EL-SUR

Jueves 11 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

La estatua del hombre tigre

Silvestre Pacheco León

Mayo 08, 2016

Los hechos inesperados que vivimos en Chilpancingo Suria y yo, nos detuvieron en el viaje que habíamos planeado a la ciudad de Iguala, pero la recompensa vino a nosotros a través de Elba, nuestra amiga periodista, recién llegada a la capital, en la misma misión de reportar para su periódico los sucesos relevantes que se estaban viviendo en el estado.
Después de la azarosa recuperación de la cámara de manos del ladrón que se escudaba en uno de los grupos acampados en el zócalo, mis compañeras y yo consideramos justo turistear para satisfacer la curiosidad de Suria, interesada en conocer el auditorio Sentimientos de la Nación, construido a unos pasos del palacio de gobierno, en la moderna zona de desarrollo urbano, que impulsó René Juárez Cisneros.
El recorrido valió la pena porque Suria y Elba admiraron como yo en esa construcción con fachada de cristal, los murales del vestíbulo en los que se ilustran pasajes de la historia de México, pintados con el llamativo arte de los nahuas del Alto Balsas, y el decorado de las grandes columnas, a cargo de artesanos de Olinalá.
–Es un recorrido por la historia de México mostrando la vena artística guerrerense.
En la tarde caminamos la histórica alameda Granados Maldonado mirando con detalle los monumentos a los caídos en la matanza del 60. Antes habíamos visitado la columna de la Independencia, un grabado en altorrelieve color marfil que exhibe la gesta de los héroes de Guerrero al lado del Siervo de la Nación.
Luego nos perdimos entre la mar de gente que camina por la calle Emiliano Zapata, una avenida del centro convertida en concurrido paseo peatonal que le da continuidad con el zócalo y sigue después rumbo al sur con un moderno parque lineal, capaz de hacer que los capitalinos olviden la escasez de agua.
De pronto topamos con el hombre tigre, una estatua de metal sembrada en medio de la calle, con la que se honra la cultura popular de los capitalinos. El tigre está en una pose de combate aunque a simple vista pareciera que sólo intenta un abrazo. Los niños lo ven con curiosidad. Los más osados se acercan y lo tocan.
Suria que tiene especial inclinación por la cultura popular me pregunta sobre ese personaje convertido en la figura central de la danza de los tlacololeros y emblema local que ameniza la feria anual de Navidad y Año Nuevo con el Paseo del Pendón.
–Dicen que ese día el mezcal corre por las calles de Chilpancingo.
–Es una borrachera general, y de las convivencias más concurridas durante el año.
–¿Más que las memorables pozoladas de los jueves?
Con esa plática discurrió nuestro paseo, salpicado con los comentarios en torno a la actitud de los partidos políticos en la crítica situación del estado.
–Los partidos sólo buscan sobrevivir a la crisis. No dicen ésta boca es mía, porque todos están siendo exhibidos de algún modo con los aborrecibles hechos de Iguala.
–Pues será interesante verlos en la campaña electoral que se avecina para conocer sus propuestas.
Después retomamos el tema de la feria anual de Chilpancingo cuyo desarrollo tiene gran significado político como escaparate para los líderes que ése día se bañan de pueblo.
–Dicen que nunca como éste año el Paseo del Pendón está en riesgo.
–Pues pondrá a prueba la habilidad negociadora del gobernador interino.
–No estaría de más atestiguar lo que ocurrirá mañana. Total, podemos continuar nuestro viaje a Igual terminando el Paseo.
De esa manera decidimos quedarnos en Chilpancingo hasta el día siguiente en el que confirmamos los resultados positivos que tuvo la negociación del gobierno interino con los acampados, quienes se sumaron a la fiesta enarbolando sus demandas.
Aunque la compañía de Elba le quitaba un poco de intimidad a mi relación con Suria, ambos decidimos hacernos cargo de la nueva situación sin pensar en qué podía desembocar.
–Total, una poca de discreción.
–O un mucho de cinismo.
–También podemos apelar a su comprensión (de Elba). Si lo nuestro lo sabe Dios, que lo sepa el mundo, ¿No dice así el dicho?
Sin embargo, en adelante ya no hubo los halagos ni las caricias furtivas entre nosotros. Suria se olvidó de Kropotkin adoptando con formalidad mi nombre común frente a Elba.
A nuestra amiga le tenía yo cariño y agradecimiento porque fue muy solidaria conmigo cuando amenazado en mi integridad física por un grupo delictivo en el puerto, me vi obligado a dejar mi familia en el afán de salvar mi vida.
Elba vivía entonces en Morelos donde me recibió, me dio alojo y hasta me consiguió la ocupación que necesitaba para superar la paranoia de la persecución, el miedo y el estrés. Todo por un mal entendido que más adelante platicaré.
En aquella ocasión mi estado de ánimo mejoró recorriendo la zona rural de Morelos como organizador de los talleres de capacitación que Elba tenía a su cargo, hasta que un día Adela estuvo por mí, asegurándome que podía regresar con ella y que no corría yo mayor riesgo en Acapulco.
Aunque Elba me recibió en su casa donde vivía sola, nuestra confianza nunca rebasó los límites de la amistad, como si en su convivencia con Adela ambas hubieran firmado un pacto que la obligaba a guardarle fidelidad.
Con el tiempo admiré la madurez de Adela quien superando celos y prejuicios aceptó para mí aquel apoyo solidario.
Lo cierto es que en poco tiempo de convivencia Elba y yo nos encariñamos al grado de convencernos del ideal que significaba poder compartir entre los tres lo que nos era común.
–Si no lo hacemos de común acuerdo, lo que estamos comenzando será como lanzarnos juntos a un precipicio, decía Elba pensando en la fatalidad que tendría su amistad con Adela.
Yo en cambio era más práctico porque de tanta insistencia la convencí en mi idea de que en una relación como la que pretendíamos, era posible alejar los sentimientos de culpa en aras de la felicidad.
–Aspiremos a que Adela te agradezca haberme hecho feliz.