EL-SUR

Viernes 19 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

La inseguridad de todas partes

Silvestre Pacheco León

Julio 10, 2016

En memoria de Anita Chimalpopoca, murió en Zihuatanejo el 5 de julio del 2016

Mientras el auto rentado corría veloz sobre la autopista del sol con dirección al puerto de Acapulco los tres viajeros respirábamos con mayor amplitud a medida que nos alejábamos de Iguala.
Aquella tarde del mes de diciembre dejamos de hablar de nuestra experiencia en la ciudad de la bandera, con sus muertos insepultos y familiares buscando a sus desaparecidos, cuando comenzó a sonar en la radio la canción de Manú Chao que a coro comenzamos a cantar pasando el primero de los cuatro puentes monumentales de la carretera.
Me gustan los aviones, me gustas tu / me gusta la moto, me gustas tu / me gusta mariguana, me gustas tu / me gusta la lasaña, me gustas tu.
Hasta ese momento ninguno aludió al hecho de que la inseguridad está en todas partes, y por un momento sólo se nos ocurrió disfrutar de la tarde fresca y soleada que ofrecía el camino, con el espectáculo del río Mezcala. Para verlo tuve la puntada de abandonar la carretera y subir hasta el mirador construido ex profeso en la loma de aquella población.
El viento fresco chocaba impetuoso sobre nuestros cuerpos trayendo el rumor de la ladera pedregosa.
–Aquí los papalotes se elevarían en un santiamén dijo Elba.
–Igual los planeadores, le respondí.
–Los planeadores necesitan corrientes de aire como remolinos, que les ayuden a elevarse, cuando menos eso me ha dicho un amigo, quien asegura que en ellos se conoce a los verdaderos pilotos, dijo Suria muy sabionda.
–No recuerdo quién de los tres comenzó a tirar piedras al fondo del río pero me hizo gracia que instintivamente repitiéramos el juego de los niños, que en nosotros era una manera de descargar el estrés.
Dejamos de probar nuestra fuerza en la competencia de ver quien tiraba más lejos cuando miramos que dos lugareños se acercaban a nosotros.
Nos dijeron que eran autoridades del lugar y que siempre estaban pendientes de los paseantes que llegaban al mirador porque era importante ponerlos al tanto del riesgo que se corría en el lugar. Nos informaron que ahí secuestraban y asaltaban, que como eso le creaba mala fama a los pobladores, mejor preferían advertirnos.
–También aquí vienen a tirar gente por la noche, no se sabe si ya los traen muertos o los tiran para que se mueran, pero hemos reportado varios cadáveres que amanecen flotando en la orilla del río.
Muy convincente el comisario nos acompañó hasta el auto mientras nos seguía platicando que los cuerpos los tiraban desde el puente.
Lo que oímos fue suficiente para reanudar nuestro camino sin dejar el tema de la violencia.
–¿Se han preguntado ustedes qué debería hacerse para terminar con tanta violencia en el estado? Pregunté a mis amigas.
–Díganme qué harían si les dijeran que tienen en sus manos la responsabilidad de resolver ese problema.
–Yo emprendería una cruzada de despistolización. Prohibiría el uso de armas. Cero armas en el país, respondió Suria agregando que no concebía que pudiera haber tantos muertos si desaparecían las armas.
–Yo agregaría la legalización de las drogas. Cero prohibición. Que los campesinos siembren amapola y mariguana sin ser perseguidos. Que no se les castigue por el daño a la salud que provocan los derivados de esos estupefacientes, acuérdense que también los alimentos chatarra que tanta obesidad y muertes causan, son derivados del maíz que ellos cultivan, ¿por qué se les va a ser cargo de su consumo compulsivo? dijo Elba casi con vehemencia, y prosiguió: conste que la legalización de la droga no acabará con la pobreza de los campesinos, ellos sí están condenados por la sociedad de mercado a ser siempre pobres.
–Y cómo piensan las dos que podría ser efectiva una campaña de despistolización, pregunté.
–Sellaría la frontera para impedir el tráfico de armas, y que chinguen su madre los gringos, que son quienes hacen el negocio con ellas, dijo Suria.
–Yo disolvería todos los cuerpos policiacos, y lo que se gasta en el rubro seguridad lo destinaría a financiar pequeños negocios familiares de mujeres emprendedoras, secundó Elba quien agregó:
–También quitaría todo el financiamiento que reciben los partidos políticos. En adelante que los sostengan sus afiliados con sus cuotas, y haría que todos los representantes populares trabajaran gratuitamente. ¿Quieres que le siga con mis propuestas?
Fue Elba quien interrumpió nuestra plática cambiando abruptamente de tema. En un mensaje que leía dijo que su periódico la urgía a regresar lo antes posible.
–Lo siento, disfrutaré de su compañía hasta Chilpancingo, si me dejan en la central de autobuses, dijo en tono resignado mientras identificábamos el pueblo de Zumpango que se mira a la derecha, ya muy cerca de la capital.
Cuando paramos en la terminal de Chilpancingo Suria se dirigió a la tienda mientras Elba compraba su boleto.
La despedida fue intensa, nos abrazamos y besamos con la promesa de que pronto iría a Morelos a visitarla y que iríamos a Tepoztlán, a cargarnos de energía en la cima del Tepozteco.
–Sabes que te esperaré siempre y con ansias, me dijo al oído, soltándose de mí para recibir de Suria un sándwich y un refresco que le había comprado.
–Toma, y que el camino te sea leve.
Nos despedimos de Elba con prisa porque en la central se corría la noticia de que los grupos radicalizados por los suceso de Iguala estaban bloqueando nuevamente la autopista a la salida de la ciudad.
–Tenemos que apresurarnos Kropotkin, mi marido acaba de llamarme, llegará mañana al puerto y debo estar por él temprano en el aeropuerto, pasaremos el Año Nuevo en Acapulco.
La voz de Suria notificándome la llegada de su marido me pareció de una tranquilidad pasmosa. ¿Por qué hasta ahora me lo decía?

PD. Invitación. El martes 12 de julio en Chilpancingo, a las 5 de la tarde, presentaré mi libro El Pasante en la Casa del Médico, colonia Burócratas, junto al ISSSTE.

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