EL-SUR

Sábado 01 de Octubre de 2022

Guerrero, México

Opinión

HABLEMOS DE LIBROS

La Constitución de Querétaro, 1916-1917 Hoy, hace 104 años

Julio Moguel

Diciembre 04, 2020

 

(Sexta parte)

I. Carranza al desnudo: sólo busca reformar la Constitución de 1857

Ese 1 de diciembre, los que más adelante serán calificados por el propio presidente del Congreso como de “jacobinos obregonistas”, confirman sus temores: Carranza quiere sólo reformar la Carta Magna de 1857, no hacer una nueva Constitución. Las palabras del Varón de Cuatro Ciénegas se escucharon con absoluta atención en el recinto:
“Una de las más grandes satisfacciones que he tenido hasta hoy, desde que comenzó la lucha […] es la que experimento en estos momentos, en que vengo a poner en vuestras manos, en cumplimiento de una de las promesas que en nombre de la revolución hice en la heroica ciudad de Veracruz al pueblo mexicano: el proyecto de Constitución reformada […] La Constitución política de 1857, que nuestros padres nos dejaron como legado precioso, a la sombra de la cual se ha consolidado la nacionalidad mexicana; que entró en el alma popular con la guerra de Reforma […] y que fue la bandera que el pueblo llevó a los campos de batalla en la guerra contra la intervención, lleva indiscutiblemente, en sus preceptos, la consagración de los más altos principios, reconocidos al fulgor del incendio que produjo la revolución más grande que presenció el mundo en las postrimerías del siglo XVIII, sancionados por la práctica constante y pacífica que de ellos se ha hecho por dos de los pueblos más grandes y más poderosos de la tierra: Inglaterra y los Estados Unidos […] Mas, desgraciadamente, los legisladores de 1857 se formaron con la proclamación de principios generales que no procuraron llevar a la práctica, acomodándolos a las necesidades del pueblo mexicano; de manera que nuestro código político tiene en general el aspecto de fórmulas abstractas en que se han condensado conclusiones científicas de gran valor especulativo, pero de las que no ha podido derivarse sino poca o ninguna utilidad positiva”.
¿Qué se requiere desde esta perspectiva? Para Carranza no hay duda alguna: “conservar intacto el espíritu liberal” de la Constitución de 1857 y la forma de gobierno por ella establecida; quitar de dicho código constitucional “lo que la hace inaplicable”, “suplir sus deficiencias”, “disipar la oscuridad de algunos de sus preceptos”, “limpiarla de todas las reformas que no hayan sido inspiradas más que en la idea de poderse servir de ella para entronizar la dictadura”. Pero, en definitiva, no hacer una nueva Constitución.

II. El discurso egocéntrico y conservador del Primer Jefe

Carranza no parece dirigirse con su discurso a esos diputados de carne y hueso que han estado en el campo de batalla, sino a un público aristocrático y exquisito. Desgrana algunas de las líneas básicas de su programa y “lo social” aparece sólo raquíticamente el algunas de sus líneas.
El colmo es cuando tiene que justificar el sufragio popular generalizado: una “verdad teórica” indisputable, dirá Carranza, es que el derecho electoral sólo debía otorgarse a aquellos individuos que tuvieran “plena conciencia de la alta finalidad a que aquél tiende”, lo que excluiría […] “a quienes, por su ignorancia, su descuido o indiferencia” fueran “incapaces de desempeñar debidamente esa función”.
Pero las circunstancias históricas, al decir de Carranza, “obligaban” a aplicar “una solución distinta de la que lógicamente” se desprendía “de los principios de la ciencia política”. El derecho al sufragio quedaba en consecuencia reconocido para “todos”, dado que “sería impolítico e inoportuno en estos momentos, después de una gran revolución popular, restringir el sufragio […]”
Y quien habla ahora, el mismísimo señor Carranza, parece ahora más un iluminado actor de teatros comunes que el representante y producto de una revolución. Pues, en lo que expresamente dice, lo que propone ahora como Constitución no es producto del referido movimiento revolucionario, sino de su propia inspiración:
“No podré deciros que el proyecto que presento sea una obra perfecta, ya que ninguna que sea hija de la inteligencia humana puede aspirar a tanto]; pero creedme, señores diputados, que las reformas que propongo son hijas de una convicción sincera, son el fruto de mi personal experiencia y la expresión de mis deseos hondos y vehementes para que el pueblo mexicano alcance el goce de todas las libertades, la ilustración y progreso que le den lustre y respeto en el extranjero, y paz y bienestar en todos los asuntos domésticos”.
Los “jacobinos obregonistas” no paran de su asombro y sienten que es toda una inmensa montaña la que se tendrá que remontar. Otros diputados no entienden siquiera qué es lo que sucede, pues todo lo que se ha dicho hasta el momento, en las jornadas en las que se calificaron las credenciales, parecía colocarse en el momento sobre el terreno fangoso de la nada, de pensamientos que surgieron de una realidad inexistente o imaginaria, de un sueño fugaz que sólo llega a su mente en imágenes instantáneas. Las palabras del Primer Jefe hacen pensar de pronto en una historia vivida que en realidad no ha sido vivida, pues el discurso del orador sencillamente la niega, trabajando el terreno más bien para imponer el allanar el camino hacia un “programa mínimo” de transformación.
En su respuesta al mensaje y proyecto de Carranza, el presidente del Congreso, Luis Manuel Rojas, no niega la cruz de su parroquia y sostiene en su eje el discurso egocéntrico y conservador del destacado Varón:
“Los elevados conceptos que contiene vuestro informe están impregnados del sello de vuestra personalidad, del calor de vuestra convicción y del fruto de vuestra experiencia, y ellos ponen de manifiesto, no solamente a la República Mexicana, sino al mundo entero, que sois también un gran apóstol de las libertades públicas y el paladín más decidido e inteligente de la democracia mexicana […] No ha sido, pues, vana la esperanza que en vos ha puesto el pueblo mexicano que os ha seguido entusiasta y cariñoso desde el mes de marzo de 1913; que os ha considerado como su salvador en las diversas fases de la épica lucha que habéis sostenido hasta hoy, y que mañana os proclamará, por último, como el gran estadista que pudo hacer efectivas en México las instituciones libres”.

Múgica, mientras tanto, sin moverse de su espacio, ya hace volar su imaginación. Apegado al esquema protocolario, su mente marcaba ya, junto con otros de sus correligionarios, los trazos, dentro del Congreso mismo, de una revolución en la revolución.