EL-SUR

Viernes 19 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

La frontera italo-suiza

Silvestre Pacheco León

Noviembre 13, 2016

VII

Día 24 de septiembre de 2016. Dejamos el hotel de Lago de Orta después del almuerzo. Nos hemos propuesto llegar hoy a la ciudad de Biel, en territorio Suizo. La carretera nos lleva por un valle cada vez más estrecho, hasta encontrarnos con un río de torrente violento que baja de la montaña sobre un lecho rocoso.
El camino es cada vez más empinado y angosto, a cada tramo la carretera está protegida por un techo de hormigón, deben ser frecuentes los derrumbes, pienso mientras veo brigadas de trabajadores laborando con maquinaria pesada.
La vegetación ha cambiado a medida que subimos. De los árboles conocidos, aparte de la variedad de pinos, vemos uno que otro sauce cuyo follaje inconfundible nos recuerda las riberas de nuestros ríos, también una haya y algunos robles.
El espectáculo en el recodo del camino nos obliga a detenernos: es la garganta del río que baja de la alta montaña en una cascada blanquísima. El camino se desvía a la derecha frente a la enorme pared de rocas. Sopla el viento frío con mucha fuerza, mientras tomamos fotos desde el centro de una rotonda dedicada a los héroes que han construido el camino, luego sigue la subida que nos va descubriendo a lo lejos la cima de la montaña orlada con la nieve.
Estamos entrando en territorio Suizo. En el paso fronterizo hacemos lo que vemos que hacen todos, tomamos nuestro boleto y pagamos lo que dice la máquina, 90 francos, mientras nos prevenimos con los pasaportes.
Los coches se han formado y están detenidos, nosotros pensamos que será por la revisión de documentos. Los anuncios están en francés y en romance, uno de los dialectos del país.
Cuando la fila de carros se mueve entendemos la maniobra de que se trata: seremos remolcados, los autos suben a los vagones que nos llevan por un túnel que atraviesa la montaña a lo largo de 17 kilómetros, así entramos a Suiza, como Juan por su casa.
Suiza con sus verdes montañas convertidas casi todas en potreros que de tan extensos, los rebaños de ovejas y los hatos de vacas, se ven insignificantes.
Son tan ricos y abundantes sus pastos que los animales no necesitan caminar para comer, y se les ve siempre echados y satisfechos.
A diferencia con los campos italianos que están allá abajo, en el plan, aquí dominan las montañas con la característica peculiar de tener una costra de suelo lo suficientemente gruesa y fértil para que el pasto crezca.
lo anterior se mira en los campos barbechados donde no se ven los terrones duros, sino la tierra hecha polvo a fuerza de tanta composta de estiércol extendida por toda la superficie.
Hasta que nuestra vista se cansa nos hemos extasiado del contraste entre el color azul del cielo, el verde de los potreros y el bosque, el blanco nevado de las montañas y el color rojo encendido de las macetas de geranios en los balcones.
A las seis de la tarde estamos cerca de Biel y buscamos en el pueblo vecino un hotel para descansar.

La trucha verde

En el valle descubrimos un pequeño hotel en el pueblo de Pety, frente a la terminal del tren, se llama La Trucha Verde, en alusión a la pesca que se practica en el río que va bordeando .
El gerente es un señor español que se llama Juan, quien nos atiende diligente y nos platica del pueblo y sus costumbres, un poco intrigado de que dos mexicanos andemos por estas tierras.
Mientras llega la hora de la cena hacemos nuestro habitual recorrido de reconocimiento por el lugar.
Hay poca gente en la calle, a pesar de que aún alumbra el sol. Las casas parecen vacías porque no se oye ruido de ellas, ni de música ni de niños, creo que las más sorprendidas de nuestra presencia son dos parejas que nos hemos encontrado y que nos saludan con toda amabilidad, luego con más detenimiento descubrimos dos terrazas donde hay una animada fiesta y de los salones salen grupos de jóvenes a fumar.
Esa noche sólo despertamos cuando llega el ferrocarril con los pasajeros que vienen de la ciudad.
Hemos puesto el despertador a las 8 de la mañana para tomar nuestros alimentos con toda calma.
Día 25 de septiembre de 2016. El desayuno es siempre uno de los momentos más esperados del viaje porque le hemos encontrado el gusto a la cultura alimenticia europea.
Como en los hoteles la modalidad es el bufet, uno tiene libertad de probar de todo.
Lo que más se antoja siempre es el café de grano, en general de buena calidad, que nos ayuda a despertar.
Casi nunca falta el capuchino con los croissant calientitos, tampoco el queso y el pan integral, el yogurt, las mermeladas, y ahora la miel de abeja deliciosa que en las tiendas cuesta 12 euros el litro. La leche no necesita ser deslactosada para que la podamos consumir, además es riquísima y supongo que de buena calidad.
Aquí en este pueblo pequeño nos encontramos con la costumbre de los desayunos con los huevos duros o precocidos, de cascarón pintado.
Eso me recordó que en México sabemos de los huevos verdes por orgánicos, característicos de ciertas gallinas, pero pintados no me apetecieron.
Esa experiencia se la quiero contar a Nestor Cortesse, mi amigo urbanista de Chilpancingo, porque fue en su casa de la capital donde conocí, junto con su huerto de azotea y el huamúchil que da sombra a su jardín, los huevos verdes orgánicos.

Los caballos freiberger

Después del desayuno nos ponemos en camino con el deseo de seguir el recorrido por la campiña suiza. En estos terrenos montañosos de afamado ganado lechero pardo suizo, que son vacas chaparras y gruesas, de escasos cuernos, mansas y de ubres magníficas, vemos por primera vez un rancho de venados casi blancos, conviviendo con las ovejas de hocicos y patas hoscas, y también los originales caballos freiberger, o franches montagnes, famosos por su resistencia como animales de tiro, fuertes y rápidos, adaptados al terreno disparejo y para tareas domésticas.
Cuando supe la utilidad de esos caballos entendí la razón de tantas manadas sueltas en los potreros, aunque también los ocupaban en los deportes de equitación.
Hemos decidido comer en Berna, Palmira está entusiasmada de caminar sus amplias y antiguas calles, aunque yo sigo enamorado de Lucerna.
Es cierto, Berna es provinciana y tiene el río más caudaloso y atractivo de los que he visto, el Aare, que cruza la ciudad, y no hay tan gente como en la otra ciudad, que me ha parecido más cosmopolita y con numerosas tiendas de chocolates, exhibidos como si fuera joyería fina, sin embargo en Berna está el museo de Albert Einstein, y los osos junto al río, como mascotas de la ciudad, y ni hablar de las salchichas gigantes de carne deliciosa que se pueden degustar en los corredores más concurridos por el precio de 6 euros.
Pero el argumento más convincente para pasar a Berna es que nos encontraremos con Anarsis, nuestra hija que llegó con anticipación a éste continente y nos espera para comer frente a la torre del reloj, como se conoce al más viejo y emblemático edificio del casco antiguo.