EL-SUR

Lunes 24 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

La educación como proceso transformador

Jesús Mendoza Zaragoza

Enero 28, 2019

Es recurrente el discurso moral del presidente Andrés Manuel López Obrador, en el que destaca la relevancia de los valores morales, necesarios para la Cuarta Transformación que promueve. El contexto del combate al robo de los hidrocarburos ha mostrado una profunda miseria moral de la sociedad, como un efecto de las grandes tendencias de corrupción de la clase política nacional que se ha ido destapando en Pemex durante las últimas semanas. Al robo sistemático de cuello blanco ha correspondido la rapiña de las clases marginadas.
En el mensaje que López Obrador dirigió en Tulancingo, Hidalgo durante la presentación de los programas integrales de desarrollo, incluyó una arenga moral. Transcribo un fragmento que me parece elocuente: “… todos los seres humanos podemos mejorar nuestra actitud, todos los seres humanos. El ser humano no es malo por naturaleza, son las circunstancias las que llevan a muchos a tomar esos caminos. (…) Que todos ayudemos orientando, que todos ayudemos fortaleciendo valores culturales, morales, espirituales. Diciéndoles que es mejor dejar a los hijos pobreza, pero no deshonra. Decirles que es mucho mejor tener el respeto de los demás. Decirles que la verdadera felicidad no son los bienes materiales o las riquezas, o la fama o los grados. La verdadera felicidad es estar bien con uno mismo, estar bien con nuestra conciencia y estar bien con el prójimo. Esa es la verdadera felicidad. Decirles a todos que sólo siendo buenos podemos ser felices. Hay que fortalecer nuestros valores. Que logremos la transformación no sólo porque mejoren las condiciones materiales de vida. No sólo es el bienestar material; es también el bienestar del alma, fortaleciendo valores, que tenemos muchos en nuestro país; nuestro pueblo es bueno, nuestro pueblo es honesto, nuestro pueblo es trabajador…”.
Aunque me parece discutible la visión del ser humano y del pueblo como “buenos” por naturaleza, me parece que el fondo del discurso tiene la calidad de un llamado a la honestidad en el ámbito de la sociedad. En el contexto de la corrupción en Pemex en la que están involucradas élites políticas, empresariales y mafiosas, se ha manifestado la rapiña de un significativo segmento de la sociedad.
El punto que quiero destacar ahora es que, si bien el llamado del presidente a la honestidad y a promover valores morales es oportuno y valioso, no es suficiente. Apelar a valores morales, culturales y espirituales es indispensable si queremos la deseada transformación del país. Bien lo dice López Obrador, que no es suficiente contar con mejores condiciones materiales de vida y que hay que orientar la vida hacia el bienestar y la felicidad, como realidades espirituales. Esta argumentación es importante, pero no es suficiente para afrontar los niveles de descomposición social que tenemos en el país, sobre todo donde la delincuencia organizada ha impuesto sus reglas y patrones de conducta mafiosos.
Así las cosas, la pregunta que se impone es: ¿qué se necesita hacer para que la transformación cultural, moral y espiritual que predica López Obrador se abra camino? Porque sin esta transformación no habrá Cuarta Transformación posible. O será simulada. O será muy vulnerable. La respuesta no es fácil ni simple. Así como es complicada la situación del país, así es de compleja la respuesta. Pero hay que abrir caminos, y el gobierno tiene instrumentos en sus manos. En mi opinión, el instrumento privilegiado para esta transformación es la educación. La conciencia puede ser transformada mediante procesos educativos, a veces largos, costosos y profundos. No bastan llamados, discursos o predicaciones. Se requieren procesos educativos que inspiren valores, actitudes, conductas y relaciones capaces de regenerar a las personas, a las familias, a las comunidades y a la sociedad toda. La educación puede ser el gran instrumento que ayude a la construcción de una ciudadanía sustentada en principios morales, tales como la solidaridad, el bien común, la participación, etc., y de valores tales como el amor, la libertad, la verdad y la justicia. Ni nos imaginamos las grandes potencialidades que la educación incluye, si es que se establece un modelo educativo que responda a estas necesidades del país. La experiencia de otros países que han logrado un desarrollo con más equidad y susentabilidad mediante la educación, nos lo demuestra. Evidentemente, hay otros espacios educativos básicos como la familia, pero la escuela puede tener un papel propio y decisivo.
Al respecto, quiero decir que, si la reforma educativa que emprendió Peña Nieto ya fue cancelada por el nuevo gobierno, seguimos aún en suspenso. Esta sería la gran oportunidad para plantear un modelo educativo con la capacidad para construir ciudadanía, una ciudadanía capaz de participar en las grandes transformaciones que el país requiere.
La educación tiene la virtud de forjar cultura, y las transformaciones económicas y políticas que necesitamos requieren también de una transformación cultural. Una profunda transformación económica y política del país hace indispensable la transformación cultural correspondiente. No basta cambiar las condiciones objetivas –estructuras, instituciones– para que transitemos hacia una mayor justicia, hacia la paz y la reconciliación nacional. Se requiere también cambiar las condiciones subjetivas, tales como la creatividad, la criticidad, la integración afectiva, la apertura a la trascendencia y la solidaridad. El cambio de la conciencia personal y colectiva es decisivo. Estamos hablando de una trasnformación cultural, espiritual y moral, al mismo tiempo.
Muchos estamos esperando el anuncio de una verdadera reforma educativa que esté al nivel de las necesidades del país, entre las cuales está la generación y el impulso de una cultura con un alto sentido ético, una cultura que haga posible el tránsito hacia la paz con democracia participativa y con desarrollo integral y sustentable.