EL-SUR

Sábado 01 de Octubre de 2022

Guerrero, México

Opinión

HABLEMOS DE LIBROS

La Constitución de Querétaro, 1916-1917; hoy, hace 104 años

Julio Moguel

Diciembre 17, 2020

 

(Décimaprimera parte)

I. Otro paréntesis necesario. ¿Quién era ese mentado Múgica que tanta lata daba al grupo de los carrancistas?

Hasta ahora hemos hablado de Múgica como el gran líder de “los duros” en el Congreso Constituyente. Y hemos señalado cómo, al asumir la presidencia de la Comisión de Constitución, algunos carrancistas conocedores de su historia personal empezaron a temblar y a sentir que las circunstancias positivas del proceso ya no estaban necesariamente de su lado. Tenemos pues la necesidad de echarle una mirada a algunos datos de su perfil revolucionario antes de que ocupara su curul en el Congreso Constituyente.
Conviene, de inicio, quitarle a Múgica el molde “obregonista” que quiso imputársele desde un principio en el Congreso. Su carrera político-militar venía de lejos, y traía en sus haberes otros multiplicados y diversos bonos que los distinguían del resto de los presentes y, por supuesto, de los “polos” confrontados entre Carranza y Obregón.
Es poco conocido el hecho de que desde muy joven empezó a militar en el periodismo, habiendo escrito en algún momento dado en el periódico Regeneración de los hermanos Flores Magón. Menos conocido aún es el hecho de que por cierto tiempo fue corresponsal de dicho periódico en Michoacán. No siendo éste un dato menor, pues el magonismo puede ser considerado como el movimiento más radical de las fuerzas que entraron a la lucha revolucionaria antes de 1910.
Ya en el plano militar, Múgica participó en la toma de Ciudad Juárez, en 1911, al mando de Pascual Orozco. Y después, en 1913, con las fuerzas comandadas por Lucio Blanco –quien, en su momento, se pasó a las filas del zapatismo–, participó en el primer reparto agrario producto de la Revolución, con el decreto que selló la expropiación de la hacienda de Los Borregos, en Tamaulipas, propiedad de Félix Díaz, quien era pariente cercano de “Don Porfirio”.
Múgica tuvo un vínculo muy cercano con Carranza. Antes de la firma del Plan de Guadalupe, entre 1912 y 1913, participó como director general de Estadística en el gobierno del Jefe Máximo en Coahuila. Y cuando el coahuilense instaló la sede del gobierno –federal– en Veracruz, le dio a Múgica la tarea de reestructurar la administración del Puerto, así como el resguardo del armamento.
Ello, entre otros momentos significativos de convergencias personales entre Múgica y Carranza. Pero el primero nunca fue incondicional de jefe de la barba blanca, llegando incluso –como fue en el caso de la ya mencionada expropiación de la hacienda de Los Borregos– a marcar algunos distanciamientos que daban al joven michoacano su propio y distintivo perfil de intervención en el plano político-militar.
Queda claro, entonces, que Múgica conocía muy bien al Jefe Máximo, y, de alguna manera, el Jefe Máximo al michoacano. Pero dadas las diferencias de edad y las variantes tácticas, militares y políticas que se entrelazaban en complejos mapas de intervención y participación en aquellos convulsivos momentos, Carranza seguramente creyó, a la “hora del Congreso Constituyente”, que Múgica entraría a jugar las cartas que él repartiría a voluntad.
Veremos más adelante cómo, en este punto –como en otros claves de esa historia–, el Jefe Máximo se equivocó.

II. El preludio del debate sobre el artículo 3º constitucional

Cuando los radicales se hicieron de la Comisión de Constitución, con Múgica a la cabeza, muchos creyeron que el reinado de “los duros” había quedado asegurado en el Congreso. Sobre todo porque, además, la Comisión ganó el método a seguir: con dictámenes uno a uno de los artículos, y no “en bloque”, como pretendían Palavicini y sus aliados.
Detrás de esta diferencia de “método” se escondía un problema mayor. ¿Quién era el “gran reformador”? Para Palavicini “el reformista” no sería en realidad el Congreso Constituyente sino “el ciudadano Primer Jefe”. El Congreso debía limitar sus funciones a discutir el proyecto presentado por Carranza, aprobando en “bloque” el articulado con el que “todos” estaban de acuerdo, y dejando sólo los artículos donde hubiera algún diferendo para el debate y resolución en la Asamblea. La idea de la Comisión de Constitución era exactamente la contraria: se trataría de discutir artículo por artículo, pues prácticamente todos y cada uno de los que había presentado Carranza en su documento debían ser corregidos –ampliados, reformados o, en su caso, suprimidos–, para luego votarlos del mismo modo, uno a uno, en la Asamblea.
Múgica argumentó el punto, sin que le temblara la voz, en la 8ª Sesión Ordinaria realizada en 11 de diciembre de 1916:
“[…] la responsabilidad que pesa sobre la Comisión es grande, y por eso he deseado que la Asamblea entera sea solidaria de esa responsabilidad [porque], después de haberlo discutido y considerado, vinimos a comprender que casi todos los artículos de la Constitución, así como suena, casi todos, están por reformarse en la mente de esta Asamblea, según el ambiente que hemos podido notar en ella, y mancomunar los trabajos sería doble trabajo para la Comisión […] Hasta por facilidad, pues, para la Comisión […] hemos escogido ahora la forma de hacer dictámenes aislados por los artículos en general de la Constitución, para no exponernos a emitir un juicio que la Asamblea tendría que reformar […]”
La convicción de los carrancistas era otra y suficientemente clara, resumida en una primera intervención por el diputado Palavicini:
“La Comisión tiene que haber estudiado todo en proyecto [de Carranza]; tiene que haberlo leído; tiene que haberlo meditado […] la práctica de asambleas y, sobre todo, en un poder legislador, es dictaminar [global] sobre la iniciativa del Ejecutivo”.
Al ver Palavicini que su propuesta sería derrotada de manera aplastante si en ese momento se llevaba a votación, optó por retirarla “provisionalmente” en una nueva intervención:
“[…] yo no quiero insistir en esta proposición por el momento, porque va a quedar en la experiencia de la Asamblea, antes de ocho días, que yo tengo razón. Yo sólo quiero facilitar la labor de la Asamblea; por eso voy a permitirme suplicar al señor presidente me permita retirar mi proposición, para cuando la Asamblea esté convencida, antes de ocho días, de que yo tengo razón”.
El tono y temple del discurso de Palavicini, a esas alturas, quedaba sellado por una extraña mezcla de altanería o prepotencia con un dejo de humildad.
El terremoto generado por la Comisión de Constitución, con su epicentro ubicado en las palabras de Múgica en torno al artículo 3º constitucional, había empezado a debilitar en sus cimientos el edificio constitucionalista que se había construido con tanto cuidado desde la mirada presidencial.