EL-SUR

Sábado 04 de Julio de 2026

Guerrero, México

Opinión

La escritura en manga corta

Federico Vite

Mayo 06, 2025

NW (Estados Unidos, Penguin Press, 2012, 401 páginas), de Zadie Smith, es una de esas novelas en las que se percibe el esfuerzo del autor por cambiar la estructura de una novela. Claro, no hablo de una desplazamiento radical en el que todo es distinto, como hubiera ocurrido con Pale fire (1962), de Vladimir Nabokov, sino que a su manera, Smith trata de darle la vuelta a moldes manidos.
Nunca le viene mal a un escritor remozar la estructura de sus libros, hacer juegos tipográficos, modular de otra forma el contenido del texto en la hoja, hacer cambios en los espacios entre línea y línea, jugar con el uso de mayúsculas y minúsculas; recurrir a la ficción breve para dar cuenta de los hechos de un apartado del libro e incluso crear algunos caligramas. Tampoco le viene mal entender a un autor que la página en blanco es un lienzo, no una tortura ni una consigna empresarial. Aunque a veces parece que sí.
Smith le da un tono, ritmo y estructura sui generis a NW. Claro, lo que más llama la atención es que esta autora quiera darle seguimiento a personajes crecidos en un barrio de Londres. Me refiero a North West (que en realidad se trata de uno de los 13 distritos de códigos postales). Los protagonistas son Leah, Natalie, Felix y Nathan. Nativos de un barrio en el noroeste de Londres. Ahí crecieron, pero en la medida que se hicieron adultos empezaron a mudar de pensamientos, de ideales y de apetencias sexuales. El libro se divide en 5 partes y cada una de ellas tiene un personaje principal; la obertura es Visitation, cuyas acciones recaen sobre Leah Hanwell; el segundo apartado es Guest, en el que Felix Cooper lleva el papel central de su infierno personal; el tercero es Host, capitular extenso en el que Keisha Natalie presenta muchos de los temas de actualidad, sobre todo, en lo relacionado con la sororidad y las desavenencias en la etapa adulta de dos mujeres exitosas. El cuarto y quinto capítulos (Crossing y Visitation) son una mezcla de todos los problemas entre los personajes. Es aquí donde las historias se cruzan, se desanudan, se tensan y finalmente se resuelven. Aparte de Nathan, Leah, Natalia y Felix aparecen otros tantos actantes secundarios que ayudan a darle un cierre prudente a la experiencia vital de los personajes que a pesar de todo (lo bien o lo mal que les vaya) se sienten parte del viejo barrio donde crecieron.
Pero lo interesante, y por lo que yo traigo a cuento este libro, es que muchos de los capítulos parecen estar construidos en voz alta. Es decir, aunque la intimidad de los actantes está expuesta, los sueños, los vicios los anhelos, los deseos, todo circula sin esa idea de intimidad; insisto, como si estuviera en voz alta la proposición narrativa: “La amorosa voz sale de las bocinas en el café del parqué. Natalie Blake y su amiga Leah Hanwell tenían un largo acuerdo en el que esa voz sonaba como Londres –especialmente en el Norte y en la zona Noroeste–, como si el dueño de esa voz fuera un santo patrón de los vecindarios. ¿La voz es algo de lo que tú puedes apropiarte? La hija de Natalie y muchos otros niños estaban brincoteando, arriba y abajo, y bailando esa canción, sus parientes discretamente afirmaban con la cabeza. El sol salió. Desafortunadamente Lea Hanwell estaba como siempre, tarde, y pronto terminó la canción, eso le daba unidad a este barrio de Londres”. Habla de una canción que se ponía a determinada hora en el parque y que fungía como un punto de encuentro para varias generaciones de paseantes.
En otra escena, una pareja conversa sobre las cosas que no les permiten crecer, en especial, hablan acerca de los vicios que aún preserva Felix, quien intenta salir de las drogas y de la mala vida que le da la pobreza, pero por más que busca la salida ese trance oscuro no puede. Los amigos se encargan de recordarle que su caso es una broma de mal gusto y su pareja le habla con encono: “Tú eres una de esas almas optimistas que siente que llega a ser una nueva persona cada siete años, una vez que las células se han regenerado –páginas en blanco, inicia todo otra vez–, nunca más serás lo que fuiste antes. Ahora es tiempo de que yo tenga una nueva relación. ¿Entiendes?
Yo estoy fuera de todo eso, dijo Felix y se alejó caminando”.
La novela contrasta las clases sociales; sobre todo porque a una de las mujeres de este barrio, “en el que pasan muy pocas cosas y siempre que hay un drama todos quieren ponerse en el centro de la foto”, hizo dinero como abogada y cambió por completo; de inicio, se mudó a un mejor lugar, pero conservó a sus amigos y los invitaba a fiestas con las nuevas amistades; durante una comida, por ejemplo, los viejos amigos decían palabras como “esa negra sucia”, “ese negro ladrón”, pero los demás conversaban sobre las noticias recién publicadas en los diarios, sobre los políticos y sobre las decisiones gubernamentales. ¿Cómo seguir siendo amigo de alguien que ya no encaja ni en las conversaciones? La respuesta no es fácil. Zadie propone la honestidad como único recurso. Es decir, ellos, en la medida que enfrentan problemas sexuales, económicos y emocionales, recuerdan su vida en el barrio y lejos de una alegato a favor de la identidad (muchos de ellos son de padres extranjeros), entienden que la vida en ese barrio les ayudó a modular muchos comportamientos, matizó conductas y la respuesta de todo esto se dibuja como la conminación a la tolerancia. Bajo esa óptica se afianzan los vínculos de la novela, con el viejo y útil recurso de la tolerancia y el autoconocimiento.
Me agrada que NW abreve de la cotidianidad y tenga la intención de crear una estructura parecida a esa cotidianidad, algo que conlleva lo efímero de la existencia. Smith recurre a todo lo que tiene a la mano, incluso a los caligramas para darle un poco de sentido (y juego) a disquisiciones que sólo ocurren en la mente de los personajes, pero tienen una impronta tipográfica en el libro y el lector aprecia esa intención porque esa intimidad está descrita para conocerse sin filtros: “Leah cree en la objetividad de dormitorio: Aquí está recostado un hombre. El hombre es más hermoso que la mujer. Y por esa razón han tenido momentos en los que la mujer ha temido que ella ama al hombre más de lo que el hombre le ama. Él siempre niega eso. Pero no puede negar que es más bello. Es fácil para él ser tan bello. Su piel es oscura y envejece mucho más lento. Él tiene una estructura ósea del oeste de África. Es un hombre acostado, desnudo. Ellos han tenido mucho sexo anal, mucho sexo oral. Han tenido tiempo de conocerse. Él no puede entender la preocupación de ella”.
Por momentos, el narrador omnisciente pareciera la voz en off de una serie similar a Friends, pero no se tome esto como una burla, sino como una necesidad expresiva, un recurso para sacar a la novela de ciertos moldes heredados por las obras del siglo XIX. “El único autor” intenta cambiar el tono de las novelas serias, por eso Smith recurre a lo coloquial y ensambla también un proyecto metaliterario. Estamos, bien vale la pena señalarlo, ante una escritura muy personal. Hablo de un libro escrito en manga corta, lejano de aquellos proyectos en los que el frac, el monóculo y la pipa forman parte de la proposición estilística de la prosa.
Entiendo que sobre los hombros de Smith –después de White teeth (2000), On beauty (2005), Swing time (2016) y The Fraud (2023)– reposa la esperanza de la novela hecha en Londres, pero ella se lo toma con mucha calma y se permite ser natural, sin filtros ni pirotecnia, sin engolamientos, a eso se debe que el tono de Smith siempre tenga esta vitalidad que no se copia ni se puede plagiar, un sello que la da identidad y estilo. Eso nadie puede negarlo.

* La traducción de las frases entre comillas es mía.
@FederìVite