EL-SUR

Sábado 28 de Mayo de 2022

Guerrero, México

Opinión

La desigualdad en el mundo

Saúl Escobar Toledo

Enero 05, 2022

Los medios de comunicación y las redes sociales nos saturan todos los días de información. Una parte de ella es veraz y necesaria. Forma parte de nuestra vida cotidiana y la requerimos para tratar de entender lo que pasa en nuestras comunidades, en México y en el mundo. Otra, sin embargo, está sesgada de acuerdo con los intereses políticos de los dueños de las empresas que controlan las cadenas informativas, o de los emisores de los mensajes que recibimos a través de los medios digitales. Frecuentemente, este acervo se acompaña de cifras y números que tratan de dar sustento a sus opiniones. No podemos quejarnos de una escasez de datos. Y, sin embargo, hay temas que frecuentemente se omiten o de los que se habla muy poco. Uno de ellos, afirma un estudio reciente, es el de la desigualdad.
Según los autores del Reporte de la desigualdad en el mundo 2022 (disponible en wir2022.wid.world), los datos acerca de la economía que nos ofrecen los gobiernos y los medios no nos dicen mucho de cómo se distribuye el crecimiento entre la población y de quiénes ganan y quiénes pierden como resultado de las políticas públicas que se llevan a cabo. Sin embargo, esa información es fundamental para la vida democrática de las naciones. Requerimos entonces, mejorar nuestra capacidad para medir y observar las disparidades socioeconómicas.
Esta obra fue elaborada por distinguidos académicos, como Thomas Piketty, y se basa en el trabajo realizado en los últimos cuatro años por más de cien autores ubicados en todos los continentes. Recibió también el respaldo científico del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).
Sus resultados muestran que la desigualdad de ingresos y de la riqueza en el mundo contemporáneo es enorme: El 10 por ciento más rico de la población global se apropia del 52 por ciento de los ingresos mundiales mientras que la mitad más pobre de la población apena se queda con el 8.5 por ciento. El ingreso promedio de una persona de ese 10 por ciento más favorecido es de 122 mil 100 dólares al año, y el del 50 por ciento más pobre es de 3 mil 920 dólares.
Sin embargo, la desigualdad de la riqueza es más pronunciada que la de los ingresos. La mitad más pobre de la población del mundo apenas posee alguna riqueza, un 2 por ciento del total. En contraste, el 10 por ciento más acaudalado es propietario del 76 por ciento de la riqueza mundial. Los primeros, en promedio, poseen en activos financieros o materiales, unos 4 mil 100 dólares por adulto. Los segundos, un promedio por persona equivalente a 771 mil 300 dólares.
Las desigualdades varían significativamente en las diferentes regiones del mundo. Europa es la menos desigual, y el Medio Oriente y Norte de África la que muestra mayores disparidades. América Latina está mucho más cerca de los niveles de esta última región. Allá, el 10 por ciento más rico se queda con el 58 por ciento de los ingresos; en nuestra región, con el 55 por ciento.
Las desigualdades de los ingresos y la riqueza han aumentado en todos lados desde la década de los ochenta después de que se llevaron a cabo una serie de programas de desregulación y liberalización económicas. Sin embargo, estas medidas tomaron diferentes formas y ritmos de aplicación, lo que provocó que la disparidad aumentara espectacularmente en algunos países como en lEstados Unidos, Rusia e India. Estas diferencias confirman una cuestión muy importante: la desigualdad no es inevitable, es una opción política.
El reporte muestra, por otro lado, que la desigualdad ha disminuido entre los distintos países del mundo, pero, al mismo tiempo, ha aumentado al interior de cada nación. En promedio, la distancia entre el 10 por ciento más rico y el 50 por ciento más pobre dentro de los países, casi se ha duplicado: de 8 a 15 veces.
Por otra parte, el reporte señala que una manera de entender cómo se han disparado las desigualdades reside en observar la brecha entre la riqueza neta de los gobiernos y la del sector privado. En los últimos cuarenta años, los países han acumulado mayores riquezas; no obstante, sus gobiernos se han vuelto más pobres. La porción a cargo del sector público es casi cero o negativa en los países más desarrollados, lo que significa que toda la riqueza está en manos privadas. Esta tendencia se aceleró durante la pandemia pues muchos gobiernos aumentaron su deuda entre un 10 y un 20 por ciento del PIB, misma que contrajeron fundamentalmente con el sector privado. Esta austeridad gubernamental tiene implicaciones muy importantes para enfrentar problemas tan graves como las carencias sociales y el cambio climático.
Desde luego, la desigualdad, cada vez mayor, ha ido acompañada de una concentración de la riqueza en unas cuantas personas. Si nos enfocamos únicamente en el 0.01 por ciento de la población más acaudalada, alrededor de 520 mil adultos en 2021, su porción aumentó del 7 al 11 por ciento en las últimas décadas. Este fenómeno se exacerbó también durante la pandemia.
El estudio subraya que estas tendencias pueden ser revertidas. Hay instrumentos para redistribuir la riqueza: por ejemplo, un impuesto progresivo al patrimonio de los multimillonarios; otra solución es similar a la que fue acordada recientemente por los países del G-20 para cobrar un impuesto global a las grandes compañías multinacionales que tienen su domicilio legal en paraísos fiscales.
El reporte incluye un conjunto de datos para distinto países, incluyendo México. Observan que nuestro país es uno de los más desiguales del mundo: el 50 por ciento menos favorecido gana 42 mil 700 pesos al año, lo que equivale a un 9 por ciento del total. El 10 por ciento más próspero, por su parte, obtiene 30 veces más: un millón 335 mil pesos, es decir el 57 por ciento de los ingresos totales.
La distribución de la riqueza en nuestro país es aún peor: la mitad más pobre carece de ella, sus cifras son negativas pues tiene más deudas que propiedades. El 10 por ciento más rico, en cambio, posee una riqueza promedio equivalente a más de 6 millones y medio de pesos, lo que equivale al 62 por ciento del total.
A estas desigualdades hay que sumar la de género. Las mujeres mexicanas obtienen un 33 por ciento del ingreso total. Menos que el promedio latinoamericano (35 por ciento) y de países como Brasil (38 por ciento) y Argentina (37 por ciento). Nuestro machismo traducido en pesos contantes y sonantes es escandaloso.
Finalmente, la desigualdad se traduce en contaminación, en este caso, producida por las fuentes emisoras de dióxido de carbono. Mientras que el 50 por ciento menos favorecido emite algo menos que 2 toneladas de CO2 per cápita, el 10 por ciento más rico lo hace diez veces más, 20 toneladas.
Las desigualdades mostradas en este estudio deberán ser examinadas y puestas al día permanentemente. La pandemia, como hemos visto, ha disparado los números. Los multimillonarios han acrecentado su patrimonio debido al auge de los activos financieros (valores en bolsa, bonos y fondos de inversión) y el encarecimiento de las propiedades inmobiliarias.
Pero de todo esto, poco se habla en los medios e incluso en los discursos políticos. Mayor atención se ha prestado al “combate a la pobreza” aunque sus resultados hayan sido casi nulos en las últimas décadas. Sin embargo, la distinción entre ambos fenómenos es de gran importancia. Para decirlo en unas cuantas palabras, la pobreza nos habla de la exclusión mientras que la desigualdad nos describe el poder de los ganadores y la debilidad de la mayoría de la población. Una correlación de fuerzas que debe ser vista con la mayor claridad posible para entender muchas cosas: no sólo la dinámica económica sino también las obediencias del poder político; las limitaciones de los estados nacionales; y, de otro lado, las formas de sobrevivencia de una inmensa mayoría que, hasta ahora, va perdiendo día con día su patrimonio y, con ello, la posibilidad de una vida mejor.

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