EL-SUR

Viernes 21 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

La imposición de la democracia

Jorge Zepeda Patterson

Julio 24, 2006

Según GEA, la empresa encuestadora, más de la mitad de los mexicanos considera que las elecciones fueron legítimas (53 por ciento). El problema es que otro 37 por ciento cree que Felipe Calderón ganó gracias a un fraude (los resultados pueden consultarse en www.unafuente.com). Más allá de las simpatías o las antipatías por uno u otro candidato, ese es el saldo rojo que dejan los comicios: estamos mucho más atrás de lo que creíamos. Un tercio de la ciudadanía no tiene confianza en las instituciones electorales (y en las otras, todavía menos).
A juzgar por la violencia verbal, la confrontación ha salido ya del ámbito de los políticos profesionales y ha entrado en nuestras casas, escuelas y oficinas. Todos hemos sido testigos o protagonistas de discusiones entre parientes, colegas y amigos. Muchos de los que engrosan el 37 por ciento no sólo están inconformes con el IFE, sino también con todos aquellos que les regatean su derecho a inconformarse. Del otro lado, algunos de los que forman el 53 por ciento francamente están furiosos por la terquedad de los “renegados”. No pueden entender que persistan en una protesta “irracional”, luego de una jornada electoral caracterizada por la participación ciudadana.
Los mexicanos estamos divididos, lo cual en principio no debería consternarnos. La diferencia de pareceres es consustancial con un sistema democrático en el que existe competencia política y diversos programas y opciones ideológicas. Lo que sí debería preocuparnos es nuestra incapacidad para asumir las diferencias y el hecho de que las estemos procesando con tanta hostilidad.
Desde el primer instante “los ganadores” satanizaron a los “perdedores”, calificándolos de irresponsables y revoltosos por atreverse a impugnar los resultados y recurrir a movilizaciones para expresar su descontento. A juzgar por los adjetivos de los panistas podría pensarse que los perredistas han incendiado la pradera.
Por su parte, los “perdedores” tampoco han sido precisamente amables con los “ganadores”, con el IFE o con el presidente. Las presuntas irregularidades se convirtieron en fraude masivo, las autoridades en traidores de la democracia y Felipe Calderón terminó siendo “Fecal”.
Nuestra incapacidad para entender las razones “del otro” nos ha dejado inmersos en una guerra de adjetivos de odio. La simplicidad de la caricatura y el prejuicio sustituye la necesidad del razonamiento. El prejuicio es una evaluación negativa de aquellos grupos sociales que no aceptan nuestra postura.
Asumiendo sin conceder que Calderón haya ganado las elecciones (eso lo dirá el Trife), muchos se preguntan qué va a pasar con los perdedores. A mí más bien me inquieta lo que vayan a hacer los presuntos ganadores. Muchos de los panistas creen que el haber superado por 5 milésimas a sus rivales les otorga todos los derechos de ser mayoría, pero sin ninguna de las responsabilidades. La clave de la democracia no está en el ejercicio de los intereses de la mayoría, esos vienen de suyo, sino en la manera en que aborda los intereses de las minorías y el respeto a las expresiones de su descontento.
A los panistas les parece que el hecho de que los perredistas no confíen en el IFE es muestra palpable de su perfidia e irresponsabilidad. Sin embargo, el que un tercio de los mexicanos impugne a las instituciones podría ser un síntoma de la falta de imparcialidad y profesionalismo de las mismas. Ciertamente son mejores que hace 10 años, pero está claro que todavía no alcanzan la suficiente madurez, ni gozan de un consenso general, requisito indispensable para fungir como árbitro universal.
Se habla del respeto a las instituciones como un precepto dogmático o religioso, como si las instituciones no estuvieran conformadas por personas con una predeterminada visión del mundo. Se habla de la ley y la justicia como si no viviésemos en una sociedad desigual en la que los tribunales suelen beneficiar al poderoso en detrimento del que tiene menos. Se habla de respetar lo que dice el IFE, como si el PRI y el PAN no hubiesen marginado al PRD de la designación del consejo directivo hace tres años, convirtiéndolo, desde el inicio, en un árbitro cuestionado. Se habla de respeto al resultado de la contienda, como si no hubiese sido una competencia en que los poderes fácticos apoyaron a un candidato en perjuicio de otro.
Dice Kofi Annan, secretario general de la ONU, que “el discurso que argumenta que la paz es el estatus quo y la violencia es el disentir con ese estatus quo, sirve para demonizar a los opositores políticos, para estrangular la libertad de expresión y para deslegitimar las protestas políticas”.
El ciclo de la violencia suele ser una profecía autocumplida. Calificar de renegados a los perredistas por recurrir a tribunales o por manifestarse, es en sí mismo violento e intolerante. “Lo que estás haciendo es amenazante para mí y lo llamo violencia. Si no obedeces las reglas que te impongo, o la manera en que yo interpreto las reglas, no eres democrático”. Ser diferente se convierte en un acto de rebelión.
Muchos dirán que la culpa de todo esto la tiene López Obrador y su radicalismo “irresponsable”, incapaz de reconocer otro resultado que no sea su victoria. Sin embargo, el asunto es que 15 millones votaron por él y muchos comparten su punto de vista sobre el fraude. Como diría Monsiváis, asumir que todos son títeres o peones, es el principio de un pensamiento totalitario, incapaz de reconocer el derecho de otros a pensar diferente.
Muchos creen que todo esto se reduce a la cuestión de si AMLO reconocerá el fallo del Trife; es decir, “si acatará el resultado democrático”. En cambio a mí me parece que la cuestión habrá de resolverse, para bien o para mal, por la forma en que los panistas y autoridades entiendan la democracia. La única democracia posible es aquella que no puede imponerse.

[email protected]