EL-SUR

Sábado 03 de Diciembre de 2022

Guerrero, México

Opinión

La economía mexicana: una situación inédita

Saúl Escobar Toledo

Agosto 28, 2019

Los últimos indicadores de la evolución de la economía mexicana muestran una combinación que no habíamos visto en los últimos tiempos y probablemente en la historia reciente del país. Por un lado, un estancamiento de la producción y una muy débil creación de empleos, aunque el crecimiento de los puestos de trabajo formales (registrados en el IMSS) sea mayor al del producto (PIB), una situación que no es nueva y viene presentándose desde alrededor de 2010. Por otra, una inflación controlada (con una baja en la primera quincena de agosto) y anualizada en 3.3 por ciento. Pero, al mismo tiempo, un aumento de los salarios mínimos y contractuales, sobre todo de los primeros y en mucho menor medida de los segundos; un aumento real y por tanto superior al de las últimas décadas. En 2018, entre enero y junio éstos tuvieron cifras negativas a diferencia de lo que sucedió en ese mismo lapso de 2019. Consecuentemente el comercio minorista aumentó poco más de dos puntos porcentuales.
En pocas palabras, a pesar de que la economía no crece, lo han hecho los salarios y el poder de compra de muchos mexicanos. Lo que habíamos visto en los últimos años era un esquema distinto: el producto crecía también lentamente, los empleos todavía más, y una inflación controlada, pero con una disminución de los salrios (mínimos y contractuales).
La caída en la producción desde luego es el hecho más significativo y preocupante: la industrial cayó 2.9 por ciento en el segundo trimestre, acumulando nueve meses de retrocesos, mientras que los servicios, que aportan más del 60 por ciento del PIB, probablemente por el aumento de la demanda interna, crecieron un poco. La industria de la construcción ha sido la más afectada con una caída de casi 3 por ciento.
La diferencia fundamental entre el pasado y el presente parece estar recayendo en la política salarial, tanto en el aumento al mínimo, que tuvo un alza sin precedentes en las últimas décadas, como en los contractuales. El crecimiento de estos últimos ha sido muy moderado, pero se advierte una política distinta. El gobierno y, en particular las autoridades del trabajo no están interviniendo para que las revisiones se den al parejo de la tasa de inflación esperada. Ya no hay interés en ponerle topes a los salarios.
Repartir mejor el pastel, aunque éste no crezca, podría verse como un escenario aceptable. El problema es que esta situación no puede durar mucho tiempo. En el corto plazo, el estancamiento de la producción va a presionar al mercado laboral y la oferta de empleos, al debilitarse, hará que los salarios se vean presionados a la baja. La posibilidad de un repunte de la demanda por el aumento del consumo interno se ve muy complicaa pues el aumento de los ingresos laborales es todavía pequeño, de alrededor de uno o dos puntos porcentuales. A ello hay que agregar las dificultades que ha habido en el ejercicio del gasto, en particular, las transferencias monetarias de los programas sociales.
Un cambio sustancial del esquema de crecimiento requiere una política de inversiones públicas cuantiosa. Por ejemplo, para recuperar la industria petrolera y lograr que la producción de crudo y los niveles de exportación se eleven, al mismo tiempo que mejora la producción de gasolinas y refinados. Igualmente, es necesario detonar otras obras de infraestructura que mejoren las comunicaciones y la red de servicios de salud, sobre todo en las zonas más rezagadas del país. Pero la inversión pública, por su propia naturaleza, tendrá efectos en el largo plazo.
La demanda externa, la exportación, ha sido el motor de la economía mexicana desde los años noventa. A tal punto que el ciclo económico del país se alineó al de Estados Unidos.
Sin embargo el panorama mundial, según diversos analistas, es sombrío. Un reportaje de la Associated Press lo describe así: fábricas con baja producción, negocios paralizados, el crecimiento global que vacila y las dos economías más poderosas del mundo enfrentadas en una guerra comercial. Hace apenas un año, las grandes economías gozaban de un período inusual de prosperidad compartida, pero ahora la globalización parece estar al borde de caer en una grieta similar a la que precipitó la crisis financiera de 2007.
El enfrentamiento entre Estados Unidos y China y el temor a que el ciclo económico muestre tendencias hacia la recesión, está provocando un nerviosismo general. La Europa de la zona euro está registrando un crecimiento de apenas 1 por ciento y Alemania la gran potencia económica de esta región contrajo su producción en 0.1 por ciento. A ello hay que agregar los problemas del Brexit.
La palabra más usual para definir la situación mundial es incertidumbre. Analistas, instituciones y empresarios la dicen todo el tiempo. En parte tienen razón pues no se sabe qué puede pasar con las estrategias proteccionistas de Trump o cuál será la decisión que vayan a tomar los gobernantes del Reino Unido y los dirigentes de la Unión Europea por su diferendo. Las alarmas también están sonando debido a que la calidad del crecimiento en Estados Unidos y Europa ha sido mala. Los problemas de la recesión de 2008 no se han resuelto y en cierto sentido se han agravado. Los instrumentos de política económica están casi agotados (sobre todo en materia de política monetaria) y no se avizoran soluciones nuevas ni en la mente ni en la voluntad de quienes toman las principales decisiones en la conducción de la economía en esas regiones del mundo.
Esa misma palabra, incertidumbre, se ha aplicado retiradamente para describir la situación en México. Pero aquí se mezclan con razones de política interna. Según algunos voceros de los organismos empresariales, la incertidumbre proviene de que se haya cancelado el aeropuerto de Texcoco. Lo que suena más bien a una estrategia de presión para lograr ventajas.
Si el gobierno pudiera desatar para el próximo año (mediante una reforma fiscal o cualquier otro medio) una cantidad de recursos suficientes para estimular el crecimiento mediante inversiones bien planeadas y ejecutadas es probable que nuestra incertidumbre interna pasaría a un segundo plano.
El frente externo es el que realmente puede convertirse en el problema más difícil de resolver. Las relaciones con Estados Unidos enfrentan diversos problemas conectados desgraciadamente con la campaña por la reelección de Donald Trump. Tenemos en esta agenda principalmente la aprobación del T-MEC (el Acuerdo comercial trilateral), el tema de la migración, y las políticas proteccionistas que afectan directamente al país. En el primer caso, nadie pude asegurar que el voto aprobatorio en el Congreso de Estados Unidos esté asegurado. O que éste se lleve a cabo de inmediato. Y aunque el tema migratorio parece estar en un impasse, el hecho de que Trump lo haya ligado a sanciones comerciales lo convierte en un tema que abona a la incertidumbre.
Así que la suma de incertidumbres, internas y externas, puede convertirse en un factor real que impida el crecimiento de México para éste y el próximo o próximos años.
Por ello, las medidas que puedan tomarse ahora, en estos meses, cuando la recesión aún no se ha presentado, serán vitales: la definición de un presupuesto más expansivo y un ajuste de las prioridades del gasto público para detectar fallas, desperdicios y retrasos. En pocas palabras, una revisión profunda de la estrategia económica que rescate los componentes esenciales que la animaron desde el principio: una mejor redistribución del ingreso mediante una política salarial más flexible y progresista; fomento al empleo; recursos a programas sociales esenciales, sobre todo en educación y salud. Revisar metas, evaluar los instrumentos y cambiar lo que sea necesario. Antes de que la incertidumbre se convierta en hechos consumados.

saulescobar.blogspot.com