EL-SUR

Sábado 22 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

La economía solidaria y su contribución a la construcción de la paz

Jesús Mendoza Zaragoza

Agosto 12, 2019

Crisis social y crisis ambiental son los dos lados de una misma crisis. El grito de los pobres y el grito de la Tierra vienen del mismo dolor causado por una organización de la economía que funciona para el lucro y la comercialización de todo y, también, por el uso del poder para excluir. Estamos reunidos aquí porque estamos inconformes e indignados por esa economía que mata; mata a la Tierra y mata a la humanidad; mata a los pueblos y mata a las familias. La economía impuesta a la fuerza ha causado una verdadera devastación que hay que frenar de una manera decidida. Y estamos aquí también porque andamos buscando una alternativa. No nos conformamos con denunciar o manifestar nuestra indignación. También queremos construir una economía diferente; una economía que promueva la vida en abundancia, una economía que mire al ser humano y a la Tierra con respeto y con veneración. Necesitamos una economía que cuide al ser humano y a la Tierra en lugar de explotarlos y de despojarles de su dignidad.
Por eso estamos aquí: porque creemos que una economía diferente es posible. Y ya se ha ido articulando por muchas partes, en discretas y humildes experiencias de economía solidaria, en las que no es el mercado la mano poderosa que la mueve, sino la solidaridad y el trabajo compartido. Aplaudo la iniciativa de este encuentro en el que podemos escucharnos y podemos visualizar un horizonte esperanzador para construir una economía desde abajo, desde el mundo del trabajo, una economía que dignifique a todos y trate empáticamente a la Tierra.
La violencia y la inseguridad que padecemos en Guerrero han ido causando destrozos desde hace más de una década. Nos han dañado a todos, pero los más agraviados son los de siempre: los pobres, los jóvenes, los desempleados, los indígenas, los campesinos, los trabajadores, los obligados a acrecentar la economía informal, incluso, muchos que han tenido que migrar a los espacios de la delincuencia organizada para poder sobrevivir. El hecho es que la violencia y la inseguridad se han mantenido porque tienen un factor económico muy poderoso: la organización neoliberal de la economía que se nos ha impuesto, que por naturaleza es excluyente y depredadora.
El gobierno federal ha declarado, al menos en el discurso, la abolición del modelo neoliberal. Como buena intención está bien, pero sabemos que no basta, pues este monstruo está sostenido por las poderosas trasnacionales que en el ámbito global tienen el control de la macroeconomía. Es de esperarse que desde el ámbito del gobierno federal se vayan dando pasos para debilitar esa economía que mata y para fortalecer políticas públicas orientadas a mejorar las condiciones económicas de los mexicanos.
Pero la intervención del gobierno no será suficiente. Se requieren iniciativas de intervención social para cambiar el modelo económico desde abajo, desde las comunidades y desde los pueblos, desde los grupos organizados. Es aquí donde entra la economía social y solidaria, que mediante procesos educativos y de organización, plantea otra forma de construir la economía de manera autónoma ante el mercado y ante el Estado, los dos grandes referentes modernos, que han determinado la configuración de la organización económica. Así, se han dado aquéllas configuraciones en las que prevalece el poder del mercado como en el capitalismo o libre mercado, o aquéllas en las que el Estado planifica la economía, como en los diversos casos de socialismo. Estado y mercado son dos construcciones humanas que han pretendido responder a las necesidades del ser humano y de la sociedad y han regulado formas diferentes de relaciones económicas desde planteamientos contrarios.
La economía solidaria, como forma de organización de la economía, tiene un origen anterior al del mercado y al del Estado. Originalmente, la familia y la comunidad (clan, tribu, etc.) fueron las encargadas de proveer de lo necesario en el desarrollo de los pueblos. Se trataba de una economía centrada en el cuidado mutuo: el cuidado de las personas, de las familias y de la comunidad, y, desde luego, el cuidado de la naturaleza. Estos rasgos culturales de este tipo de organización económica se conservan aún en muchos pueblos indígenas que mantienen modelos comunitarios para proveerse de bienes y servicios.
Por otra parte, la economía solidaria atiende, como prioridad, a las necesidades locales de desarrollo, muy diferente al modelo económico de las trasnacionales que excluyen el desarrollo local en sus proyectos de desarrollo. Tenemos en Guerrero, por ejemplo, los casos de las empresas mineras, que han explotado los recursos naturales dejando sólo devastación social y ambiental. Las comunidades locales en lugar de ser beneficiadas por estos grandes proyectos resultan perjudicadas gravemente. La economía solidaria parte de las necesidades locales y da prioridad a la satisfacción de esas necesidades, simplemente porque su primera preocupación no es el lucro ni la acumulación sino el cuidado de la comunidad.
Otra preocupación de la economía solidaria es la valoración del trabajo, de la fuerza de trabajo, no concebido como una mercancía que el trabajador vende y que el dueño del capital compra, sino como un medio fundamental de desarrollo humano, personal y comunitario. El trabajo se desarrolla en una perspectiva humanizadora, en cuanto que no sólo tiene finalidades económicas, sino también finalidades humanas, tales como el desarrollo de habilidades, el servicio a la comunidad y la interacción humanizada con la naturaleza. El trabajo se convierte en un medio de dignificación de las personas, de los pueblos y del medio ambiente. El trabajo es el gran motor del desarrollo, muy al contrario de la ideología del capital que nos insiste en que son las inversiones de dinero las que determinan el bienestar de las personas y de los pueblos.
La economía solidaria como modelo socioeconómico alternativo, pone de manifiesto la necesidad de que la política y la economía se pongan al servicio de la vida y de que se centren en su responsabilidad social y en la preservación del medio ambiente. Otra economía es posible, podemos decir cuando logremos que la política y la economía sean alineadas en torno a la dignidad humana y al bien común. Esa podría ser parte de nuestra visión: no sólo hacer proyectos y más proyectos que beneficien a grupos, comunidades y pueblos, sino lanzar una mirada estratégica de transformación social. Al neoliberalismo hay que abolirlo desde abajo, desde los aparentemente insignificantes espacios de las comunidades. Hay que construir una base social de esta forma de mirar y de construir la economía. Hay que mirar lejos.
Después de describir algunos de los trazos que considero fundamentales en la economía solidaria, quiero formular una pregunta: ¿cómo puede contribuir esta forma de pensar y de construir la economía a la construcción de la paz?
De entrada hay que reconocer que esta espiral de violencia que padecemos en el país tiene factores económicos determinantes. Tenemos una economía que mata. Asesina la vida en todas sus formas. Literalmente, asesina a hombres y mujeres, asesina comunidades, asesina esperanzas. Mata la vida y mata el espíritu, mata sueños y mata la memoria.
El modelo económico que se nos ha impuesto es, por naturaleza, excluyente. El neoliberalismo rinde culto al dinero sacrificando seres humanos y los recursos naturales. La construcción neoliberal es un homenaje al individualismo exacerbado y convierte todo en mercancía. La delincuencia organizada es la coronación misma de esta economía que le pone precio a todo: a la vida, a la seguridad, a la salud, a las personas, a la familia, a la comunidad, a todo. ¿O no es esto lo que hacen los secuestradores, extorsionadores y sicarios, al ponerles precio a las personas y a las familias? ¿No son ellos los más aplicados aprendices de las lecciones neoliberales?
Este modelo económico está detrás de los graves problemas económicos que padece nuestro país, modelo que ha favorecido la corrupción política y la descomposición social. Ha seducido a las élites, que resultan siempre favorecidas del todo. Ante este hecho, la economía social es una verdadera alternativa a este monstruo que tiene como dogmas la acumulación del dinero y el consumismo. Si en el corazón del neoliberalismo está el lucro, en el corazón de la economía solidaria está la persona humana, la comunidad y la casa común, el planeta. Si el motor de la economía neoliberal es el mercado, el motor de la economía social es el trabajo solidario. Esta alternativa económica puede ir desactivando poco a poco los resortes neoliberales para ir desarrollando una economía de rostro social y sustentable. Y la paz viene a ser la resultante de esta transformación económica debido a que se reducen las causas económicas de la violencia. Hay que reconocer que estamos hablando de una transformación sistémica que tiene que preverse a largo plazo. Por eso, repito: hay que mirar lejos.
Una segunda forma en la que la economía solidaria contribuye a la construcción de la paz está en su impacto social. Tenemos que reconocer que contamos con una sociedad enferma con signos graves de descomposición. Una sociedad infectada de individualismo, de indiferencia, de miedo y de frustración, una sociedad dispersa y fragmentada. Tenemos una sociedad que no cree en sí misma, que ha perdido su autoestima. Una sociedad discapacitada para la democracia real y para el trabajo en común. Esta sociedad necesita un remedio proporcional a sus males. Requiere sanación y reconstrucción. Una sociedad tan débil y tan fragmentada como la que tenemos está destinada a ser víctima de la economía y de la política, del Estado y del mercado. La sociedad necesita fortalecerse para estar en condiciones de reorientar al Estado y al mercado en función del bien común.
Esta sociedad necesita ser sanada. Una opción está en la reconstrucción del tejido social. Hacen su agosto los partidos políticos, las mafias y las trasnacionales donde hay sociedades débiles, donde hay pueblos divididos y donde hay comunidades fragmentadas. El gran desafío social está en deshacer el anonimato y en fortalecer lazos comunitarios en el campo y en la ciudad. Y esto es posible, sólo que necesita de un trabajo cuidadoso y paciente. Y la economía social y solidaria puede ser uno de los grandes detonantes del necesario esfuerzo social para la paz. Si tocamos las necesidades básicas de la gente y hacemos propuestas atractivas y acompañamos procesos, aunque sean modestos, puede ir creciendo una red de comunidades que desarrollan iniciativas de cooperación y de solidaridad. La economía solidaria se puede convertir en el gran pretexto de cohesión social, que tendría que acompañarse de procesos educativos, de procedimientos democráticos y del fortalecimiento de las familias.
Yo creo que sin la necesaria contribución de la sociedad no tendremos en México una paz sostenible porque ésta dependería del arbitrio del Estado y de los berrinches del mercado. La paz no nos la puede construir el gobierno, del color que sea. Éste tiene que poner las condiciones para alinear el mercado en la perspectiva de la paz. La paz sostenible viene de abajo, de la gente organizada, de las comunidades, de los pueblos, de modestos procesos comunitarios, viene de una sociedad fuerte, tan fuerte que es capaz de poner en el lugar que les corresponde tanto al Estado como al mercado. Desde la sociedad, hay que recuperar al Estado y al mercado, hay que recuperar la política y la economía, hay que recuperar los territorios. Pero tenemos que comenzar por recuperarnos a nosotros mismos, por creer en nosotros mismos, empezando a abrir caminos de solidaridad social.
Y una magnífica opción nos la ofrece la construcción de la economía social y solidaria. Gracias.
* Texto leído en el Primer Foro de Pomotora Nacional de Economía Social (Pronaes) el pasado 8 de agosto en Acapulco.