EL-SUR

Sábado 04 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

La Feria de Acapulco

Anituy Rebolledo Ayerdi

Octubre 24, 2019

 

El Galeón de Manila

El trayecto transoceánico entre Manila y Acapulco –y viceversa– fue sin duda la aventura marítima más trascendente y duradera entre los siglos XVI y XIX, sólo comparable con otros derroteros de la antigüedad, como las rutas del ámbar, el té, el estaño e incluso con los viajes de Marco Polo.
La travesía del Galeón de Manila, también llamado Galeón de Acapulco o Nao de la China, se inicia en 1565 gracias al talento y arrojo del navegante y fraile español Andrés de Urdaneta. Navegando en un convoy comandando por Miguel López de Legazpi, descubre la ruta para regresar de Filipinas a México, o sea, el tan buscado tornaviaje impulsado por la corriente marítima del Kuro Shivo.
Se trataba de un circuito anual casi perfecto, cuya vigencia se mantendrá inalterable durante casi 250 años (1565-1821). Los galeones salían de Manila hacia Acapulco la primera semana de julio para una travesía de cinco a seis meses. El viaje de regreso lo emprendían en el mes de abril y consumía tres meses. El éxito del periplo dependía en todos los casos de las corrientes marinas, los vientos, el tiempo y los piratas.
Los viajes eran largos y penosos. Cuando se prolongaban demasiado se producían no pocos decesos por enfermedades y hambre. No faltarán casos dramáticos de pasajeros comprando ratas a la tripulación para comerlas. El escorbuto fue otra calamidad de esas travesías, no menos azarosas por las tempestades, las “calmas chichas” y la siempre latente amenaza de los piratas. Sobre esto último debe reconocerse que, en los dos siglos y medio de la ruta, sólo cuatro galeones fueron atrapados. Dos importantes: el Santa Ana y el Nuestra Señora de Covadonga, saqueados por los piratas ingleses Thomas Cavendish, el primero, y Lord Anson, el segundo. Ambos robaban para la Corona de Inglaterra
El Galeón de Manila era una nave impresionante, de 50 metros de largo con un mástil de 30 de alto y con desplazamiento de 250 a 500 toneladas, cuya defensa estaba confiada a 40 poderosos cañones. Barcos muy caros, sin duda, de 100 mil a 150 mil pesos plata, rentables finalmente, pues sus ganancias anuales fluctuaban entre 300 mil y 3 millones de pesos plata.
Al mando de la nave iba un comandante con una regular dotación de soldados. Los pasajeros sumaban de 300 a 500. Frailes, comerciantes, soldados, funcionarios del virreinato, empresarios, aventureros, el capellán, el médico, los cocineros y sus ayudantes, empleados y esclavos. La ruta será cubierta en los dos siglos y medio por escasos 50 galeones con un total de 108 viajes.

Acapulco a la vista

La entrada del Galeón de Manila a la bahía de Acapulco, a mediados del mes de diciembre, resultaba entusiasta, espectacular. Los habitantes del puerto se concentraban alrededor del gran vaso o bien trepados en los cerros del anfiteatro. Apenas la embarcación asomaba a la bocana, las campanas de los templos repicaban a rebato mientras que los acapulqueños saludaban con grandes y alegres voces a los visitantes de Oriente. Así hasta que la embarcación amarraba en dos árboles de tamarindo en la hoy rescatada playa de Manzanillo. El clamoreo se repetirá cuando aparezcan los pasajero en cubierta, identificados perfectamente por sus ropajes. Alguna vez llamará la atención, por eso mismo, una discreta mujercita oriental con ignorado linaje real. La princesa mongol que más tarde dará nombre al mexicanísimo traje de la “china poblana”.
Contrariamente, dos jóvenes novohispanos pasarán inadvertidos cuando, en siglos diferentes, aborden aquí el Galeón con destino a Filipinas. Uno y otro serán crucificados en tierras japonesas por difundir el Evangelio cristiano. El primero, elevado a los altares como San Felipe de Jesús, regresaba al puerto para celebrar aquí su primera misa ya como sacerdote. El segundo fue el beato Bartolomé Díaz Laurel, nacido en el barrio de La Poza, quien podría ser el primer santo acapulqueño si el Vaticano accede a canonizarlo. Lo demandan miles de feligreses adorándolo en su capilla del barrio de Petaquillas.
Apenas atracado el navío, buena parte de la población –mestizos, indios, chinos, negros, mulatos y lobos, casta producto de mulato con saltapatrás–, se aprestaba a participar en las maniobras de descarga y a servir a los pasajeros. Una vez en tierra, “las chinerías”, como se les llamaba genéricamente a los productos orientales, se iniciaba la feria.
El galeón Magallanes será el último que cubra la ruta Manila-Acapulco. Aquí será retenido por las fuerzas del generalísimo Morelos, empeñado en aquel momento en tomar el fuerte de San Diego. Será Agustín de Iturbide quien en 1821 confisque el cargamento de aquella nao, para gastos de su campaña militar. Así llegará a su fin una de las más extraordinarias aventuras marítimas de todos los tiempos.

La Feria de Acapulco

El puerto vivió su tiempo de gloria en la llamada Feria de Acapulco, llamada por Humboldt “la más importante del mundo”. Se iniciaba el 10 de enero y terminaba el 25 de febrero, tiempo en el que la población local llegaba a triplicarse, provocando un abigarramiento caótico y malsano. Acapulco resultaba, por el calor sofocante, un lugar inhabitable, con el añadido de la escasez de agua, las miasmas, los mosquitos y los malandros.

Milagro comercial

Y era la plata mexicana la que hacía posible aquel milagro comercial. Junto con ella deslumbraban las porcelanas chinas, los jarrones de la dinastía Ming, los tibores, los marfiles labrados con figuras religiosas y piedras preciosas hindúes; el nácar y los enconchados de madreperla, los mantones de Manila, los manteles, las medias, las cortinas y las colchas confeccionadas con textiles de la India. Madejas de seda, damascos, abanicos, arcones, cofres, escritorios, tapices, perfumes, joyeros lacados, y sin faltar las especias: pimienta, sándalo de Timor, clavo de Las Molucas, canela de Ceilán, alcanfor de Borneo y jengibre de Malabar.
Y más: Alfombras persas, lana de camello, biombos, jade, ámbar, corcho, hierro, estaño y pólvora. De especial interés fueron las telas “nipis”, procedentes de la isla filipina de Iloilo, llamadas “tejido del paraíso”. Confeccionadas con fibras extraídas del tallo de la planta del plátano y de las hojas del maguey de piña, con apoyo de una seda filipina. Las “nipis” se utilizaron en la confección de camisas, pañuelos y artículos ornamentales para templos. Y, por otro lado, qué decir del vino y del aceite de oliva cuyas barricas ocupaban buena parte de las bodegas del navío.

Bara, bara…

En la Feria de Acapulco se podía conseguir una media vajilla de porcelana azul y blanca de 24 piezas por 56 pesos; enaguas confeccionadas en Manila, 3 reales; una arroba de cera filipina, un peso con 7 reales; una colcha de raso bordada, 13 pesos (y si incluía oro y plata, 25 pesos); una alfombra persa, 35 pesos; un baúl decorado, 9 pesos; un millar de botones de cobre, 3 pesos, y 100 botones de cristal, un peso con 7 reales. Estos eran los precios oficiales.
Paralelo al mercado de la feria –y no pudo ser de otra manera–, en las callejas del puerto se comerciaba la misma mercancía pero más barata –nuestra institucional fayuca–. Ello, no obstante que, como sucede hoy mismo, los alguaciles aduanales revisaban minuciosamente a cada pasajero durante el desembarco. Es este, sin duda, el antecedente más remoto de uno de nuestros orgullos nacionales: Tepito.

De vuelta

De regreso a Oriente, y también en palabras de Humboldt, “el galeón iba cargado de plata y de frailes”. Viajaban también oficiales reales y soldados al servicio de la Corona española , comerciantes y reos sentenciados.
Entre las especies vegetales de aquella voluminosa carga figuraban maíz, garbanzo, camote, papaya, tomate, cebolla, cacahuate, aguacate, calabaza, sandía, chayote, frijoles, alubias, habichuelas y caimito. Chicozapote, guayaba, ciruela, dátiles, plátano, trigo, manzanas, toronja, cacao de Chiapas, café, camote, tabaco e higueras. Igualmente, árboles y plantas como la acacia, “la cadena de amor”, las rosas de castilla y las adelfas. Se enviaba, asimismo, grana de Oaxaca, cochinilla para tintes, jabón, mantas de Saltillo, sombreros de paño de Puebla, hilo de Campeche, vino de Castilla para ceremonias religiosas y artículos de herrería.

El convento de San Francisco

El primer Palacio Municipal de Acapulco se construye en 1910 sobre las ruinas de un convento franciscano. Su capilla era una réplica de la parroquia de N. S. de la Guía de Manila. En ese claustro se preparaba a los jóvenes religiosos encargados de propagar el Evangelio en tierras orientales.

Acapulco-Coyuca

Familias acapulqueñas con raíces filipinas: Diego, Bermúdez, Lobato, Batani, Funes, Liquidano y Tellechea. Se dice que Coyuca fue fundada por diversas migraciones filipinas, simientes de familias como los Guinto, Balanzar y Zúñiga.

El Santo Niño de Cebú

El Santo Niño de Cebú es considerado la reliquia más antigua de las islas Filipinas. Fue un obsequio de Fernando de Magallanes a la reina indígena Juana el día que, con el bautizo, asumió la fe católica. Nacerá así la tradición anual del sinulong (¡Viva Pit Señor, Santo Niño de Cebú!) una exaltación popular de gran colorido y de profunda fe religiosa. Existe en la Costa Chica una fiesta religiosa en honor del santo patrono de Boca del Río, que no es otro que el Santo Niño de Cebú. Una imagen muy parecida a la filipina, considerada como un tesoro por nuestros pueblos negros.

Guadalupanismo

Entre tantas cosas buenas que llevó el Galeón de Acapulco a Filipinas está una muy importante que involucra a ambos pueblos: la veneración de la Virgen de Guadalupe, patrona de México y Filipinas.

Palmeras

Un regalo entrañable entre muchos del archipiélago filipino: las enormes palmeras que ornaron alguna vez el jardín Álvarez.
El relleno

El relleno de cuche forma parte de la gastronomía de la Costa Grande y particularmente de Acapulco. Se trata de un lechón horneado con leña (ni muy gordo ni muy flaco) que las mujeres de Tecpan de Galeana rellenaron con sus menudencias, papas, plátano macho, zanahoria, pasas, almendras, tomate, cebolla y condimentos. ¿Llegó de Manila? No lo afirma el cronista Rubén H. Luz Castillo, pero sí asegura que fue doña Francisca Silva de H Luz, su tía abuela, quien trajo la receta de Tecpan y que sus descendientes la siguen al pie de la letra en el Pozo de la Nación.

Guinatán

El guinatán es un delicioso manjar a base de pescado (de preferencia cuatete o sierra) cocinado en leche de coco. Se le acompaña con un chile guajillo, orégano y sal. Dice la conseja que el guiso se “corta” si es elaborado por una mujer embarazada o cualquier persona que tenga el “ojo caliente”.

El macán

El macán es agua fresca a base de arroz y piña. El arroz se deja en remojo la noche anterior a la preparación. Muy apreciado en la Costa Chica.

Los gallos

Las peleas de gallos bajaron del Galeón de Manila para ser adoptadas como el entretenimiento nacional por excelencia. Fueron filipinos los gallos del dictador Antonio López de Santa Anna. Tan grande fue su afición que cuando vino a combatir a don Ignacio Comonfort, atrincherado en el fuerte de San Diego, antes de sitiarlo sin éxito prefirió jugar gallos en La Sabana.

Frutas

La simiente del mango llegó al puerto de la isla de Luzón, Filipinas, llamado aquí mango de Manila. También es un regalo filipino el caimito, fruto acapulqueño de color morado, jaspeado, cuya pulpa tiene un saborcito a coco de cuchara.

El tamarindo y el cilantro

El cilantro, cuyo olor se identifica con la cocina mexicana, vino en el galeón. Y en el colmo de los colmos, el tamarindo también viajó por primera vez en el navío. El tamarindo, cuya pulpa enchilada o empanochada, constituiría con el dulce de coco una poderosa “industria” acapulqueña.

Compadres

De Filipinas vino también la costumbre del compadrazgo; la danza del moro-moro, las fiestas religiosas de la Cruz de Mayo, los Moriones de Marinduque y los penitentes de Semana Santa.

La guayabera, ¿filipina?

Modistos filipinos afirman que la guayabera mexicana está inspirada en el borong-tagalona, su elegante camisa trasparente de manga larga. Que no lo sepan los yucatecos, porque son capaces de “bombardear” el archipiélago.