EL-SUR

Viernes 19 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

La continuidad en las tradiciones

Silvestre Pacheco León

Junio 11, 2017

La historia reciente nos cuenta que para finales de los años setenta del siglo pasado era casi inminente, si no la pérdida de la danza completa, buena parte de la pieza musical que la acompaña a la danza de Las Cueras en Quechultenango.
La razón confesada de esa pérdida la dio el propio flautista oficial quien dijo haber dejado de tocar varios de los sones de la danza porque le resultaba demasiado cansado interpretar él solo toda la pieza.
Como se sabe, en las sociedades rurales los músicos tienen un estatus especial porque son los que amenizan las fiestas populares y forman parte indispensable en el ritual para despedir a los muertos. Su ocupación se convierte también en un medio de vida porque además del salario que ganan como músicos suele ser superior al de un jornalero , y sin el sol en la espalda disfruta de la fiesta y tiene la comida y la bebida gratis.
Ese estatus especial es el que muchos músicos buscan proteger, negándose a compartir lo que saben porque nadie les ha dicho que el saber popular que ellos asimilan forma parte del patrimonio comunitario, de tal manera que muchas veces su mezquindad pone en riesgo el valor de una tradición.
Lo ocurrido en Quechultenango con ése caso constituye un hecho repetitivo en la música de las danzas tradicionales de los pueblos que así desaparecen irremediablemente.
El caso patético de Quechultenango es que nadie en la comunidad habría reparado en esa omisión, si no hubiera obrado la casualidad de que el sustituto de Miguel Reyes, Hugo Pacheco León, al comentar con su abuelo Juventino León, quien de joven había participado como danzante de Las Cueras, le hiciera el comentario de que no escuchaba ni veía en las representaciones que se hacían de la danza algunos de los sones y pasos que él recordaba.
Cuando Hugo Pacheco León confrontó a Miguel Reyes sobre la falta, el viejo flautista aceptó que había dejado de tocarlos porque era cansado para él ejecutar la pieza completa. Por eso convinieron en que buscarían la ayuda de los viejos danzantes para que en un esfuerzo de memoria colectiva trataran de rescatar los sones y los pasos que se habían perdido en el transcurrir del tiempo y el descuido.
Fueron tres los sones de la danza de Las Cueras rescatados durante los años que Hugo Pacheco León permaneció como flautista oficial en sustitución de Miguel Reyes en la década de los ochenta.

El relevo en la flauta

En Quechultenango el flautista de la danza de Las Cueras, que murió a principios de los ochenta, sólo cuando se sintió viejo y enfermo cedió a la insistencia del niño que lo seguía durante la fiesta de Las Cueras con el ruego de que le enseñara a tocar.
Tenía 10 años de edad aquel niño que llamaba la atención de la concurrencia porque a su corta edad se había fabricado su propia flauta de carrizo y colocado cerca del músico durante el baile de Las Cueras repetía incansable cada uno de los sones.
Con disciplina y devoción, a fuerza de aguzar el oído para aprenderse de memoria cada uno de los sones de la danza, a la vuelta de dos años el niño aquel dominaba casi completamente la música de los danzantes.
Fueron muchos fines se semana completos aprendiendo a fabricar sus propias flautas con el sonido deseado para tocar cada uno de los sones los que invirtió el adolescente cuando en una de las fiestas del santo patrón los encargados de Las Cueras lo buscaron con urgencia porque Miguel Reyes había caído enfermo.
“Échanos la mano”, le pidieron de favor don Cástulo Chavelas y don José Atempa, los viejos animadores de la danza.
“Va a llegar el obispo y lo tenemos que recibir con la música de la danza a la entrada del pueblo”.
Hugo Pacheco León que es el nombre del niño que ya adulto se convirtió en el nuevo oficial de la flauta y responsable de mantener viva la tradición de la danza, recuerda con emoción la presencia ante él y la petición de aquellos señores grandes que lo fueron a encontrar aquel domingo preparándose para jugar un partido de futbol en la cancha de la escuela.
“Andaba yo en traje deportivo y ni tiempo tuve de irme a cambiar por la emoción de que se me había tomado en cuenta para tocarle a la danza”.
“Cuando los señores me entregaron la flauta de don Miguel y la ensayé me parecía que tocaba solita. Cada uno de los sones se escuchaban como si estuviera tocando el viejo flautista”, recuerda.
Gracias a la memoria colectiva, porque no hay registro escrito, durante todo el siglo pasado fueron cuatro los músicos responsables de tocarle a la danza. El más antiguo de los flautistas fue don Pánfilo, un indígena curandero del que nadie ha podido recordar su apellido, avecindado en el barrio del Centro, junto al puente de piedra de la calle que va al panteón, el cual antes de morir dejó en el cargo a Miguel Reyes quien se desempeñaba como tamborilero. En ése cambio don Ramón Amilpas, vecino de la colonia Insurgentes, pasó a ocupar el puesto dejado por don Miguel.