EL-SUR

Lunes 06 de Julio de 2026

Guerrero, México

Opinión

La estrategia del insulto

Jesús Mendoza Zaragoza

Junio 09, 2025

Yo insulto, tú insultas, él insulta, todos insultamos. En los lenguajes oral, gestual, escrito y virtual, el insulto se ha ido instalando en los últimos años, sobre todo, en los ámbitos social y político. Se insulta cuando hay la percepción de una amenaza a la integridad personal, a una ideología específica, o a un proyecto económico, social o político. Llueven insultos en las instituciones gubernamentales, en el Senado, en la Cámara de Diputados, en la Presidencia de la República y, sobre todo, en los partidos políticos. Lo mismo sucede en los congresos estatales y en los gobiernos municipales y estatales. En lugar de avergonzarse de los insultos, hasta se presumen. También en el ámbito social llueven los insultos, basta dar una mirada a videos, imágenes y textos que se colocan en las redes sociales.
El insulto es siempre una reacción visceral e irracional. Insulta quien no tiene argumentos para explicar causas, efectos, razones o consecuencias sobre el tema que está en debate. La falta de control de emociones como la rabia, la frustración y, en muchas ocasiones, el resentimiento y el odio que están instalando en la conciencia personal y colectiva, y se manifiesta mediante insultos. Es una reacción primaria, una forma de desahogo rápido y fácil. Eso significa que, cuanto más enfadados estemos, más agraviante será el insulto.
Hay una serie de adjetivos que son utilizados, no para calificar sino para descalificar a otros o sus opiniones, con quienes no compartimos su manera de ser, de pensar o de sentir. El insulto tiene el poder de hacerles sentir que son inútiles, estúpidos, tontos o ignorantes; también se descalifica por situaciones de vida privada que nada tienen que ver con el tema en cuestión. En fin, el insulto es una forma de maltrato y manifiesta una carencia de respeto por la dignidad de los otros.
El insulto dice más de quien insulta que de quien es insultado. Dice que esa persona no es capaz de controlarse. Que no tiene argumentos convincentes con los cuales rebatir las ideas del otro. Que su rigidez cognitiva le impide dialogar. Que su inseguridad es tan grande que siente la necesidad de insultar. Y que no es capaz de lidiar con la incomodidad que genera lo diferente. Debe comprender que las cosas no son únicamente como ellas las ven y que no son poseedores de una verdad absoluta que les permita juzgar a los demás con prepotencia.
En el actual contexto de polarización política y social que tenemos en nuestro país, el insulto se ha convertido en un asunto faccioso y violento que no ayuda al diálogo ni al encuentro entre sujetos diferentes y que amenaza la vida democrática, en cuanto que a las ideas y los argumentos no se les reconoce el valor merecen.
El insulto, cuando es público, va construyendo una cultura de odio y desprecio, que hace tanto daño a la sociedad misma, así como a todas las relaciones políticas. Y, sobre todo, afecta hondamente al proceso democrático. Es cierto, la democracia la construimos los seres humanos, que pueden integrar diversos componentes: racionales, emocionales y espirituales. Todos son necesarios y los cultivamos y expresamos juntos. Por eso, hay que discernir cuales actitudes racionales, emocionales y espirituales se necesitan para construir la democracia.
Porque si introducimos lo peor, como las frustraciones, los miedos, los resentimientos, los odios, las amarguras, los ánimos de venganza, entonces no construimos, sino que destruimos. Por eso, hay que pensar en introducir lo mejor de nosotros mismos, como la paciencia histórica, la confianza, la pasión por el servicio. Hay que añadir también, actitudes espirituales como la esperanza, la bondad, la búsqueda de la unidad y de la paz y, sobre todo, el amor al pueblo, del que tanto se habla, pero de manera incoherente porque hacemos discursos sobre el amor y después, en la práctica, manifestamos nuestros resentimientos y nuestros odios.
En el camino a la democracia, podemos convertirnos en mejores personas si escuchamos, dialogamos, prestamos atención a las necesidades de la gente y buscamos caminos para resolverlas. Si reconocemos la alta dignidad de cada persona, incluidas las que están en el gobierno y las que están en la oposición, o en partidos políticos diferentes, si buscamos el bien común, el bien de todos y no solo el de una facción, si practicamos la actitud del cuidado, si apreciamos el lado bueno de cada persona, si nos inclinamos por los sectores más vulnerables con respeto y no para utilizarlos.
Persona y democracia van juntas siempre. La democracia se construye para que las personas vivan con dignidad y las personas que viven con dignidad alientan el camino hacia la democracia.
Por eso, la estrategia del insulto no construye, más bien, destruye personas, pueblos y deteriora nuestra democracia. No a más insultos que generan espirales de violencia y sí a la saludable conversación pública.