EL-SUR

Sábado 18 de Mayo de 2024

Guerrero, México

Opinión

La fidelidad con la que un artista observa un abismo

Federico Vite

Enero 14, 2020

 

Samuel Riba es un editor en bancarrota. Abandonó el mercado literario. Su empresa, dedicada a la publicación de obras con altos estándares de calidad, no ha resistido el sello vulgar que caracteriza la modernidad y finalmente, el propio Riba acepta que no pudo encontrar al genio que daría luminosidad al ancho viaducto que es el continente literario. Como actividad final, celebrará el funeral de una época en Dublín, durante el Bloomsday, para homenajear al divino James Joyce y de paso aceptar que la era de la imprenta ha terminado. Riba cree que su estirpe, un editor culto, perdió el alma y se ha entregado a los fariseos literarios. Hundido en esa idea, invita a tres de sus amigos para que lo acompañen a este ritual de paso en la capital de Irlanda. Con esa aparente simpleza, Enrique Vila-Matas logra una gran novela. Dublinesca (Seix Barral, España, 2010, 283 páginas) nos recuerda un mal superior: cada vez es más raro que exista un editor culto, interesado realmente por los asuntos literarios.
Si usted no conoce a Enrique Vila-Matas, déjeme decirle que los libros de este narrador español analizan desde diversos ángulos ciertas labores hercúleas del autor literario y su obra. Ergo: describe los mecanismos de la sombra que proyecta el autor sobre el continente literario. Dos ejemplos que ilustran muy bien esta opinión son las novelas El mal de Montano o Doctor Pasavento.
Dublinesca posee un molde narrativo que se divide en tres partes: Mayo, Junio y Julio. Desarrolla el relato sin saltos temporales, básicamente sigue un orden progresivo con una secuencia de tiempo lineal. El conflicto es ético: ¿Riba debe seguir en la avalancha de carreras literarias infladas o renunciar a su trabajo? Como nota, es muy claro el asunto a tratar en este volumen y la estructura elegida por Vila-Matas para desarrollar las secuencias narrativas favorecen mucho al lector; es decir, el debate intelectual que argumenta Riba permite que el lector comprenda vicios y costumbres de la literatura actual, pues señala con precisión la poca exigencia estética de los editores, pero en mayor medida lamenta la escasa cultura de quienes escriben y se ufanan de ser novelistas importantes, muy leídos e influyentes.
Me parece asombroso que Vila-Matas resuelva en una novela un problema ético y a la par homenajee a Joyce desmenuzando capítulos del portentoso Ulises para crear un destacado alegato a favor de la poesía en prosa. Por si eso fuera poco, el autor explica los altos estándares literarios recurriendo a anécdotas vitales de Samuel Becket, Paul Auster, Martin Amis, David Grossman, Amalia Iglesias y otros tantos escritores, pero no es fácil, ni siquiera para Riba, comprender la dimensión del duelo por la literatura, por eso el protagonista recurre a tantos autores, teme aceptar que la estulticia ha ganado.
Los elementos mencionados condensan la proposición metaliteraria del también autor de Lejos de Veracruz, pero lo que más cala en esta secuencia de reflexiones valiosas sobre el oficio de leer con propiedad los textos como la vida misma es que este mundo premia la estulticia y la vulgaridad. Este mundo recompensa con fama y dinero a quienes acumulan más capital, no a quienes mejor desempeño tienen en su oficio. Así que contra esa visión negrísima de nuestra modernidad, los hechos protagonizados por Riba también son acompañados de citas que describen amargamente la extinción de una raza, justamente la del editor culto. Esas reflexiones de Riba iluminan y más aún cuando las acompaña, por ejemplo, con referencias de Maurice Blanchot como la siguiente: “¿Y si escribir es, en el libro, hacerse legible para todos e indescifrable para uno mismo?”.
Dublinesca tensa la trama con referencias culturales, ya sea Spider, película ruda e inolvidable de David Cronenberg, ya sean las líneas de un poema, los fragmentos de novelas o incluso las búsquedas cibernéticas en Google que refieren algunos hechos asombrosos, como es el caso de los hikikomori, muchachos japoneses que no salen de su habitación durante meses. No sobra decir que Riba piensa que él es en realidad un hikikomori. Sirva este ejemplo para mostrar la agónica situación ética del editor culto.
Cuestión aparte, me parece jocoso que este libro sea el primero que Vila-Matas publica en la editorial Seix Barral después de haber tenido una larga relación con Jorge Herralde, editor de Anagrama. Es jocoso porque todo me hace pensar que Vila-Matas usa a Riba para decir que Anagrama, desde hace tiempo, está obsesionada por acuñar la filosofía de vender, vender y vender. Nada más. Insisto, Vila-Matas parece decirnos también que Anagrama ya no está interesada en lo literario; de hecho, va en contra de la literatura. Y esa idea la confirmo desde las primeras páginas de Dublinesca, justamente cuando Riba diserta sobre su teoría general de la novela y en ese malabar de conceptos recurre a la teoría literaria y la crítica aguzada de lo literario para prescindir de toda esa sociología en torno a la fama de un autor; es decir, esta novela intenta aprehender el alma de eso que los lectores valoran en demasía, el alma misma de lo humano puesta sobre los libros, textos que honran el tiempo invertido en su escritura.
En Dublinesca Vila-Matas muestra su gran músculo estilístico y temáticamente aborda, desde un ángulo muy interesante, la verdadera herencia de nuestro tiempo, pues pareciera que todos estamos en busca de un autor, no de un buen libro ni de un buen editor, ni siquiera en busca de lectores, sino que desesperadamente necesitamos un autor. Y para crear una trama tan versátil (la identidad, la personalidad, el azar, las casualidades, los límites entre vida y literatura), obviamente se necesita sabiduría, gracia, inteligencia y otra cosita, algo que bien podría entenderse como la fidelidad con la que un artista observa un abismo. Esencialmente destaco la densidad existencial de este libro que podría resumirse como la aventura fracasada de un esteta.