Esthela Damián Peralta
Diciembre 09, 2025
En estas semanas de Navidad y Año Nuevo, cuando nuestras familias se reúnen más de lo habitual y las emociones se intensifican, vale la pena volver a un tema que parece privado –íntimo incluso– pero en realidad es profundamente público: la buena crianza. Estas fechas nos obligan a convivir desde la cercanía y, con ello, nos recuerdan que la forma en la que educamos a nuestras niñas, niños y adolescentes define el tipo de sociedad que estamos construyendo. Lo que ocurre dentro de un hogar no es ajeno al país: es su raíz.
En mi propia historia familiar lo entendí muy temprano. Mis padres me educaron desde una visión compartida: comunicación constante y cercana, cariño infinito, pero siempre con límites claros. Recuerdo los abrazos, los besos, las palabras que me repetían mis padres sin cansarse: “tú puedes”, “sé la mejor en lo que hagas”, “eres capaz de todo lo que te propongas”. Nada de eso era casual; era una manera cotidiana de sembrar confianza en mí y en mis hermanos.
En casa se reconocían mis esfuerzos: cumplir con los deberes, barrer, trapear, limpiar mis zapatos, hacer la tarea, apoyar en los negocios familiares. Cada responsabilidad tenía un sentido y cada logro, por pequeño que fuera, se celebraba. Eso formó mi disciplina y mi sentido de dignidad para conducirme en las circunstancias difíciles que a veces nos pone la vida.
Por supuesto, también habían límites muy claros y que se delimitaban con mayor firmeza conforme crecía. Cuando salía, tenía que explicar a dónde iba, a qué y con quién. Mi papá aplicaba una frase que jamás olvidaré: “confianza sobre la vigilancia”. Negociábamos un horario de regreso que lo mantuviera tranquilo sobre mi seguridad y él cumplía su parte: podía, o no, aparecer en mi escuela para saludar o entrar al lugar donde había pedido permiso para verificar que estuviera ahí. Era su manera de ser un padre presente, con las herramientas que él creía más efectivas. Era su forma cariñosa, pero firme, de recordarme que la libertad siempre se sostiene en la responsabilidad.
En casa se hablaba de los errores sin castigos humillantes. Cuando tenía algún tropiezo me sentaban y me explicaban por qué era importante corregir, siempre partiendo de la escucha activa y de la manera más amorosa que podían. Aprendí que equivocarse no es un fracaso, sino una oportunidad para ser mejor.
Quizá lo más decisivo de mi crianza fue que nunca hubo lugar a la violencia. Con cariño, límites y comunicación, no hicieron falta gritos, golpes ni amenazas. Crecí sin miedo, y eso –lo entendí después– no debería ser un privilegio, sino un derecho para todas y todos los niños.
Años más tarde, desde mi trabajo en el DIF en la Ciudad de México, descubrí lo doloroso que es que esta realidad no sea la de todas las infancias. Los reportes que atendíamos venían cargados de historias desgarradoras. Había casos donde la vida de niñas, niños y adolescentes estaba en riesgo. En muchos hogares, la maternidad o la paternidad no se habían asumido plenamente, no por falta de amor, sino por falta de herramientas, por jornadas laborales extenuantes, por tutores que en sus infancias estuvieron marcadas por la violencia, o porque simplemente repetían lo que habían aprendido: criar como los criaron.
Encontramos también situaciones de consumo problemático de sustancias, rupturas profundas de vínculos afectivos y una alarmante falta de empatía hacia la niñez. No eran personas “malas”; eran personas que no sabían cómo ejercer una crianza respetuosa, porque nadie les enseñó. Y si algo aprendí en ese tiempo que fui titular del DIF, es que la buena crianza no es instinto: es aprendizaje, acompañamiento y construcción colectiva.
Para responder a esta realidad, diseñamos desde el DIF una Escuela de Buena Crianza digital, accesible en tiempos de pandemia y útil para llegar a hogares donde nunca antes había habido acompañamiento institucional. Enseñábamos derechos reconocidos en la ley, estrategias para evitar violencias, formas adecuadas de comunicarse según la edad, y mecanismos para fortalecer el vínculo afectivo. Cuando las sesiones eran presenciales hacíamos dinámicas con los padres de familia; cuando eran completamente digitales, llevábamos el mensaje directamente a las casas: amor, comprensión y responsabilidad.
Esa escuela no solo formó a madres, padres y cuidadores; también nos permitió nombrar lo que muchas veces se calla: que la crianza es un ejercicio fundamentalmente amoroso, la mejor manera de educar es poniendo el ejemplo, enseñemos y acompañemos institucionalmente la crianza positiva. Todo el trabajo se hizo siguiendo la línea de la entonces jefa de gobierno, hoy Presidenta, Claudia Sheinbaum, quien siempre sostuvo que proteger a la infancia es proteger el futuro de México. Su convicción fue clara: la política pública debe empezar por cuidar a las infancias que son nuestro presente y futuro.
Y hoy, en estas fechas de abrazos, promesas y cierres de ciclo, quiero volver a esa idea. Cada palabra que damos a una niña, cada límite que ponemos con cariño, cada gesto que evita una violencia, es una pequeña decisión que define el México del mañana.
Por eso, mientras el año termina y el próximo comienza, vale la pena hacer una pausa y preguntarnos: ¿qué estamos aportando a las infancias que nos rodean? ¿Qué país estamos formando en nuestras familias, en nuestros silencios, en nuestras conversaciones, en nuestro ejemplo?
La Presidenta ha dicho que la transformación solo es real cuando se siente en los hogares. Estoy convencida de ello. Y quizá estas fechas son el mejor momento para recordarlo: si queremos un país más justo, más humano y más seguro, empecemos por lo esencial. Construyamos infancias sin miedo. Regresemos al amor como guía. Apostemos por la buena crianza como ejercicio cotidiano.
Porque todo proyecto de nación incluyente debe tener como prioridad a quienes comienzan a descubrir el mundo, con la guía de quienes ya tenemos un camino un poquito –y solo un poquito– más recorrido.
Nos leemos el próximo martes.
@EsthelaDamian