EL-SUR

Jueves 11 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

La continuidad en la tradición religiosa

Silvestre Pacheco León

Junio 04, 2017

Hay un sustento histórico en el vigor de la tradición religiosa de nuestros pueblos debido a que los santos patronos que sustituyeron a los antiguos dioses indígenas eran vistos como los vencedores y por tanto mucho más poderosos que aquellos.
Como dice el historiador Federico Navarrete Linares en la revista Letras Libres de junio de 2001, los indígenas adoptaron la religión impuesta por los conquistadores españoles, sobre todo porque miraron la eficacia guerrera de sus santos.
No es casual –dice Navarrete Linares– que los tlaxcaltecas, convertidos en aliados de los conquistadores hayan adoptado a Santiago Matamoros después de ver el resultado de la guerra.
El politeísmo de los indígenas que les permitía adoptar dioses con toda libertad, influyó también en su ánimo para aceptar a los santos católicos.
Aunque, en todo caso, en Guerrero sí hubo pueblos que opusieron resistencia a la imposición (entre ellos los tlapanecos) practicando sus antiguos ritos todavía en 1670, según lo prueba documento firmado por el alcalde mayor de Tlapa, en el que informa al virrey de la Nueva España que a 150 años de finalizada la conquista, “los naturales de dicha provincia están infestados de idolatría”.
De acuerdo con lo que sostiene la historiadora Georgina Alfaro González, el fenómeno de la contra evangelización indígena, como le llama a las contradicciones religiosas en la práctica de los agustinos, se gestó desde que los misioneros dejaron en manos de los indios gran parte de la tarea evangelizadora con el pretexto de que les facilitaban la comunicación con los pueblos.
Lo cierto es que en estos tiempo tan urgidos de protectores milagrosos, las tradiciones religiosas del mundo prehispánico, reforzadas con los patronazgos de los santos impuestos por los conquistadores, han cobrado mayor vigor porque los santos a quienes invocan tienen la doble ventaja de que son extranjeros, güeros, y por eso más poderosos.
Como sea, en el caso de Quechultenango cuyo santo patrón además de ser blanco es extranjero y tiene similitud guerrera con el adorado dios de los yopes luego de que en algunos años precedentes la violencia y la inseguridad afectó la participación masiva en la fiesta patronal, actualmente se ha estabilizado y está recobrando vitalidad.

La Hermandad y la Mayordomía como organismos autónomos

Sin embargo, pese al vigor manifiesto de la tradición, la falta de un documento observable que contenga los derechos y obligaciones de las instituciones que la guardan y preservan como la Hermandad, la Mayordomía, la danza de las Cueras, y de éstas con las autoridades de la Iglesia, en el transcurso de los años se han producido ciertos hechos que han puesto en riesgo la continuidad de la festividad, y la pureza y autenticidad de la tradición.
En el primer caso ha sido la disputa por el manejo y destino de las limosnas que recibe el santo, lo cual ha provocado desencuentros, rivalidades y hasta divisiones en la comunidad.
A mediados del siglo pasado, a raíz del abandono en que se encontraba el templo católico cuya construcción se vio afectada por el temblor de 1957, la comunidad determinó que todo el dinero recaudado en las alcancías del santo patrón fuera administrado por un comité ex profeso para destinarlo en la construcción de la bóveda del templo que se encontraba destruida.
La medida tomada por la comunidad afectó de tal manera la relación con las autoridades de la iglesia que en represalia el obispo tomó la determinación de retirar al cura del lugar y cerrar el templo, dejando al pueblo sin los servicios espirituales.
Tuvo que pasar mucho tiempo para restablecer nuevamente la comunicación sin que el problema de fondo fuera tratado y resuelto para la satisfacción de ambas partes.
Desde aquel año se tomó la costumbre de que la Hermandad de Santiago fuera la responsable de administrar los ingresos por concepto de limosnas, dando un reporte público a la comunidad y destinándolos a la rehabilitación, mantenimiento y mejoras del templo.
Un nuevo desencuentro provocado por las mismas razones anteriores volvió a suscitarse a principios del presente siglo, cuando el cura en funciones decidió quitarle autoridad al Hermano Mayor que es el jefe de la Hermandad, lo cual afectó gravemente la autonomía de ese organismo civil que por origen y eficacia debe ser autónomo a fin de garantizar tanto la participación social en la fiesta como preservar la pureza de la tradición.

El problema de los músicos de la danza

En la década de los setenta del siglo pasado cayó enfermo el flautista oficial de las Cueras, exclusiva del santo patrón que da realce a la fiesta.
Justo el día en que llegaba de visita el obispo de la diócesis, y cuando los danzantes lo esperaban en la entrada del pueblo para darle la bienvenida, los animadores de la danza no sabían cómo resolver el imprevisto y hasta ése momento cayeron en la cuenta de que Miguel Reyes, que así era el nombre del flautista, no tenía sustituto.
Por fortuna, en los últimos años los animadores habían visto muy cercano a la danza a un adolescente que por iniciativa propia se aprendió los sones con su propia flauta mirando y escuchando de cerca al flautista oficial, y bastó con buscarlo y encontrarlo para sacarlos del apuro.
Años después se contaba como casualidad que en el momento en que necesitaban al músico enfermo encontraron al sustituto jugando futbol, quien ante la urgencia del caso dejó el partido y sacó adelante el compromiso de tocar para deleite del obispo, y satisfacción de los animadores de la danza.
En adelante, y a propuesta del nuevo flautista, se constituyó un equipo de jóvenes prospectos que han enriquecido la tradición.
El mismo sustituto de Miguel Reyes, Hugo Pacheco León, investigó entre los más viejos danzantes sobre el número de sones que comprendía la danza, cayendo en la cuenta de que casi se habían perdido en la memoria de todos.