EL-SUR

Sábado 20 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión

La elegancia como nutriente literario

Federico Vite

Enero 21, 2025

Le strade di polvere (Italia, Einaudi, 1987, 240 páginas ), de Rosseta Loy, es una novela con un tipo de magia inusual en el Continente Literario. Permite al lector sentirse en buenas manos, pero nunca cómodo. Todo lo que ocurre en la historia está perfectamente anudado. Tiene el privilegio de ser un producto bien hecho. El problema es el siguiente, ¿por qué una historia como ésta no se lee tanto?
Loy fue una escritora afincada en Roma. Falleció en 2022. Tuvo algunos premios y el reconocimiento de sus colegas, pero hay algo en este libro que lo acerca a situaciones como las que plantea Juan Rulfo en Pedro Páramo (1955). Espectros, fantasmas muy presentes y edificaciones viejas que emiten más que ruidos y generan sospechas. Pero a la par de estos aspectos, se desarrolla la vida de una burguesía extraviada, que no es ni francesa ni italiana, pero se alienta de ambas y busca darle sentido a un abolengo cada vez más rancio.
La autora narra que una hacienda de Monferrato, ubicada en esos caminos polvorientos (una alusión al título del libro), fue creada por el Gran Masten, el patriarca de quien nadie conoce el nombre porque se destruyeron los registros burocráticos durante las primeras incursiones napoleónicas.
Se pone en relieve a los italianos que combatieron en las guerras napoleónicas y quienes, al regresar a casa, iniciaron la vida de la Italia unificada. Pareciera muy simple contar las vicisitudes de un familia, pero eso involucra a los hijos (Scarlott, Giai, María) y a los nietos (Gavriel, Luis, Magna Munja, Manin y Gioacchino) y a los bisnietos (Duardin, Sofía, Evasio, Piulott). Sobre la página escrita, lo que encuentra el lector es el resultado de narrar con mucha habilidad, y destreza usos y costumbres, fiestas, ciertos desplantes humanos que en esa época tenían una mayor resonancia: “Emprender una cabalgata por días para conseguir una buena peluca con la que la mujer de la casa pudiera lucirse en un baile”. Loy especifica actividades domésticas, por ejemplo, conseguir plantas para cocinar, cuidar las hortalizas, proteger los viñedos, alimentar a los animales, cuidar los árboles, abastecerse de agua, lidiar con el lodo, la nieve y el viento.
Loy narra sin prejuicios. No tiene un aparato ideológico para criticar a los burgueses, ni para destacar la vitalidad de los pobres, simple y sencillamente da cuenta de los vicios y los errores de una comunidad, de los excesos y las estupideces de un familia, de los estrambóticos despliegues de humanidad que prodiga la vida entre guerras en Monferrato (uno de los más valiosos distritos vinícolas de Italia, ubicado en la región del Piamonte, entre las provincias de Alessandria y Asti).
La voluntad de narrar cien años, entre los finales de 1700 y las postrimerías de 1800, implica un ejercicio de imaginación sostenido durante 230 páginas. Loy cuenta la vida de los personajes como si tuvieran la misma jerarquía. Lo mismo habla de Masten que de la Sirenia (una mujer que en su juventud embelesaba a todos con su cuerpo y con su voz), la autora les confiere el mismo valor dentro de la trama. Detalla hechos esenciales, pero no explota a un puñado de personajes sino que recurre a bastantes para abrir los senderos narrativos. Imita ese proceso de pulido y encerado en los muebles de madera, pues el texto esté perfectamente liso, sin astillas ni imperfecciones que estropeen un buen acabado.
Es una historia simple, cierto, pero bien escrita. Posee una línea de tiempo aristotélica y son perfectamente identificables los actantes principales; sobre todo, la casa y las dimensiones del inmueble, los espacios que permiten el desarrollo de la trama. Esta aparente facilidad, disfrazada por la vida rural del siglo XIX, le permite a la autora regodearse en la creación de una existencia diseñada sólo para estos personajes. Insisto, parece muy sencillo darles vida, verlos enamorarse, ir a la guerra y morir, además, no sucede nada espectacular. Se trata de la vida a secas. Estamos ante otro ritmo de la existencia, literalmente otro mundo en el que la casa suele manifestarse con sonidos, sombras y recuerdos intensos. “(…) contó que luego de avanzar por la calle de Giarole le habían seguido pasos que se detenían cuando él se paraba. Y cada vez que se giraba no lograba ver a nadie; atrás de él la calle aparecía siempre vacía, blanca (por la nieve) bajo la luna. En cambio, a Piulott le vinieron los escalofríos y se cobijó las piernas bajo la seda porque siempre temía que algo invisible le jalara los pies”.
El trabajo del narrador es estupendo, une todos los puntos equidistantes y los diálogos entre personajes son esenciales. Aunque la vida rural no se antoja mucho, Loy hace que la historia resulte memorable y verosímil. Es un proyecto eficaz, no espectacular ni rimbombante.
El retrato de una familia ya lo hemos leído (García Márquez e Isabel Allende), pero no es realismo mágico lo que elaboró y propuso Loy. No. Se trata de naturalismo con aspectos paranormales, pero no se trata de hechos abandonados a la “magia”, pues la carga sensible de las actividades de los ancestros se hace presente en la trama. Está más cerca de Almas grises (2005), del escritor francés Philippe Claudel, que de La casa de los espíritus (1982).
A mí me llama la atención que la autora grade el tiempo con guerras. Por ejemplo, Luis va a luchar en 1848 y se enfrenta a tres austriacos. Loy dice así las cosas: “El día era irreal y el sol estaba alto, más allá de los árboles. Luis avanzaba a buen trote. Se enfrentó a tres austriacos. Usó la bayoneta para atravesar al primero, después atacó al otro; el tercero huyó”. Con este ejemplo ilustro la elegancia para dar cuenta de un hecho.
Varios personajes mueren a causa de enfermedades; pero es entrañable lo que le ocurre a Manin. Vivió dieciocho meses. Se le recuerda como un infante contundentemente hermoso al que todos querían besar. Un prodigio que en un mundo como el nuestro no dejaría de ser una mera anécdota, pero en lo rural adquiere visos de hallazgo; indica que los tiempos mejores se han ido y todo lo que viene será más tosco, más romo y feo. “Lo bello no puede vivir en la confusión”.
Hace mucho tiempo que no me encontraba con este tipo de literatura, algo que no trata de ser más, sólo literatura, simple literatura, pero bien hecha. Es un proyecto que hace olvidar la urgencia de la publicidad. Le strade di polver podría considerarse “literatura de museo”. Un libro ambicioso en lo estrictamente literario, porque lo importante es narrar.
Es un bocadillo exótico, cocinado a fuego lento. Algo que ya no sabemos apreciar. Pasa lo mismo con la comida chatarra y la comida nutritiva. Loy ofrece otra perspectiva a lo que ahora presenta el mercado editorial. Y no es que sea mejor esta propuesta, simplemente se trata de algo nutritivo, distinto a lo reciente. Si secretamente desea escribir una novela, aprenda de esta autora, no le va a decepcionar, algunos de sus libros fueron editados por la editorial española Salamandra.

*La traducción de las frases entre comillas es mía.

@FederíVite