EL-SUR

Sábado 13 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión

La conversación

Alan Valdez

Octubre 22, 2022

COSAS QUE LA GENTE OLVIDA

Lo primero que te dije fue que mi ojo izquierdo estaba privado del color. Te conté mi enfermedad por treinta minutos y acabé el monólogo médico preguntándote si habías visto todas las temporadas de Grey’s Anatomy. Dijiste algo sobre la misantropía de Dr. House, y yo no dije nada hasta que regresamos a la privatización del color, y también se puso sobre la mesa lo que hay de infinito en la visión de una mosca, que en consecuencia nos encaminó a hablar de lo que hay de infinito en la mierda, que en consecuencia nos animó a hablar de que antes, pero mucho antes del internet, es decir, de nosotros, a la depresión se le llamaba melancolía. Caminamos algunas cuadras jugando al equilibrista con un café americano en una mano y la risa en la otra. Luego cada quien se dirigió a su parte del mundo.
Desde mi silla pensaba en todas las veces que había tenido que explicar las causas de mi posible ceguera y de las minucias de mis visitas al hospital que se caracterizaban sobre todo por quedar impresionado, sin excepción alguna, al ser testigo de las filas enormes de adultos mayores con lentes negros como si se tratara de la mayor afrenta contra el reflejo del sol en los ojos en toda la historia de la humanidad. La revolución empieza con actos así, y como toda revolución, nadie sabe exactamente quién es el que gana, pero de los perdedores nunca queda duda alguna de sus noticias. Esta es mi noticia.
Y sin mucho esfuerzo, me di cuenta de que cada una de las ocasiones aumentaba u omitía detalles sobre mi mal de ojo. Y no es que quisiera consolidarme como un farsante profesional, sino más bien, el acto mismo que implica recordar lo reconocía atravesado por la condición de no poder narrar mi vida de igual manera dos veces. Siempre el mismo acontecimiento, pero regulado por la memoria, inauguraba una variación respecto al hecho original, y se hizo presente la frase: Si es que mi memoria no me traiciona. Y así, habitando mis recuerdos con la etiqueta de ficción en la frente, sentí que el único derecho que tenía sobre mi propia vida en pasado, era similar a la destreza que tiene la literatura para contener y deformar las experiencias sin pelearse con el concepto de verdad, es decir, no pensar en la verdad como la última aspiración, sino como otra de sus posibilidades.
Esa misma tarde terminé concluyendo que la traición de la memoria, si acaso se puede hablar de traición, no es modificar los recuerdos, y que más bien, poder acordarse de todo sin alteración alguna sería el acto definitivo de alevosía. En la incongruencia de lo vivido con la narración que nos hacemos de ello, es donde se manifiesta la pulsión más genuina y evidente de cómo es que se forma la identidad de cada uno de nosotros, porque para empezar, los acontecimientos concretos, los que siempre se adjetivan como reales, ¿en dónde están?
El acceso a ellos, habitarlos de nuevo, palparlos, es imposible, ya lo pasado, pasado, decía el príncipe dipsómano. La negación tajante de repetición de cualquier evento en nuestra vida es al mismo tiempo la garantía de que en verdad lo hemos vivido. Y pensando en la tensión entre presente o hecho concreto y memoria, es evidente que nuestro raquítico recurso para asumir algo como experimentado llamado memoria, no podía competir con la vorágine, que es lo inaprensible del presente.
La memoria es un atentado contra el presente, pero el precio que paga por pretender la reconstrucción de algo que no debería repetirse es, sin más, la infidelidad y corrupción de ese hecho. Así que en aquel lugar apócrifo, armado de padecería sensitiva y lenguaje, es donde vamos ensamblando eso que le presentamos al mundo como la persona. Y en tanto que algo se nos olvida, o lo transgredimos en favor de una narración más heroica dependiendo el público, es donde hallamos la proporción de quiénes somos. Recordar exactamente las cosas, fidedignamente, sin posibilidad de cambios, omisiones y ficción, impediría esa cosa que nos gusta tanto de la literatura, que es la oportunidad de ser siempre algo más que lo que sencillamente fue dispuesto. Ser implica crear, y a partir del recuerdo es como nos escribimos, cada hora, de cada día, en este mundo.
Dejé de pensar en eso en cuanto vi mi calendario y me percaté de la cantidad de cosas que tenía que hacer y que postergué por estar tratando de lograr algún pretexto para escribirte un mensaje. Ese ademán tan mínimo pero que en su temperamento iniciático pareciera ser la maniobra más arriesgada de la historia de la escritura, como si todo el lenguaje y sus pírricas victorias sobre lo que nunca debió ser nombrado estuvieran sostenidos en: Oye, ¿qué opinas del concepto “festival de la enchilada del Sanborns”? Me reí de mí mismo, no hacerlo hubiera sido un crimen, y recordé el grito de alguien en el metro apelando por la atención de los pasajeros diciendo: ¿acaso somos hombres o payasos? Obviamente payasos, dije en silencio, pero sintiendo que mi comentario había logrado convencer a todo el vagón de nuestra inevitable inclinación a la tristeza que toda comedia contiene, y el sujeto del calzado amarillo, visiblemente doce números arriba de su talla y de nariz navideña, se bajó con algunas monedas en la mano y sin voltear a ver a nadie.
Hay una cosa en el discurso fundado en el amor que admite, sin reserva alguna, todos los clichés posibles, porque justo su movimiento reside en aceptar que en el lugar común más artero y probable está su única posibilidad de enunciarse con toda la potencia a la que puede aspirar, y esto se explica al hacer tangible que es necesario la condición repetitiva ad nauseam a lo largo de toda nuestra trayectoria amorosa de frases como “nunca me había sentido así antes” o “eres más hermoso que un atardecer en Pie de la Cuesta” o “las canciones de Julieta Venegas ahora sí me están pegando durísimo”, para inaugurar una condición de novedad en el otro.
Transformar un lugar común romántico en un no lugar común al dotarlo de la fuerza de lo no dicho nunca antes, sólo es posible en el contraste de revelarle al otro, que a pesar de que los dos saben que han sido víctimas y enunciantes de esas frases, en el momento en que se pronuncian en esta pequeña sociedad recién fundada, es sin sospecha alguna, la primera, primera vez que se dicen con tal ímpetu o ánimo que parecieran abrir el lenguaje para nacer y ser dichas y sentidas por ambos como si las acabarán de inventar para el otro. De eso se trata la novedad, no de la generación espontánea, sino de proporcionar el tacto que solo produce la iniciación a sabiendas de que todo esfuerzo por lo nuevo, no es una pugna contra la nada, sino un atentado contra lo determinado.
No fuimos al Sanborns, y más bien ese mensaje desató una serie de diálogos nada predecibles, como por ejemplo, reconocer lo importante que es tener bien localizados los mejores baños públicos de la ciudad, de si la Rosca de Reyes es mejor que el pan de muerto, y sobre todo, de por qué el año apura más sus días a partir de septiembre, al grado de que en algunos supermercados juntan las banderas de México con adornos decembrinos. Ya no hay respeto por las tradiciones. Pero ante todo debo confesar que yo sí creo en la superioridad moral de la Rosca de Reyes. No pienso disculparme por mis evidentes posturas políticas.
Llegamos, entonces, a las preguntas más personales que por lo general son incómodas, pero que en esta obra llamada conocer a alguien, son imprescindibles para reducir la mentada distancia, mientras caminábamos por una zona de la ciudad que por alguna razón que va en contra de la lógica automotriz, y que amablemente, porque es barrio fino, contempla la corporalidad de dos peatones tratando de decirse: mira, me gustas, el mundo no está tan jodido a veces, o sí lo está, pero mientras caminamos sin decirnos que nos gustamos, aunque es evidente, el hambre y la pobreza están tomando una pausa, o quizá el hambre y la pobreza no se van a pausar nunca pero eso no importa mucho ahorita. Y nos preguntamos sobre el recuerdo más viejo de cada uno.
Esto no lo tienes que saber, y si no hubiera hecho una defensa sobre la ficción como un elemento inherente de lo que hace la memoria, diría el público que comenzamos mal porque yo simplemente mentí. Te conté una versión aumentada, efectista y maquillada de aquel primer recuerdo, que en realidad ya no sé si ocurrió. De tanto que lo he manipulado, ese recuerdo fundacional en la playa del Papagayo es ahora una narración construida a través de bastantes reescrituras que he hecho para poder utilizarla en uno de mis textos. La versión que cuento no es la versión que la playa del Papagayo procuró en algún momento de Semana Santa de 1996, sino mi versión, y no me queda más que aceptarla como la primera y única cosa en la que creo porque es lo único que tengo para saber en qué momento frente al mar comenzó la narración de mi propia vida.
Desde esa conversación han pasado cinco días, y sólo me he estado preguntando en qué momento uno decide qué persona vas a ser cuando te estás presentando con alguien nuevo. Todo lo reacomodamos en una edición tentativa en favor de fomentar una lectura bien anotada de nuestras virtudes, y tanto es así, que hasta los vicios confesados acaban por conformar una muestra de esas mismas virtudes porque no estamos ocultando nada. Quizá por eso la narrativa es el género más vendido. Todos tenemos la urgencia de contarnos a los otros. Ese mínimo artificio de la narración, el decir acomodando acontecimientos en favor de una imagen general de lo que somos. Así que acudimos a los libros, no para ser mejores personas (para empezar, ¿qué carajos significa ser mejor persona?) sino para ver qué ficciones ajenas se adecuan a la vida que cada día nos estamos inventando.
Que quede claro que esto no se trata de la verdad y la mentira, sino de la memoria y el amor, que es cómo hablar de eso que pasa en una conversación de WhatsApp un viernes a las tres de la tarde.