Ángel Aguirre Rivero
Mayo 30, 2025
Fui senador de la República. Estuve en el pleno cuando llegaban las ternas propuestas por el Presidente para ocupar un asiento en la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Las decisiones se tomaban arriba, lejos del pueblo, bajo acuerdos entre cúpulas, con reparto entre el partido en el poder y la oposición. No había deliberación, no había consulta, no había voto ciudadano. Era, hay que decirlo, un procedimiento profundamente autoritario.
Hoy, desde otra trinchera y con la serenidad que da el tiempo, veo con entusiasmo cómo México se atreve a sacudir las bases de ese viejo sistema. Por primera vez en más de dos siglos, las y los ciudadanos podrán votar para elegir a quienes ejercerán el poder más delicado: el de juzgar.
Pese a las críticas y señalamientos que ha recibido, este momento representa uno de los hechos más importantes en la historia constitucional del país.
Durante décadas, el Poder Judicial ha operado como una élite, ajeno al escrutinio público. Lo hemos visto atrapado en escándalos de corrupción, nepotismo, acoso sexual y resoluciones que, en muchos casos, favorecen al poder económico o político, incluso poderes fácticos antes que a la justicia.
En días pasados, me reuní con cientos de ciudadanas y ciudadanos de Acapulco: profesionistas, transportistas, líderes comunitarios, ex presidentes municipales, mujeres y hombres que, como yo, creen que ya no basta con que la justicia sea técnica; también debe ser legítima. Por eso me pronuncié a favor de la elección judicial.
¿Quién mejor que el pueblo para decidir quién debe impartir justicia? ¿Por qué seguir confiando esa decisión a la Presidencia de la República que se traslada como ya dije a tan solo 128 senadores (recibíamos la boleta con el nombre ya marcado), cuando podemos transferirla a millones de mexicanas y mexicanos? Esa es, en el fondo, la gran transformación: dejar de ver la justicia como un asunto de élites para convertirla en una institución que responda a la voluntad democrática.
En mi experiencia como gobernador, sufrí decisiones judiciales profundamente injustas, como aquella emitida por el ministro José Ramón Cossío, que terminó afectando al erario de Guerrero en más de 200 millones de pesos, a favor de un grupo empresarial. Decisiones tomadas desde la comodidad de un escritorio, sin sensibilidad hacia un estado con rezagos sociales históricos.
Las quejas contra el sistema judicial no son fabricaciones: mujeres que denuncian violencia y son ignoradas; trabajadores que no pueden litigar despidos injustos; madres sin pensión alimenticia; ciudadanos agraviados por sentencias incomprensibles. Si el sufragio puede devolverle dignidad y legitimidad a esa estructura, hay razones para apoyar esta reforma.
Según estimaciones de expertos electorales, la participación en esta elección podría rondar apenas entre el 6 y el 15 por ciento del padrón. ¿Queremos transformar la justicia sin la voz del pueblo? ¿Podemos dejar que otros decidan por nosotros, otra vez?
Además hay intentos de boicot. La CNTE ha anunciado que saboteará el proceso. Alegan que se trata de una maniobra del poder para controlar al Poder Judicial. Pero una cosa es disentir, y otra muy distinta es cancelar la voluntad popular. En una democracia caben todas las voces, incluso la crítica, pero no la imposición violenta ni la exclusión.
Por eso hago un llamado franco a las y los guerrerenses: vayamos a votar. Este no es un proceso menor. Es un parteaguas. Si México ha de tener un Poder Judicial más justo, más humano y más cercano a la gente, eso solo será posible si la ciudadanía lo exige votando, informándose, participando.
La justicia que queremos no vendrá sola. Tenemos que construirla. Y el primer paso es participar.
Del anecdotario:
En estos días he vuelto a leer las memorias de Gonzalo N. Santos, el Alazán Tostado, quien fuera uno de los caciques más feroces y gobernador de San Luis Potosí, allá por los años 50.
Famoso por su frase “Sólo el gavilán no chilla, porque además si chilla espanta a su presa”.
Hoy con mucho trabajo pude conseguir su libro en Mercado Libre, pues hace algunos años un querido amigo me lo obsequió, pero en los ajetreos lo extravié. Y ahora tuve que pagar 2 mil 500 pesos por el único ejemplar que encontré en esa plataforma. Me dolió el codo pero valió la pena.
Les comparto una de las anécdotas que le tocó vivir ni más ni menos que a Mario Moreno Cantinflas, con el cacique mayor Gonzalo N. Santos: El 30 de mayo de 1949 se acordó una carrera de caballos entre estos personajes: el jinete del mimo ganó ampliamente, por lo que Gonzalo N. Santos pidió una nueva carrera, a lo que Cantinflas se negó rotundamente.
Al día siguiente en la hacienda Taniul, propiedad de N. Santos, al calor de los tragos, el entonces gobernador le propone a Cantinflas comprarle su rancho y también el caballo que había ganado al suyo.
Al jugar algunas bromas Cantinflas al general Santos, quien se dice era “mala copa”, éste se levantó de su silla para amenazar al más grande mimo de México: “A mí ningún peladito me va decir lo que tengo que hacer, asi que se me va mucho a la chingada de estas tierras, o ya no la cuenta, soy el gobernador y el Alazán Tostado”.
A partir de ese día, Cantinflas empezó a espaciar sus visitas, hasta que en 1952, ya nunca más volvió a la huasteca potosina.
Así se las gastaba el autor de la frase “el gavilán no chilla”. El mismo que dijo que “la moral era un árbol que da moras”.
La vida es así…