EL-SUR

Sábado 26 de Noviembre de 2022

Guerrero, México

Opinión

La guerra de Trump

Saúl Escobar Toledo

Noviembre 23, 2016

Un conflicto de grandes proporciones se está gestando entre el futuro gobierno de Donald Trump y los mexicanos. Los asuntos que presagian este enfrentamiento son la migración, el respeto a los derechos humanos de los mexicanos en aquel país, y las relaciones económicas entre las dos naciones. Además, la política exterior de Trump puede generar conflictos con otros países que directa o indirectamente también afectarían a México.
El futuro presidente de Estados Unidos no tiene, en realidad, un plan de gobierno. Ha hablado, en cambio, de un conjunto de temas que no se sabe cómo podrán implementarse. La incertidumbre domina en ese país y en el mundo. Sin embargo, el nombramiento de algunas personas como parte de su equipo de gobierno y el anuncio de las primeras acciones que llevará a cabo su administración, dejan ver que está preparando una política agresiva de severas consecuencias para los mexicanos.
Trump asumirá el gobierno en condiciones de debilidad, más que de fuerza. Las elecciones dejaron ver un país dividido y confrontado entre pobres y ricos, entre jóvenes y adultos mayores, entre razas y profesiones religiosas, entre los habitantes de una y otra región de Estados Unidos. El meollo de esta división está basado en los valores y creencias que cada parte del electorado ha manifestado como el sustento del país en el que quiere vivir. Unos, la mayoría de los electores, aunque haya perdido su candidata, desean convivir pacíficamente entre sí, y están de acuerdo en algunas medidas de protección social. Otros, en cambio votaron por la exclusión, por un gobierno que promueva, por encima de todo, los grandes negocios, no importa si ello favorece la desigualdad, y por una supuesta grandeza “americana” que equivocadamente ven arrebatada por las políticas comerciales, principalmente con México y China. La razón fundamental que sostiene y articula estas creencias se basa en la llamada supremacía blanca, una idea racista que está asociada a un conjunto de valores conservadores que van desde el rechazo al aborto, los derechos de las personas homosexuales y de las mujeres, hasta ideas religiosas que niegan el avance científico, incluyendo el cambio climático y la preservación del medio ambiente.
Trump estará inclinado a gobernar con base en estas creencias, no en un plan razonado de políticas públicas. Por ello, no sólo recibió menos votos que su contrincante, sino que además no cuenta con un equipo de gobierno, ni ideas claras sobre temas estratégicos en materia económica y de política exterior. Es probable que cometa muchos errores y cambie frecuentemente sus puntos de vista y sus decisiones.
Estas debilidades no lo hacen menos peligroso aunque desde luego muy imprevisible. Sin embargo, Trump es sobre todo un hombre de negocios inescrupuloso y, como tal, se puede esperar que adopte una política más pragmática en los asuntos económicos inspirado en un modelo que hace más de treinta años se llamó la “reaganomics” y que inició la etapa de las políticas neoliberales. Basado en el principio de que “el gobierno no es la solución, es el problema”, disminuirá los impuestos a empresas y personas, favoreciendo a los más ricos, fomentará la desregulación en todos los ámbitos, en primer lugar las que afectan a los flujos de capital financiero y sus modalidades especulativas, tratará de acabar con restricciones laborales y las relativas al medio ambiente, y acabará o restringirá al máximo los programas sociales empezando por los subsidios a los sistemas de salud y educación. En materia de comercio exterior, buscará, como han señalado algunos de sus más cercanos asesores, acuerdos bilaterales, no multilaterales, en los que se pongan por encima de todo, ventajas para las empresas norteamericanas. En el caso de México, además, podría condicionar las inversiones en nuestro país a un esquema que obligue a las empresas a exportar el cien por ciento de los insumos, dejando a nuestra planta industrial como una simple maquiladora. Algo que ya sucede en buena medida pero que ahora será condición indispensable de las negociaciones comerciales. Con ello, podrá asegurar el apoyo de Wall Street y de las grandes compañías trasnacionales, apoyo que en parte le negaron pero que así podría recuperar. A corto plazo esta renegociación impactará la economía mexicana negativamente, debido a una probable disminución de las exportaciones manufactureras. A largo plazo, se reflejará en una mayor libertad de las empresas para la depredación del medio ambiente y una mayor explotación de los trabajadores mexicanos.
En cambio, tratará de endurecer sus políticas más excluyentes en asuntos como la inmigración y los derechos humanos. A diferencia de la administración anterior, estas políticas serán acompañadas de un discurso hostil y persecutorio. Deportaciones masivas, afectación del flujo de remesas, mayor militarización de la frontera, nuevos muros y barreras entre los dos países, y un endurecimiento en las políticas contra las drogas y el terrorismo. Dentro de Estados Unidos, se perseguirá a los inmigrantes y a otras minorías raciales y religiosas, pero sobre todo a mexicanos y centroamericanos, en sus casas, centros de trabajo, escuelas, y avenidas, con el peligro de que ocurran violaciones reiteradas de sus derechos humanos.
Trump prepara una guerra contra México y los mexicanos. Nuestro país es el eslabón más débil, a nivel mundial, para las políticas comerciales y de seguridad del futuro presidente. No es lo mismo pelear con China que con México. Por ello nuestro país puede convertirse en la víctima ideal de Trump tanto para demostrar que pasará de las declaraciones a los hechos, como para intentar un redefinición de la supremacía de Estados Unidos y de los blancos, tanto dentro de su propio país como a nivel mundial.
Y lo es también por la debilidad del gobierno y de las instituciones del Estado mexicano. La violencia y la corrupción que azotan al país y el deterioro social y político que ha ocurrido en los últimos años hacen de México una presa fácil para los propósitos supremacistas del futuro presidente de Estados Unidos.
La situación tan lamentable por la que atraviesa el país se refleja hoy en el caos de algunos estados de la República. Veracruz es el más sonado, pero no es el único. Nuestro país vive momentos de crisis, desorden y falta de gobierno. De todo ello tratará de tomar ventaja el nuevo gobierno de Trump. No podemos esperar ni comprensión ni ayuda bajo un nuevo esquema de cooperación que pueda beneficiarnos.
La guerra que ha declarado Trump no es contra el gobierno mexicano ni contra el PRI o el PAN, o sus aliados. Es contra los mexicanos. En estas condiciones, la única solución posible está en que una mayoría ciudadana se convierta en portadora de un nuevo proyecto de país que pueda detener los propósitos del nuevo gobierno estadunidense. Si se logra esto, el cambio político será posible y con ello la defensa de México, de los mexicanos de aquí y de allá, de nosotros mismos.
La resistencia contra la guerra que se está gestando en los más altos niveles del futuro gobierno de Estados Unidos tendrá que organizarse con una visión patriótica, con un nuevo proyecto de país y con la solidaridad mundial.
No se trata de un llamado a la unidad nacional con el gobierno de Peña Nieto, ni de un patriotismo demagógico. Lo que está en juego es la dignidad de los mexicanos, el derecho a ser respetados allá y a vivir digna y pacíficamente aquí. A no ser utilizados como pretexto para afianzar un liderazgo inepto y racista. A evitar que se cancele nuestro derecho a decidir cómo proteger nuestro medio ambiente y a nuestras comunidades, a los trabajadores, a las mujeres, a nuestros niños, nuestros jóvenes y nuestros viejos, a los migrantes mexicanos y los que vienen del sur, de Guatemala, Honduras y El Salvador.
México es hoy el primer frente de la batalla de Trump. El mundo estará atento de lo que suceda. Demostremos a todos los pueblos que el racismo y la violencia no pasarán.

Twitter: #saulescoba