Florencio Salazar
Junio 26, 2026
Luis Echeverría (1970), fue la oportunidad para el desarrollo de Guerrero. El gobernador Israel Nogueda Otero y el ingeniero Rubén Figueroa representaban la inédita cercanía con un Presidente de la República, a lo largo de un sexenio presidencial. Pesaban los 30 años de inestabilidad política, transcurridos desde la caída del gobierno de Alejandro Gómez Maganda (1951).
Gómez Maganda fue cercano a Miguel Alemán y partidario de Fernando Casas Alemán, jefe del Departamento del Distrito Federal, para que sucediera a su veracruzano primo. El secretario de Gobernación Adolfo Ruiz Cortines, fue el destapado. Al parecer, la derrota política la asumió el gobernador como agravio personal.
Desafío desproporcionado
Me comentó el doctor Eusebio Mendoza Ávila que, un mediodía, cruzaba por el Jardín Cuéllar –ya desaparecido, frente a la Catedral– cuando vio sentado en una banca al Presidente Ruiz Cortines, solo, sin ningún acompañante. Don Adolfo, al arribar a la capital, se dirigió a Palacio y preguntó por el gobernador. No se encontraba y no le pudieron informar cuándo volvería.
Mendoza Ávila rápidamente organizó una comida en el Centro SCOP y de ahí regresó Ruiz Cortines al Distrito Federal. Al día siguiente, el ejército rodeó el Palacio de Gobierno, la Cámara de Diputados y el Tribunal Superior de Justicia. Habían desaparecido los Poderes.
Antes de la sorprendente visita presidencial –para desacreditar los rumores de su salida–, el gobernador Gómez Maganda, en su tercer Informe, afirmó categórico: El próximo año: ¡aquí nos vemos!
A Gómez Maganda lo sustituyó el ingeniero agrónomo Darío L. Arrieta Mateos.
La tragedia y la comedia
El siguiente ungido fue el general Raúl Caballero Aburto, agregado militar en Guatemala. Su gobierno terminó tras la masacre de diciembre de 1960, siendo relevado por el Ministro de la SCJN, Arturo Martínez Adame.
En 1962 se mencionaba a media docena de guerrerenses de amplia experiencia política y administrativa: Caritino Maldonado Pérez y Carlos Román Celis, senadores de la República; Ruffo Figueroa Figueroa, gobernador del territorio de Quintana Roo; Moisés Ochoa Campos, diputado federal; Plácido García Reynoso, subsecretario de Industria y Comercio y Jorge Soberón Acevedo, cardiólogo y ex diputado federal.
El destapado desconcertó a todos: el doctor Raymundo Abarca Alarcón, originario de Chilpancingo –radicado en Iguala– quien había sido presidente municipal y presidente del PRI en la Cuna de la Bandera. Él aspiraba a ser delegado del IMSS en Morelos y así lo había solicitado a su amigo Donato Miranda Fonseca, secretario de la Presidencia y aspirante a suceder al presidente Adolfo López Mateos.
Abarca Alarcón fue notificado por teléfono, con la instrucción de organizar grupos de apoyo. Bulmaro Tapia y Terán, casado con doña Matilde –hermana del médico–, refiere en un cuaderno de apuntes que cuando llamaban a amigos para integrar el comité de campaña, no le creían, pensaban que era broma.
El doctor Abarca Alarcón asumió el gobierno (1963) y terminó milagrosamente su periodo. Durante su administración se levantaron en armas Genaro Vázquez Rojas, Lucio Cabañas y Carmelo Cortés. También ocurrió la matazón de los copreros y fue asesinado el Rey Lopitos, poderoso líder de la colonia La Laja de Acapulco.
En la sucesión presidencial perdió Miranda Fonseca y ganó Díaz Ordaz. Abarca Alarcón no cometió el error de Gómez Maganda y fue favorecido por el apoyo del secretario de Gobernación, Luis Echeverría.
Para la sucesión de Abarca Alarcón, se mencionó a Caritino Maldonado, Roberto Gatica Aponte, Plácido García Reynoso, Píndaro Urióstegui Miranda y Sabás Alarcón Robledo.
Fallar a la grande
El Jefe Cari había sido partidario de Díaz Ordaz y adversario político del chilapeño Donato Miranda Fonseca. Ya como gobernador, se alineó con la aspiración presidencial del secretario de la Presidencia Emilio Martínez Manatou –igual Píndaro Urióstegui y Moisés Ochoa Campos– y fracasó en su apuesta.
Entre 1951 –inicio del periodo de Alejandro Gómez Maganda–, y 1975 –de Rubén Figueroa Figueroa–, los sexenios eran inciertos: Alejandro Gómez Maganda, sustituido por Darío L. Arrieta Mateos; Raúl Caballero Aburto, por Arturo Martínez Adame; Raymundo Abarca Alarcón (concluyó su periodo); Caritino Maldonado Pérez por Roberto Rodríguez Mercado, Israel Nogueda y Javier Olea Muñoz. En este periodo hubo nueve gobernadores constitucionales, substitutos, interinos y hasta un provisional. En ese lapso, dos años y seis meses es el promedio del periodo gubernamental.
La dupla Figueroa-Nogueda atinó en la candidatura de Luis Echeverría. La desaparición del gobernador Maldonado Pérez, ofrecía la paradoja de desvanecer el horizonte oprobioso de gobernadores fallidos. El calendario electoral no ayudaba en un régimen centralizado. El gobernador entraba cuando salía el Presidente. Aquel apostaba a la grande y su equivocación significaba el riesgo de su despedida, alejado de la voluntad presidencial.
La indispensable estabilidad política
En 1969 el PRI organizó una reunión estatal de planeación, previa a la gira del candidato Echeverría. Como director juvenil estatal del partido, presenté una ponencia que incomodó a los organizadores. Propuse que el Congreso del Estado legislara para que, al término del sexenio del profesor Caritino Maldonado Pérez (1969-75), se nombrara un gobernador provisional por dos años. El siguiente mandatario iniciaría su gestión al igual que el nuevo Presidente. Los argumentos eran simples: sin estabilidad política no hay inversión; sin inversión no hay empleo; sin empleo hay pobreza y esta es caldo de cultivo de la inconformidad social. No se me permitió la lectura. A los periodistas repartí copias de mi propuesta. Mauro Jiménez Mora, en su columna de Novedades de Acapulco, lo menos que me dijo fue ingenuo y remataba con un “Ah, qué jovenazo”.
El atraso de Guerrero es estructural y sus problemas acumulados. Sin recursos federales es insostenible su bienestar. Vamos de mal en peor: en este régimen de la 4T, nuestra entidad federativa pasó del tercer lugar de atraso al segundo. Superado por Oaxaca, Guerrero solo está por arriba de Chiapas, según el Informe de Pobreza Multidimensional presentado en forma conjunta por Inegi y Coneval (13-10-25).
La política de la insidia
Por lo anterior, que el gobernador Israel Nogueda Otero entregara la administración al ingeniero Rubén Figueroa Figueroa, habría significado una plataforma de 10 años para el desarrollo al vincular a dos presidentes: Luis Echeverría y José López Portillo.
Supuestamente el gobernante es el mejor informado; de fondo, solo de algunos asuntos de importancia. En el tablero se mueven los intereses creados, los poderes fácticos, las ambiciones de colaboradores, sin permitir visualizar el efecto del conjunto y del aparato político-administrativo en todas y cada una de sus partes.
Los partidarios de Luis Echeverría fuimos cuatro: el ingeniero Rubén Figueroa, el economista Israel Nogueda, el diputado Eusebio Mendoza y yo. La llamada clase política guerrerense –con la cabeza visible del Jefe Cari– era partidaria de Martínez Manatou.
¿Qué rompió la mancuerna Figueroa-Nogueda? Pude apreciar que cercanos al ingeniero Figueroa y al gobernador Nogueda, se ocuparon de distanciarlos. Se expresaron descalificaciones por la edad o el color de piel, comentarios groseros, intrigas y chismes. Entre la dupla ganadora fue creciendo la cizaña. Pudieron más las lenguas viperinas.
Don Rubén al margen
Al sepelio del Jefe Cari asistió el secretario de Gobernación Mario Moya Palencia, con la representación presidencial. Al concluir el sepelio, Moya Palencia se trasladó a la Posada Meléndez y desde ahí habló con el Presidente Echeverría.
–Es necesario que se designe al gobernador substituto, señor Presidente.
–¿En quién ha pensado?
–En su amigo, el presidente municipal de Acapulco, Israel Nogueda,
–Adelante.
Durante esas horas –19 de abril de 1971–, se operó politicamente para que el Congreso designara substituto a Israel Nogueda Otero.
Don Rubén no acudió al sepelio. Viajó por tierra y al llegar a Chilpancingo, se encontró con la noticia de que su amigo Nogueda Otero, sería gobernador. Ignoro si el ingeniero Figueroa aspiraba a remplazar al Jefe Cari o, por lo menos, ser consultado. El caso es que quedó al margen de las decisiones.
El ingeniero Figueroa tenía 63 años. Los cuatro años restantes del sexenio eran oportunidad magnifica por su cercanía con el Presidente Echeverria. En caso de esperar al siguiente sexenio, aún sería decisión de don Luis. Él tenía la fortuna de su lado: influencia indiscutible al ser designado sucesor del general Lázaro Cárdenas, en la Vocalía Ejecutiva de la Comisión del Balsas.
Dos caracteres, dos generaciones
Israel Nogueda Otero era amulatado. De cara ovalada, frente amplia y ojos redondos, nariz regular, labios ligeramente carnosos. Su rostro trasmitía serenidad. De voz apacible y ademanes bien administrados; cuando hablaba parecía reflexionar en voz alta. Atento, cuidadoso, comprometido con su encargo. Su autoridad procedía del cumplimiento de su responsabilidad y se traducía en respeto. Tenía 35 años cuando asumió la gubernatura; rozaba el requisito legal para ocupar el cargo.
Rubén Figueroa Figueroa, viva imagen de un hombre recio. Mestizo, con el rostro marcado por el entrecejo con ojos inquisitivos, boca regular entre las líneas arqueadas de los carrillos, nariz aguileña sin ser pronunciada, frente despejada y pelo entrecano. Voz expresiva, según las circunstancias. Líder entre los duros del transporte de pasajeros. La inteligencia política en los genes; el conocimiento por su experiencia.
Nogueda era apacible, sereno; Figueroa, enérgico, impetuoso. Nogueda, de una familia con el emporio de la copra, dirigente de empresarios; Figueroa, de familia con historia en la Revolución y líder de los camioneros de la República. Nogueda se formó en las aulas universitarias; Figueroa –sobre todo– en la lucha cotidiana. En la familia Nogueda no había políticos, salvo su tío Canuto Nogueda Radilla; la de Figueroa era una familia política. Ambos tuvieron –diría Maquiavelo– fortuna y talento, pero eran dos generaciones y visiones distintas. Nogueda Otero se adhirió a Mario Moya Palencia; Figueroa Figueroa a José López Portillo.
Provisional por substituto
El desenlace de la relación, fue la desaparición de Poderes. Todas las condiciones estaban dadas para que el gobierno federal volteara a Guerrero. El fracaso de esa posibilidad no fue por ausencia de ideas o programas de gobierno. El absurdo celo, la política excluyente, las ambiciones de grupo, la falta de humildad de los personajes para hablar, como lo habían hecho durante la aspiración presidencial de Luis Echeverría. El desenlace fue la desaparición de Poderes dos meses antes de que concluyera el mandato. Se giró orden de aprehensión –nunca ejecutada– contra el ex gobernador. El motivo fue el supuesto despojo de tierras a campesinos de Acapulco. La queja se presentó al ingeniero Figueroa y de ahí al Presidente de la República.
El senador Vicente Fuentes Díaz y el diputado Humberto Hernández Haddad fueron comisionados por el Congreso para constatar los hechos. Rindieron informe positivo, pero sin entrevistarse con Nogueda Otero. Por los 60 días faltantes, se designó gobernador provisional al abogado Javier Olea Muñoz.
Eliminar a los pro Moya Palencia
Me recibió el gobernador Nogueda tres días antes de su defenestración. Su secretario privado, Guillermo Ramírez Ramos, me dijo que el gobernador me recibiría al último. Yo fui a informarle que saldría a Piedras Negras, Coahuila, a la asamblea de la CNOP que postularía como precandidato a gobernador al profesor Oscar Flores Tapia, líder nacional del sector popular; yo era el equivalente en el estado. Hice como tres horas de antesala. Al pasar, lo encontré fatigado, con los ojos enrojecidos. “Espero que el que sigue se encuentre a estas horas trabajando”. Era la una de la mañana.
Al regresar de Piedras Negras me enteré en Laredo, por la prensa local, de la caída de mi jefe Nogueda Otero. Regresé a Chilpancingo desolado.
¿Cuál fue el motivo para que el Presidente López Portillo –al inicio de su gobierno– presentara la reforma constitucional abrogando la facultad del Senado de declarar la desaparición de Poderes en las entidades federativas? La desaparición de Poderes siempre será, por encima de lo jurídico, un acto político.
Décadas después, pregunté al ex gobernador Israel Nogueda Otero, la razón de su salida del gobierno. Me dijo que el Presidente Echeverría quiso deshacer el grupo de tres gobernadores que apoyaban al secretario de Gobernación Mario Moya Palencia. Carlos Armando Biebrich salió de Sonora, él de Guerrero y solo se mantuvo Luis Ducoing en Guanajuato.
Cuidarse de los próximos
La designación de colaboradores es una de las más significativas decisiones de un jefe. El equipo evidencia tres cosas: la naturaleza de sus relaciones, la visión de gobierno y la confianza en los demás y en sí mismo. En el caso del gobierno, la complejidad es mayor por el ejercicio del poder político. A la administración pública se debe llegar por mérito, experiencia y buenas cuentas. Designar a los mejores, incluso por encima de la capacidad del jefe, venciendo la tentación del amiguismo. Los resultados son el saldo del jefe, quien siempre podrá desplazar a los incompetentes. La inseguridad en el jefe suele ser costosa.
Al ejercer su facultad para designar, el jefe es responsable de la conducta de sus colaboradores. El subordinado debe corresponder con el concentrado de eficacia, ética y moralidad pública, que es la lealtad. Lealtad, que también es compromiso racional y emocional (gratitud), no servilismo obsecuente. Generalmente, el jefe no debe el cargo a los colaboradores, pero puede perderlo por sus errores.
Siempre ha habido –y habrá– colaboradores que buscan el talón de Aquiles del jefe. Estimulan su ego, justifican sus errores y alientan sus frivolidades. Escarnecen a los adversarios y hacen enemigos donde no los hay. ¿Hasta dónde Nogueda Otero y Figueroa Figueroa fueron rehenes de sus amigos, de sus colaboradores?
Pareciera que Odiseo continúa extraviado sin llegar a Ítaca. Mientras, se siga tejiendo y destejiendo la esperanza de cambiar la realidad de Guerrero, no habrá certidumbre para entregarse en los brazos de Penélope.