerte”.

El tono es encendido y adulador. El héroe, el verdadero héroe, tiene que encontrar en los pliegues de su naturalidad los elementos que, a la vista, revelan esas cualidades o características esenciales –esa madera– de la que están hechos los campeones de la vida. Un hombre erguido que cabalga o trota sin descanso dirigiéndose a su destino feliz: la reunión de diputados que darán comienzo a la histórica tarea constitucional. La sobriedad e impasibilidad en el gesto refuerza el plano de la naturalidad: si se es verdaderamente grande no se requiere ninguna ostentación. El hombre-centauro que es además el hombre-pueblo: tan natural en el lazo que no lleva cartelones ni organilleros pagados, generando, espontáneo, el aplauso y la admiración popular.
La imagen, encendida y aduladora, no es excéntrica mirada de alguno entre un millón. Es sin duda la imagen que el propio Carranza ha querido construir y que, por oportunismo y por real admiración, comparte la mayoría de sus correligionarios. El porte es propio y estudiado, lanzado desde ese presente a la posteridad para ser fijada por la memoria y el daguerrotipo.
Es esa imagen la que vemos el 1 de diciembre de 1916, cuando el Varón de Cuatro Ciénegas toma su lugar frente al Congreso Constituyente reunido en la ciudad de Querétaro.
Pocos minutos antes de su arribo al Teatro Iturbide se suspende la sesión “mientras llega el ciudadano encargado del Poder Ejecutivo de la Unión, suplicando a los ciudadanos diputados se sirvan conservar sus puestos”. Una comisión de diputados recibe al Primer Jefe a las afueras del recinto, y se escucha un generalizado murmullo mientras camina hacia el escenario del encuentro.
Sin mayores trámites el Varón de Cuatro Ciénegas presentará su discurso. Antes, el presidente de la Asamblea hace la siguiente declaratoria: “El Congreso Constituyente de los Estados Unidos Mexicanos abre hoy, 1º de diciembre de 1916, el periodo único de sesiones”.
Pero aún no nos referiremos al discurso del presidente Carranza, pues hay algunas líneas que agregar a la histórica escena que viven en esa tarde los diputados constituyentes.

II. El daguerrotipo que inmortaliza al Congreso

La cámara fotográfica dispara para inmortalizar a los diputados del Congreso Constituyente reunidos en la apertura de los debates. Es la tarde del 1 de diciembre de 1916, día un poco nublado y con temperaturas soportables. La impostura de los rostros y la verticalidad de los cuerpos testifican la solemnidad del acto. La foto no miente. La gravedad del acontecimiento también se muestra por las vestimentas de los presentes, aunque no todo mundo use el reglamentario frac o la levita cruzada. En beneficio de la mayoría, de escasos recursos, un día antes la asamblea general de diputados dispensó de dicha obligación a quien quisiera. Y a pesar de ser una jornada de invierno al frío no lo han dejado entrar en el recinto.
Los relojes marcan las cinco de la tarde. Ya el Primer Jefe había entrado en el recinto y se había colocado en el sitio más distinguido. Nada conmueve su mirada serena. Junto a él, distribuidos a su diestra y a su siniestra, el presidente del Congreso, Luis Manuel Rojas, otros miembros de la Mesa Directiva, secretarios de Estado y el gobernador de Querétaro, Federico Montes. En las plateas se codea parte de la fauna gubernamental y representantes del cuerpo diplomático. En los palcos se agolpa la membresía popular.
El daguerrotipo hace funcionar su ojo mágico para registrar el momento. Y se hace patente el nerviosismo. “Pasar a la historia”, “dejar una huella imperecedera para bien de la Patria y de las generaciones futuras”, “cumplir con México”. Son frases que fuera de contexto parecen ridículas. Pero no lo son en el lugar y en el momento en que ahora se piensan y se dicen.
Siempre distante en apariencia, el Varón de Cuatro Ciénegas impone en el pleno con su sola presencia. Y todo mundo observa cómo acomoda los papeles que, ordenados a ley, presentarán el proyecto de Constitución que ha confeccionado el propio y distinguido visitante de aquél glorioso teatro que lleva el nombre de Iturbide.