EL-SUR

Sábado 27 de Noviembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

La depauperación de un oficio para sabios

Federico Vite

Octubre 12, 2021

 

Seguramente usted sabe que muchos narradores, aparte de construir un mundo propio con sus textos, hacen reseñas o enseñan literatura, aunque en el mejor de los casos, temo que básicamente se enseña a apreciar cuentos, a conocer variantes de estilos y tal vez un método para juntar la información necesaria que le permite a los talleristas moldear con precisión un documento con valor literario. Puesto así, sería prudente preguntarnos si un narrador debe escribir reseñas de novedades editoriales.  Esa pregunta, tomada de la mano del editor estadunidense Thomas McCormack, nos lleva a un terreno deontológico, es decir, ¿en los deberes éticos de un profesional de la narración está signado hacer reseñas literarias para  mejorar su posición en el Continente Literario? No es cosa menor esta pregunta, aunque pareciera una simpleza, porque obviamente usted sabe que al reseñar un libro y emitir un juicio, el autor de esa reseña queda bien o mal con el autor reseñado, con el editor de ese autor y, por supuesto, con la gente que se relaciona con el autor y el editor mencionados en el texto que funge como carta de presentación para “ganar” lectores.
En La novela, el novelista y su editor (Traducción de Juana Inés Dehesa. Fondo de Cultura Económica, México, 2010, 149 páginas), McCormack afirma que todos aquellos narradores que hacen reseñas tienden a ser absolutistas. Ergo: el libro en sus manos es sumamente bueno o deplorable. Nunca se purga con objetividad lo bueno y lo malo, de hecho, siempre se pondera con fuegos de artificio lo bueno y se destroza ruidosamente lo malo. ¿Qué hace un editor de la sección de cultura en estos casos? “Los colaboradores independientes tienden a ser cultos y articulados, y un novelista puede alcanzar profundidades poéticas insospechadas al destazar la obra de uno de sus colegas. Pero la cultura de ese escriba no garantiza que el reseñista responda tal como lo haría el público modelo ideal de un título. Y en cierta forma, el editor del suplemento literario requiere del reseñista adecuado tanto como el director editorial: no tiene ningún caso darle una novela de misterio a alguien que detesta el género. Por más que el editor esté dispuesto a publicar una reseña desfavorable, sólo lo hará con la consciencia tranquila si está convencido de que es razonable y justo argumentar que el libro fracasa frente a su público ideal”, afirma McCormack y nos permite comprender una zona más coqueta del mundo periodístico que necesariamente se da la mano con el Continente Literario. Después de esa coyuntura, volvamos al absolutismo de los narradores que hacen reseñas, si el libro no es para ellos (si no les gusta), piensan que no le va gustar a nadie. Son incesantemente las penurias que producen a muchos autores obcecados este tipo de “reseñas”.
Ya sabe usted, es común oírle a los autores que tienen la fortuna de ser reseñados en suplementos culturales de circulación nacional, que si fulana los odia con odio costeño, que si fulano no entiende los libros, que si fulana es una ñoña, que si fulano queda bien con los hijos putativos de las “vacas sagradas”. Ese montón de abalorios nos permiten diagnosticar cierto grado de toxicidad en el gremio. Los narradores, muchos dirigidos con tremenda objetividad y otros meramente aplaudidores de la fauna que da y quita prestigio en el Continente Literario, hacen reseñas y en muchos casos logran con creces el acercamiento a un libro.
Pero el dardo envenenado sigue ahí, ¿en los deberes éticos de un profesional de la narración está signado hacer reseñas literarias? Yo creo que muy pocos se conducen con decoro y evitan los conflictos de interés, pero esos, los menos, no están en las páginas de los suplementos de circulación nacional ni en las revistas especializadas, no, no. Está en secciones de cultura, blogs, publicaciones electrónicas y uno que otra revista. ¿Por qué? Porque no se benefician de esas publicaciones ni deciden obtener prebendas con esa actividad noble. Insisto, no buscan apapachos ni etiquetas (vaya que hay de muchos tamaños: narradores de vanguardia, comprometidos socialmente, etcétera), no les interesa ser talleristas de planta en alguna casa de cultura o fundación, no quieren ni tienen mayor meta que la simple reflexión sobre la literatura. Un trabajo, por cierto, menos vistoso que la promoción cultural o la organización de festivales literarios o colecciones editoriales. Leer y comentar esos libros  con objetividad (cuestión aparte es que no hay mejor manera de golpear nuestro ego que leer y comentar los aciertos de aquellos autores que no nos caen bien), porque ahí, me parece, está fundamentada la semilla valiosa del diálogo.
“El reseñista de planta a menudo tiene que lidiar, sólo y su alma, con una enorme porción del espectro salvajemente variado de lo que se publica; tiene que poseer el ánimo responsivo del conjunto de empleados de una editorial de talla mediana. La tarea es ridícula, pero lo sorprendente es cuán cerca están algunos de lograrla”, dice McCormack y deja en suspenso el otro aspecto de las reseñas bien hechas, estructuradas y bien redactadas. Me refiero justamente al dinero.
La mayoría de los reseñistas profesionales no compran libros, es decir, reciben de las editoriales material reciente, novedades y esperan, de algún modo, convertirse en la fuente inagotable de novedades autorizadas. Pero el texto (no sobra decir que los artículos son cada vez más breves, se reducen a un juicio, como si el reseñista fuera un juez de MasterChef o La Voz México) casi siempre versa sobre alguno de los conocidos de esos reseñistas. De hecho, ellos evidencian esos lazos de poder, el influyentismo y, aunque no quieran, quien no es reseñado en esas páginas está fuera de foco, invisible. Es decir, sólo a ojos de un novelista del centro puede existir un autor ya sea de Matamoros, Tamaulipas, o de Puerto Arista, Chiapas. Puesto en esos términos, un reseñista profesional apela a sus principios para meterle cuchillo a lo que lee y escribe el respecto, pero incluso si fueran textos maleados y construyeran prebendas con sus artículos, incluso así, estamos ante diagnósticos. Toda reseña sobre es un diagnóstico para acercarnos al autor del libro. Ergo: reseñar libros es diagnosticar lo literario. Al opinar sobre un libro se opina también sobre el editor, sobre la editorial y todo el sistema publicitario que hay atrás de algunos autores. Pero por encima de todo, se debe ofrecer un diagnóstico literario de un autor. Es ético hacerlo con solvencia y fuera del círculo de amigos que tanto dañan lo importante en el campito literario.