EL-SUR

Martes 09 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión

La fragilidad de lo magnánimo

Federico Vite

Enero 20, 2026

Algunos libros parecen haber sido escritos con un rigor mecánico; suele notarse en la artificialidad del mundo que recrea el autor. Otros textos, con más fortuna, poseen la naturalidad de una voz –me gustaría ponerlo de esa manera– una voz que vuelve a contar lo que otros autores han dicho, pero con la ligera apariencia de la novedad. En el segundo rubro de esta taxonomía personal encuentro al quinto libro del narrador y ensayista Paolo Cognetti: Le otto montagne (Einaudi, Italia, 2016, 208 páginas). La novela fue precedida de múltiples reseñas elogiosas, recomendaciones apasionadas de boca en boca y, en 2022, se consumó el proyecto fílmico basado en esta historia. Es decir, el libro hizo famoso al autor –casi de manera contranatural–, pues la historia aboga por la soledad, la quietud y la pasmosa belleza de los paisajes de montaña. Cognetti no se volvió loco, desapareció de los reflectores y siguió escribiendo. Le otto montagne tiene algo entrañable.
La novela inicia con la presencia del padre en un entorno montaraz. En las primeras líneas está todo el proyecto que, no sobra decirlo, inquieta al lector porque intuye que los pasos del hijo ya están signados por los aciertos y los errores del padre. “Mi padre tenía su modo de andar en montaña. Poco inclinado a la meditación, todo terquedad y arrogancia. Salía sin dosificar la fuerza, siempre en competencia con cualquiera, contra cualquier cosa, y donde el camino le parecía largo cortaba por la línea de máxima inclinación. Con él estaba prohibido detenerse, estaba prohibido lamentarse por el hambre, por la fatiga o por el frío; pero cantaba una bella canción, en especial, bajo el temporal o en la niebla densa. Y lanzaba aullidos contra los campos nevados”.
Este párrafo nos coloca de inmediato en lo que va a ocurrir durante toda la historia, pues asistimos a paisajes fríos y al ritmo de vida en la alta montaña. Ergo, la mayoría de lo que el lector conoce en este proyecto es “un mundo ártico, un eterno invierno”.
Pietro, narrador de la novela, suele ir a la montaña. Recorre el bosque y, por supuesto, los lagos, los peñascos, las colinas. Su familia se hace de una casa en la villa, ahí conocen a otro chico de su edad llamado Bruno. Los padres de Pietro intentan llevarse a Bruno a Milán para que estudie, pues es inteligente, hábil y generoso. El padre de Bruno se opone y golpea al padre de Pietro. Los recuerdos de aquellos hechos tienen una consecuencia en la historia, pero sobre todo, sirven para perfilar las rutas personales tanto de Pietro como de Bruno.
El protagonista tiene el privilegio de la instrucción educativa de nivel superior; vive en una ciudad y, por supuesto, anhela muchas cosas. Bruno se queda en la montaña y aprende a vivir en lo salvaje, conoce de memoria las rutas de su entorno, los animales y sabe lidiar con todas las contingencias de una vida en las alturas. Pietro se convierte en documentalista, pero cae en una crisis emocional y económica. “En aquel momento, yo de la montaña conocía sólo una estación solitaria”. Es verano y descubre “nieve fresca, suave, se derretía al contacto”. Sana la depresión junto a Pietro, construyen una cabaña en las alturas.
Me gustaría enfatizar que las tres partes del libro poseen este tipo de prosa con la que abre la novela. Hay algo íntimo, intenso y humano; no requiere efectos especiales, violencia o apoyos ideológicos. El autor se limita a dar cuenta de la vida y de los problemas cotidianos; eso me obliga a pensar en esta naturalidad de la que les hablaba. Sin exabruptos ni frases “pomposas” que intentan demostrar que el autor sabe muchas palabras o conoce mucho mundo, Cognetti cuenta una historia sin alterar la voz, sin darle redobles dramáticos ni ponerle énfasis lacrimógeno a ciertas escenas. Da una extraordinaria lección de narrativa que nos recuerda lo hecho por Ernest Hemingway; pero yo señalaría como una influencia directa a Jack London. Cognetti no duda en enfatizar aspectos económicos de Italia, traumas que dejan en la ruina a más de uno de los personajes y, por supuesto, genera cambios en la novela, porque lo económico, usted sabe, se cuela hasta la alcoba.
Hay dos momentos memorables; el primero, cuando la madre de Pietro, “habituada a convivir con hombres que no hablan entre sí”, confiesa un secreto del padre. El otro instante es casi al final, cuando se pone a prueba el estilo del autor, pues a pesar de que está en la parte climática del relato, no hay alteración en la prosa. Este hecho, insisto, ayuda a entender la naturalidad de una voz que, como señalé al principio, es oro molido.
El otro aspecto que recubre todo el libro se conecta con una novela breve de James Salter: Solo faces (1979). Ambos proyectos ponderan la urgencia de estar en soledad en una montaña. Aunque en el caso de Cognetti es palpable la representación de un ser humano imbuido por un ecosistema que le supera en sabiduría, tamaño, fuerza y belleza. Sobre todo, belleza. Y claro, después de conquistar una montaña, Pietro quiere subir otras más y viaja a Nepal para consumar el anhelo del Himalaya.
Durante la lectura me detuve para pensar un aspecto, ¿cómo mantener una historia que se parece tanto a nuestra vida? Hay giros dramáticos en la trama, sobresaltos, pero nunca adquieren la artificialidad. Lo que hace singular a esta novela es la voz narrativa; además, la forma en la que se encara un recuento de vida. Lo diré a manera de pregunta, ¿cómo describir la huella que nos deja un padre o un amigo? ¿Cómo? La respuesta de Cognetti es sensible.
La película basada en Le otto montagne, escrita y dirigida por Felix Van Groeningen y Charlotte Vandermeersch, se estrenó en 2022, y generó un gran interés. El filme, aclamado por el público y la crítica, tiene en los roles principales a Luca Marinelli (quien también protagonizara una espléndida adaptación de Martin Eden, de Jack London) y a Alessandro Borghi (hizo muy buen trabajo en Napoli Velata y en la serie Diavoli). El proyecto ganó el Premio del Jurado del Festival de Cannes. En 2023 obtuvo cuatro Premios David di Donatello, en Italia: Mejor Película, Mejor Guion Adaptado, Mejor Fotografía y Mejor Sonido. En especial, hago referencia al sonido, porque tiene mucho que ver con la historia narrada, cuyo paisaje sonoro no sólo es nevado sino que le permite al lector (o el espectador del filme) conectarse con eso que al autor le llamó tanto la atención: la manera de estar acompañado por la montaña, como si un gigante estuviera moviéndose despacio, pero de manera efectiva sobre el mundo. Más allá de esta certeza, tanto el filme como la novela poseen la cualidad de ir de la ciudad a la montaña y hacer de estos dos escenarios un contrapeso, a final de cuentas, una singularidad de tiempo y de espacio. En el libro, Milán y Turín son las metrópolis referidas; dos urbes en equilibrio con el Monte Rosa, cerca del valle Aosta, entre L’Ossola y Valsesia; la presencia del río Sesia agiganta el universo interno del libro.
Este canto a la montaña nos recuerda la fragilidad del ser humano y, por momentos, captura la belleza natural de lo efímero. Si no conoce este libro (fue traducido al español por César Palma Hunt en 2018), o la película, se pierde de algo importante.

*La traducción de las líneas entre comillas es mía.
@FederìVite