EL-SUR

Sábado 01 de Octubre de 2022

Guerrero, México

Opinión

HABLEMOS DE LIBROS

La Constitución de Querétaro 1916-1917; hoy hace 104 años

Julio Moguel

Diciembre 30, 2020

 

(Décima quinta parte)

I. Un paréntesis necesario: ¿Quién era el diputado Colunga?

En la entrega anterior vimos cómo el diputado José Natividad Macías, de pura cepa carrancista, señaló sin demasiado tino que la redacción propuesta por la Comisión de Constitución sobre el artículo 3º constitucional era producto de la mentalidad y pluma de una sola persona: la del diputado Enrique Colunga. Pretendía con tan específica “denuncia” minimizar los alcances de la mencionada propuesta, dando a entender que los demás diputados de la Comisión habían caído en la trampa de “creer” y defender lo que “era un texto inaceptable”, extendiendo tal consideración a las limitaciones intelectuales de la mayoría de los diputados de la Asamblea, quienes, por derivación, habían sido “deslumbrados” por el jacobinismo extremo y las habilidades seductoras del mencionado personaje.
Nadie reaccionó ante dicha “denuncia”, pues no sólo era obvia la maniobra sino que, además, todos o casi todos los presentes sabían que los integrantes de la Comisión de Constitución tenían los tamaños intelectuales y políticos suficientes para ser o considerarse partícipes de la señalada propuesta de redacción del artículo 3º constitucional. Que el diputado Colunga haya sido o no el “redactor” designado carecía entonces realmente de importancia.
Pero no dejemos pasar la ocasión para señalar algo sobre Colunga.
Recordemos, primero, que Enrique Colunga fue el diputado con mayor número de sufragios para formar la Comisión de Constitución: 144, seguido por Francisco J. Múgica con 135, Luis Monzón con 132, Enrique Recio con 106 y Alberto Román con 87 votos. ¿Táctica operada entre bambalinas para no “exponer” demasiado a quien sería el presidente de la Comisión? Tal vez nunca lo sepamos, pero el dato era un indicador incontrastable de que Colunga contaba en el Congreso con una significativa popularidad.
Colunga tenía 39 años cuando fue nombrado diputado constituyente. Para entonces y para tales lides no era pues ni muy viejo ni muy joven. Pero su carrera, alejada de los campos de batalla, era sencillamente espectacular: graduado como abogado a los 21 años, brilló en la política y en la función pública, llegando a ser gobernador del estado de Guanajuato, senador de la República y fundador del Monte de Piedad en Celaya.
Faltaría mucho que decir sobre este notable personaje. Pero esos simples datos dan una idea sobre cuál era la sorprendente línea de su ascenso político y popularidad. No podemos dejar de mencionar “su temple sereno e independiente”, su fama como un discursante extraordinario, teniendo, como mérito reconocido, el haber sido el orador oficial seleccionado para recibir a Francisco I. Madero cuando el 6 de junio de 1911 hizo su paso triunfante por Celaya.
Dicho esto de Colunga, volvamos al debate del artículo 3º constitucional.

II. Regreso al candente debate del 3º constitucional. La distinguida y filosa respuesta del diputado Román Rosas y Reyes

Ya hemos concentrado en los dos artículos anteriores los posicionamientos del núcleo carrancista en torno a la propuesta que sobre el artículo 3º constitucional había hacho la Comisión de Constitución. Ahora resulta imperativo pasar a ubicar la forma en que “los jacobinos” utilizaron el foro para defender a capa y espada la denominada propuesta “jacobina”.
Me abocaré a recoger sólo una de las intervenciones de los denominados radicales, pues, sin provenir de alguno de los representantes de la Comisión, definió con suficiente claridad algunos ángulos importantes del debate.
El diputado Román Rosas y Reyes, diputado suplente elegido en la Ciudad de México, carente del brillo político y fama que tenían otros miembros del Congreso, puso los puntos sobre las íes:
“Así como habéis visto […] y oído al doctísimo Luis Manuel Rojas, al ciudadano Cravioto y al ciudadano Macías, vais a ver desfilar todo lo más selecto, todo lo más granado, todo lo más erudito de nuestros hombres de hoy; ellos os hablarán con lenguaje florido y os dirán con un arrullo sirinesco que tienen la razón, que tienen la verdad”.
Lo interesante de esta intervención es que reflejaba a plenitud la sensación de agravio que una buena parte de los “congresistas de a pie” o “revolucionarios iletrados” habían llegado a tener a partir de las intervenciones de la mayoría de los diputados “intelectuales”, la mayor parte de ellos provenientes de la “alta cultura”, ganada con títulos en el extranjero o en “la ciudad”. Continuaba el orador:
“Se os ha increpado duramente en esta tribuna; se os ha llamado y se os seguirá llamando a los liberales, exaltados jacobinos; van a continuar amedrentándoos, haciéndoos presentir un futuro de trascendentales consecuencias; van a desflorar a vuestros oídos esa palabrería parlamentaria sápida a mieles, que envuelve tanta suspicacia, que encierra tanta sutileza, que guarda tanta finura, y que tan pletórica se encentra de sofismas. Con esa palabrería galana, con esa floritura de lenguaje que semeja la finta elegante y gallarda de un estoque florentino esgrimido por hábil diestra, os van a hacer convencer de que sois poco patriotas en pretender desterrar a nuestros eternos enemigos de la instrucción de nuestras futuras razas; en una palabra, os van a convencer de que el pasado no ha muerto, de que los odiosos enemigos de la patria y del liberalismo, los frailes, aún pueden continuar su sempiterna labor de degradación moral, de obscurantismo, de abyección, de servilismo […]”,
La identificación de los miembros del núcleo carrancista como “intelectuales” engañifas, basados en discursos plenos de sofismas y de florituras de lenguaje que se encontraban lejos de la obviedad y de la contundencia con la que se le presentaban “los hechos” a los revolucionarios “iletrados”, se volvió un arma poderosísima en el debate. Con una aportación similar a la que en su momento había hecho el diputado Rafael Martínez de Escobar, a saber: el señalamiento de que era necesario abandonar la esgrima de un parlamentarismo afrancesado y libresco para colocar los pies sobre la tierra.
El discurso del diputado Román Rosas y Reyes mostraba, por lo demás, cómo es que, a lo largo de sus intervenciones, el núcleo carrancista había cavado una parte importante de su propia sepultura, al menos, entonces, en el punto relativo al debate sobre el artículo 3º constitucional.