EL-SUR

Jueves 20 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

La desigualdad en el siglo XXI

Saúl Escobar Toledo

Enero 30, 2019

Acaba de darse a conocer el informe de la organización Oxfam (www.oxfam.org) correspondiente a 2019. El tema principal es, como corresponde a su línea de trabajo, la desigualdad, entre ricos y pobres y entre hombres y mujeres, que afecta hoy al mundo. Según este reporte, miles de millones de personas viven en la indigencia mientras las élites más ricas obtienen enormes ganancias. Una situación que se ha agravado con el tiempo: el número de milmillonarios (o billonarios) se ha duplicado desde el inicio de la crisis económica hace ya más de diez años. Son ahora más prósperos que nunca. Su riqueza se ha incrementado en 900 mil millones de dólares tan sólo en el último año y está cada vez más concentrada en menos manos: 26 personas poseen la misma riqueza que 3 mil 800 millones de habitantes del planeta.
Por su parte, según el Banco Mundial, un poco menos de la mitad de la población mundial subsiste con menos de 5.5 dólares al día (algo así como 100 pesos), cifra que el mismo Banco ha fijado como su nuevo umbral de la pobreza extrema en los países de renta media alta (como México). Esta situación se refleja también en otros indicadores: en las zonas menos favorecidas de Londres la población vive en promedio seis años menos que la que habita en los barrios más acaudalados de la capital inglesa. En Pinheiros, Brasil, uno de los barrios más prósperos de Sao Paulo, sus habitantes tienen una esperanza de vida de 79 años mientras que, en los suburbios más pobres de esa ciudad, como Tiradents, la expectativa es sólo de 54 años.
La desigualdad no sólo se manifiesta entre ricos y pobres; también es sexista: las mujeres ganan, como promedio mundial, 23 por ciento menos que los hombres. En cambio, los masculinos poseen un 50 por ciento más de riqueza que sus contrapartes femeninas. La brecha de género es particularmente grave en el mercado laboral ya que cuando las mujeres logran obtener un empleo remunerado, con mayor frecuencia, se trata de ocupaciones precarias y con bajas retribuciones. Tienen también menor acceso a activos productivos como la tierra, el crédito y la capacitación laboral. Así, por ejemplo, en México, las niñas nacidas en el segmento correspondiente al 20 por ciento más pobre tiene el doble de probabilidades de seguir en esa situación toda su vida, comparadas con los niños que se encuentran en estas condiciones.
La desigualdad ha resultado un formidable obstáculo para erradicar la indigencia. Durante las últimas décadas las personas más acaudaladas han acumulado un porcentaje cada vez mayor y desproporcionado de la riqueza. Esta fractura es profundamente nociva, también, porque está contribuyendo a envenenar el clima político y a darle mayor auge a las opciones e ideas racistas, sexistas y extremistas, y a los políticos autoritarios que las apoyan. En lugar de tratar de reducir la brecha entre ricos y pobres, diversos gobiernos han optado por criminalizar a los migrantes y a la protesta ciudadana. En los países más desiguales, la confianza social es menor y la delincuencia mayor. Las sociedades con mayores niveles de disparidad viven con tensiones más fuertes y son menos felices e incluso presentan mayores índices de enfermedades mentales.
Según Oxfam, no hay opción: para erradicar la pobreza hay que combatir la desigualdad. Y para ello hay que tomar decisiones políticas y transformar las economías adoptando un conjunto de medidas: en primer lugar, universalizar la provisión gratuita de servicios públicos como la salud y la educación, y dejar de apoyar la privatización de estos servicios. También, ofrecer prestaciones como una pensión básica al final de la vida laboral y apoyos para los hijos de todas las familias. En segundo lugar, Oxfam propone liberar a las mujeres del trabajo no remunerado que dedican todos los días al cuidado de sus familias y sus hogares. Se requiere invertir en servicios públicos como el abastecimiento de agua, electricidad y guarderías para reducir el tiempo que dedican las mujeres a esos cuidados sin paga.
En tercer lugar, el informe subraya la necesidad de cambiar la política fiscal para que los impuestos a los ricos y a las grandes empresas ya no vayan a la baja. Hay que gravar la riqueza y al capital a niveles más justos. Las élites económicas y las grandes empresas tributan a las tasas más reducidas de las últimas décadas. En los países más avanzados, la tasa marginal promedio del ISR pasó del 62 por ciento en 1970 al 38 por ciento en 2013. En las naciones en desarrollo esta tasa se sitúa en alrededor del 28 por ciento.
Debido a ello, los trabajadores aportan de manera desproporcionada a las finanzas públicas. En algunos países como Brasil o el Reino Unidos el 10 más pobre paga un porcentaje de impuestos mayor de sus ingresos que el 10 por ciento más rico.
Se trata también de acabar con la evasión y la elusión y llegar a un acuerdo internacional que permita diseñar un conjunto de normas e instituciones que combatan este flagelo. Las grandes fortunas ocultan a las autoridades 7.6 billones de dólares, según diversos estudios, en paraísos fiscales u otras naciones más benévolas con ellos. Están dejando de pagar algo así como 200 mil millones de dólares al año por concepto de impuestos.
El documento de Oxfam subraya el caso de los gravámenes a la riqueza (es decir al patrimonio de las personas, no sólo a los ingresos monetarios) pues sólo 4 centavos de cada dólar se recaudan a nivel mundial bajo este concepto.
El informe acierta en su diagnóstico más importante: la desigualdad es el tema vital para rescatar a nuestras sociedades de su deterioro. Avanzar en su solución permitiría reducir drásticamente la pobreza, fortalecer la democracia y el respeto a todos los derechos humanos. Es el camino para propiciar un mayor bienestar de la humanidad. Y una tarea que no sólo corresponde a los gobiernos sino sobre todo, cito literalmente el texto, al poder de una ciudadanía unida para exigir estos cambios.
Este punto de vista se riñe con el consenso dominante de las élites políticas y económicas que han planteado que la desigualdad se resolverá por la evolución natural de los mercados y que no se requiere una política claramente dirigida a combatirla. Se oponen, en particular, a las políticas que fortalezcan la propiedad y el control público de bienes y servicios, y a su gratuidad. Siguen insistiendo en que la privatización debe ser, salvo algunas excepciones, la política adecuada para la gestión económica. Desde este punto de vista, la pobreza se combate con medidas focalizadas, que no afecten a las empresas ni al patrimonio de las personas, sobre todo a las más acaudaladas. Consecuentemente, una política fiscal que busque afectar a los más ricos es contraria al pensamiento neoliberal pues dañaría a los inversionistas y a la prosperidad que éstos aportan.
El informe Oxfan no abunda, sin embargo, en otras causas de la desigualdad como la que se origina por la relación desequilibrada entre el trabajo y el capital: bajos salarios, condiciones de trabajo malas, informalidad, inseguridad en el empleo y otras formas de contratación precarias. Tampoco profundiza en el análisis de los sistemas políticos que han propiciado esta injusticia ni en aspectos como el combate a la corrupción, una mayor transparencia de las acciones de los gobiernos y las empresas, y la ampliación de la protección y cobertura de los derechos humanos.
Pero quizás estas omisiones respondan a la necesidad de enfatizar sus propuestas centrales: la desigualdad ha sido una opción política deliberada y por lo tanto puede corregirse con dos fórmulas sencillas: servicios públicos y prestaciones universales para todos, financiadas con mayores impuestos a las empresas y personas más ricas. Dicho de manera aún más simple: o los gobiernos se comprometen en la búsqueda del bienestar público o lo hacen para el beneficio privado. Tomar la vía señalada en el estudio de Oxfam seguramente no resolvería todos los problemas, pero representaría un avance inmenso en la construcción de un mundo mejor.

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